Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Transformaciones del paisaje

La pandemia nos ha ofrecido tres lecciones: descubrir profesiones indispensables para el sistema, cuestionar el egoísmo individual y limitar la propiedad privada cuando hay necesidades colectivas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el anuncio de los indultos en una conferencia en el Liceu.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el anuncio de los indultos en una conferencia en el Liceu.Albert Garcia

El paisaje que nos ha dejado la pandemia nos ha transformado”. Lo dijo el presidente Sánchez en su argumentario en defensa de los indultos que han sacado a la derecha de sus casillas, reacción que no sorprende porque está en su carácter. “Sánchez ha humillado a España” es la cantinela impulsada por la primera vocalista del PP, Isabel Díaz Ayuso. Humillar viene del latín humus (suelo, tierra) ¿De verdad España es tan débil que nueve indultos la llevan a arrastrarse por el suelo perdida y desconsolada?

Pero si he traído a colación la frase del presidente, no es para hablar de la enésima representación del espectáculo reactivo de una derecha que no escapa a la visión paranoica del mundo que heredó de sus ancestros, siempre viendo pérfidos enemigos por todas partes, sino para preguntarme si realmente la pandemia nos ha transformado. Y desde luego a la derecha parece que no, porque sigue dónde siempre y cada vez un poco más escorada.

Ahora se vende ya la ilusión de una recuperación económica milagrosa cuando el semáforo sanitario está en ámbar
Ahora se vende ya la ilusión de una recuperación económica milagrosa cuando el semáforo sanitario está en ámbar

El virus, con las marcas que nos ha dejado en cuerpo y alma durante su paso, sirve como argumento para todo servicio. A Sánchez le resulta útil para justificar los indultos enfatizando el cambio de etapa. Comparto la idea de que el estado de espíritu de la ciudadanía ha cambiado y que, por mucho que la derecha y parte del independentismo no quiera enterarse, hay fatiga de confrontación y ganas de que se abran ventanas para que respiremos un poco. Una vez liberados del encierro en nuestras casas, más palabras y menos barreras. Y, sin embargo, no estoy seguro de que aprovechemos la experiencia vivida en la pandemia, un corte brusco en los modos de vida y en las relaciones sociales que nos ha dado pistas para repensar las verdades resultantes de las hegemonías que configuran nuestra sociedad. La idea de que la suerte de cada uno de nosotros está marcada estrictamente por la economía configuraba la verdad colectiva antes de la pandemia y la sigue configurando ahora. Ahora mismo se vende ya la ilusión de una recuperación económica milagrosa cuando el semáforo sanitario está todavía en ámbar.

¿Qué podríamos haber aprendido de la pandemia? Como dice el filósofo alemán Axel Honneth, se nos han presentado varias oportunidades “de reconsiderar los fundamentos problemáticos de nuestro orden social y de proponer arreglos nuevos y diferentes” y no parece que las vayamos a aprovechar. Honneth señala tres momentos en que aparecieron “conceptos e ideas que sugerían la posibilidad de prácticas sociales diferentes”.

La covid no ha cambiado a la derecha, porque sigue dónde siempre y cada vez un poco más escorada
La covid no ha cambiado a la derecha, porque sigue dónde siempre y cada vez un poco más escorada

El primer impulso llegó pronto: los indispensables. Fue el momento en que “descubrimos”, permítanme la ironía, que determinadas profesionales “eran indispensables para el mantenimiento del sistema”. Sobre ellos se organizó un ritual que duró mientras sirvió de exorcismo. Por unos días parecía que “la jerarquía en los sistemas de evaluación social de las profesiones y de las actividades” cambiaba. Podíamos pensar que se anunciaba un cambio estructural y que “la relación entre la oferta y la demanda mediada por el mercado” podía entrar en fase de mutación. Puro espejismo.

Poco después se abrió una reflexión “sobre les condiciones normativas de nuestra coexistencia democrática”: la libertad individual y su dependencia de los demás. La necesidad de asumir responsabilidades no sólo “por el propio bien sino también por el bien del otro”, venía a recordarnos los límites de la cultura “del egoísmo privado, de la máxima habilitación del beneficio propio”, de la meritocracia sin cuartel. Sin embargo, como si nada hubiera pasado hemos vuelto “al lenguaje del sujeto individual”, al homo economicus que nos legó la cultura neoliberal.

Y la tercera lección fugaz, ha sido en torno a los límites de la propiedad privada, cuando hay necesidades evidentes que tienen que satisfacerse más allá de los recursos de cada uno. Por ejemplo, las vacunas, que requieren modos de abastecimiento completamente diferentes y que darían motivo a reflexionar sobre les alternativas al mercado y a las economías en curso. Es decir, renovar “la reflexión sobre la primacía del bien común sobre los intereses individuales”.

De momento, estas oportunidades han pasado de largo. Dicen que las grandes crisis dejan huella. ¿Hay tiempo de recuperar algunas de estas cuestiones que podrían ayudar a desconfinar el futuro? Cuando Sánchez habla de la pandemia que nos ha transformado lo hace en el prosaico terreno de la seducción política. Y con ambiciones claramente limitadas y muy deudoras de las querellas hispánicas. Por algo hay que empezar si se quieren cambiar las cosas, que era lo propio de los proyectos progresistas.

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