LA CRÓNICA DE EL PAÍS CATALUÑA
Crónica
Texto informativo con interpretación

Vivir sin máscara

Un ridículo pudor impide cubrirme el rostro para ocultarme y no ser yo, demasiado débil y transparente para lo que demanda el oficio o la vida misma

Al menos parapetarse ni que fuera tras una máscara copia de uno mismo, una como las que Anna Coleman Ladd pintaba para los mutilados rostros de los soldados franceses en la Primera Guerra Mundial.
Al menos parapetarse ni que fuera tras una máscara copia de uno mismo, una como las que Anna Coleman Ladd pintaba para los mutilados rostros de los soldados franceses en la Primera Guerra Mundial.Library of Congress

Aún con el pijama puesto, removía en la bolsa del cotillón entre paquetes de confeti, chillonas guirnaldas de papel brillante y frágiles espantasuegras hasta dar con el preciado e invariable antifaz: negro o verde o dorado. Era la liturgia matinal de cada 1 de enero mientras mis padres seguían durmiendo, recuperándose de la fiesta a la que habían acudido. Algunos años, con suerte, había también una nariz de punta roja unida a un bigotito negro. Y de esa guisa corría por casa, hasta que los mayores se despertaban: esas bolsas eran para que jugáramos mi hermana y yo, así estaba acordado, pero me daba un no sé qué que me vieran enmascarado.

Me encantaba de niño llevar sombreros, caretas, lentes y poseo hoy una docena larga de gorras, un par de sombreros y tres pares de gafas de sol, pero ni entonces ni ahora me he puesto casi nunca nada de todo eso encima, ni tan siquiera en estos últimos tiempos de pura apariencia, donde ficción, mentira y realidad son inseparables. “La cara debe estar siempre despejada”, me aleccionaba la abuela, contraria a barbas y bigotes, rostro limpio quizá como plasmación de que no había nada que ocultar, de que uno era de fiar, espejo del alma. A saber.

Ni que fuera para protegerme o para hacer surgir pulsiones o algún rasgo del carácter ocultos me hubiera venido bien en alguna ocasión en la vida ponerme algo de todo aquello como parapeto, reflexiono ante la inquietante máscara neolítica (esos dientes, esos agujeros para atársela, supongo) hallada en Horvat Duma (Judea), del 7.000 antes de Cristo, y cuya reproducción recibe al visitante de La máscara no miente nunca en el CCCB, exposición a la que (freudianamente) he acudido el último día del año. Imponente: casi por sí sola justifica la visita. Calzarse en el rostro algo así, pienso, apenas una vez, ni que hubiera sido para poder formar parte de un ejército furioso, de una cacería salvaje, ser uno de los jinetes fantasmales, ese mito documentado en 1835 por Jacob Grimm (mitólogo y hermanísimo de Wilhelm) y que plasma un cuadro de Cordes.

En aquella tienda ante el vendedor descortés que me enchufó un producto caduco, frente a la amiga dorada la única vez solos en aquel bar, tras el conductor desafiante que obligó al frenazo y aún insulta, cuán necesaria entonces una máscara que ayudara a hacer crecer la distancia entre quien la lleva y el acto o la frase que comete. De ese efecto abusaron los primigenios fundadores del Ku Klux Klan, en 1865: “¿Que quizá parecemos señores? Nosotros venimos del infierno”, le soltó un encapuchado con un traje rojo (como un Santa Claus de mal gusto) a un hombre negro que, a pesar de asaltar su casa, aún les trataba de usted. Lograr esa distancia que permitía el gran negocio del líder kukluxklanero William Joseph Simmons, empresario que fabricaba los hábitos y las capuchas obligatorias para los miles de afiliados a la secta, que podían hasta encargar modelo a partir de boletines de pedido en un no tan lejano 1923.

Igual temía que, si me ponía una máscara, me ocurriera como la que usa un personaje del cómic de Watchmen y ella sola prefigurara un dibujo del test de Rorschach que trasluciera mi personalidad, esa ridícula vergüenza a protegerme que me impide esa necesidad de ocultarme para no ser yo, demasiado débil y transparente para lo que demanda el oficio o la vida misma. Curiosa paradoja: quedar al descubierto, incapaz de pertrecharse con un caparazón, antes mostrar las flaquezas que provocar desconfianza o miedo. Pero al menos parapetarse ni que fuera tras una máscara copia de uno mismo, una como las que Anna Coleman Ladd pintaba en 1917 para los mutilados rostros de los soldados franceses en la Primera Guerra Mundial, desfigurados por los gases, caras rotas no estéticamente muy alejadas de las monstruosas máscaras antigás: el infierno en la Tierra.

¿Por qué no somos o actuamos como queremos ser? Y fantaseo con llevar o bien el largo antifaz del caballero jaguar (ferocidad) o la del caballero águila (estrategia), los dos grados militares de los antiguos aztecas, como unas salas atrás jugaba mentalmente asignando las siete horripilantes máscaras Perchta (deidad de los Alpes germánicos, Salzburgo, siglo XIX) a otros tantos espíritus malignos que han cruzado mi vida: los cuernos oscuros o la agresiva ortodoncia de las caretas encajan fácil con rostros, comportamientos.

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El literario Fantômas representaba escapar de la novísima antropología criminal, mientras no dejaba de ser un ojo en la subcultura de los violentos apaches de los bajos fondos parisienses, un subsuelo caótico de unos 30.000 maleantes frente a unos 8.000 policías en el París de 1907. Un poco entre dos aguas como él, descubro que ser desenmascarado es la más grande humillación para un jugador de lucha mexicana, simbolizada en fotos, carteles, películas y un desfile de 39 mascarillas… Si alguna vez el periodismo me proporcionó una pátina de careta de cinismo o impostura, en estas crónicas cayeron todas. De nuevo, en carne viva.

Siempre intenté protegerme. Los Reyes Magos de algún año de principios de los 70 cumplieron y trajeron Las mil caras del agente secreto: bigotes y barbas postizas, dientes grandes y negruzcos, gafas negras con nariz incorporada, careta de plástico… El desuso de los años la derritió casi intacta y la pegó a la caja, como las gomas de los objetos perdieron su elasticidad y el pelo se cayó, áspero, como descubrí no hace tanto.

Signo ancestral de peligro, clandestinidad o secreto, la mascarilla, en este hoy pandémico, es elemento solidario, mientras la cara despejada que reivindicaba mi abuela, bastión moral de casa, es la que perturba. Igual estos tiempos paradójicos me sirvan para vencer reticencias. Vivir sin máscara, qué iluso.

Sobre la firma

Carles Geli

Es periodista de la sección de Cultura en Barcelona, especializado en el sector editorial. Coordina el suplemento ‘Quadern’ del diario. Es coautor de los libros ‘Las tres vidas de Destino’, ‘Mirador, la Catalunya impossible’ y ‘El mundo según Manuel Vázquez Montalbán’. Profesor de periodismo, trabajó en ‘Diari de Barcelona’ y ‘El Periódico’.

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