Independentismo y catalanismo, asuntos de familia

Seis expertos historiadores analizan para ‘Quadern’ un debate de alta carga política que se ha convertido en el gran eje ideológico de las elecciones en el Parlamento del próximo 14 de febrero

Grupos de manifestantes alcanzan las puertas del Parlament en el primer aniversario del referéndum del 1 de octubre de 2017.
Grupos de manifestantes alcanzan las puertas del Parlament en el primer aniversario del referéndum del 1 de octubre de 2017.Massimiliano Minocri

“A mí me preocupa que convirtamos el independentismo en un catalanismo 2.0. El catalanismo era un movimiento magnífico porque no sabías dónde empezaba ni dónde acababa. Tú podías ser un catalanista tanto si pedías cuatro cosas como si pedías muchas. Todo el mundo podía ser catalanista. Pero el independentismo no es una evolución del catalanismo. El independentismo es ruptura”. Así respondía el presidente de la Generalitat de Catalunya, Quim Torra, al digital Vilaweb el 27 de septiembre de 2020, el día antes que su inhabilitación condujera Cataluña a las elecciones del 14 de febrero.

El domingo, los comicios confrontarán de nuevo, quizás de manera más clara que en ninguna contienda anterior, la apuesta ciudadana por una vía de acuerdo con el resto de España o una de secesión. Las formaciones partidarias de una u otra han ido desgranando sus propuestas en campaña. Pervive la confusión, sin embargo, sobre qué parentesco hay entre las nociones de catalanismo e independentismo: ¿una relación de primos, de hermanos, paternofilial? El fuerte componente político del debate dificulta aclararlo porque no permite tomar distancia. Quadern aborda las claves desde el bagaje de diferentes historiadores que hace años que reflexionan sobre la cuestión.

Independentismo. ¿Desde cuándo?

“El independentismo ha formado parte desde el principio del catalanismo”, dice Fermí Rubiralta a este suplemento. La diferencia entre ambos términos es para él “de cariz fundamentalmente estratégico”. Mientras que el catalanismo “defendía como posible el encaje diferencial catalán dentro de una estructura estatal peninsular plurinacional, el independentismo advertía de la imposibilidad de este encaje”.

El historiador añade que “al principio del siglo XX, durante sus primeros pasos hacia la conformación de un espacio propio, el independentismo temprano se define como intransigente, precisamente como oposición a la transigencia de las posiciones de la Lliga Regionalista”. Tal como explica en Una historia del independentismo político catalán (2020), en los años diez del siglo pasado se empieza a estructurar el separatismo en torno a la idea de un estado catalán federado o confederado en un estado español o peninsular, o totalmente independiente en el sentido actual (defendido entonces por pocos).

El catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona Jordi Casassas explica a este suplemento que “en la actualidad hablamos de independentismo e históricamente se había hablado de separatismo como la expresión más radical del catalanismo o como la descalificación por parte del bloque del poder central ante la opinión pública española en referencia a cualquier reivindicación catalana”.

El autor de Pervivència de Catalunya. La formació de la societat catalana i les seves identitats a l’època contemporània (2020) añade que “el independentismo se ha convertido en una intención ciudadana transversal y en una opción política que de forma continuada en las últimas contiendas electorales ha obtenido mayorías parlamentarias enfrente del carácter formalmente minoritario del separatismo histórico”.

Este ideal separatista pervivió hasta la década de los setenta. Entonces, influido por los movimientos coloniales de liberación, el Mayo de 1968 en Francia y el anticapitalismo, se consolidó la idea del independentismo actual: una Cataluña sola que ya no se quiere federar o confederar. Un trayecto que explicará el libro coral de próxima aparición en la editorial Tigre de Paper, coordinado por el historiador Carles Viñas, Història de l’Esquerra Independentista.

¿Evolución o ruptura?

El escritor y periodista Vicenç Villatoro expresaba en el diario Ara (15 de junio de 2016) que “últimamente hay tendencia a decir que el independentismo actual no tiene nada que ver con la tradición del catalanismo, que rompe, no hay un hilo histórico que les ate”. Y cree que la consideración procedía de los contrarios al independentismo y asumía que “el independentismo actual es un hijo directo, con una genealogía continua, del catalanismo del último siglo y medio”.

En efecto, Juan Carlos Girauta, entonces diputado de Ciudadanos en el Parlamento Europeo, expresaba a Nació Digital (4 de diciembre de 2015) que el independentismo estaba vivo, pero “el catalanismo político se ha muerto, se ha acabado”. En sintonía con esta visión, desde el extremo opuesto, se sitúa el análisis del expresidente Torra y también la que apuntaba al periódico Ara (24 de septiembre de 2016) el filósofo y político independentista Jordi Graupera en el artículo El catalanisme ha mort.

Los académicos matizan. Andrew Dowling, profesor de la Universidad de Cardiff, dice a Quadern que “el independentismo surge de dentro de la cultura política del catalanismo, pero es una ruptura. Se basa en los postulados básicos del catalanismo, pero los lleva en una nueva dirección”. El autor de The Rise of Catalan Independence: Spain’s Territorial Crisis (2017) añade que “el catalanismo es como un paraguas bajo el cual una gama diversa de posiciones políticas, de izquierda a derecha, expresaban su apoyo a la lengua catalana y a las instituciones regionales. Para el independentismo, esto es demasiado limitado e insuficiente. Solo un estado catalán independiente puede satisfacer los requisitos de la comunidad política catalana y, por lo tanto, es un punto final del desarrollo político catalán”.

De manera similar se expresa a este suplemento el historiador Josep Burgaya, doctorado con una tesis sobre los modelos nacionalistas internacionales con que se ha comparado el catalanismo. Para el profesor de la Universidad de Vic, el independentismo se podía considerar un segmento del catalanismo “durante la Transición, en épocas en que este último era un planteamiento compartido por buena parte del arco político y por diferentes grados de radicalidad. Entonces, el independentismo quería representar la coherencia extrema y la culminación de la idea de la recuperación nacional”.

En cambio, Enric Ucelay-Da Cal se pregunta, en conversación con Quadern, “como distinguir conceptualmente entre los impulsos diversos acumulativos” que van “del catalanismo incipiente de Valentí Almirall a Jordi Pujol y su amplio equipo, de Albert Manent en diálogo con Josep Benet”, pasando por Enric Prat de la Riba, Francesc Macià, Francesc Cambó, Lluís Companys, Josep Maria Batista i Roca, Daniel Cardona, Miquel Badia, Josep Dencàs, el debate nacional del exilio y la clandestinidad bajo el franquismo”.

El autor de Breve historia del separatismo catalán (2018) concluye que “cuando se mira el conjunto vivo de un movimiento histórico que ha durado casi un siglo y medio como el catalanismo, cuando se valora su continuidad con el pasado, es difícil diferenciar las fases”. El catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra sostiene, por lo tanto, que el independentismo es una fase más del catalanismo “de un desarrollo por etapas, guste o no”. También Casassas sostiene que “la densidad del actual independentismo transversal se debe precisamente de este fuerte vínculo histórico”.

Pujol, ¿un consolidador del independentismo?

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona, planteaba en ¿Hay un espacio catalanista? en este diario (7 de febrero de 2020) que el expresidente Jordi Pujol y el pujolismo habían propiciado la consolidación del independentismo promoviendo “una etapa primera (autonómica) para construir una nación que dé paso a una segunda y última (la independencia), de manera que la primera esté en función de la segunda”.

Burgaya dice que “Pujol y, con menos relevancia, Heribert Barrera, plantea un nacionalismo cuya finalidad es construir una nación que tarde o temprano se debería constituir en Estado. Se trata de ‘construir Cataluña’, lo dicen abiertamente, con la policía, la escuela y TV-3 como grandes instrumentos de nacionalización”. Para el autor de Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (2020), “Barrera, además, entronca con el independentismo supremacista minoritario de Nosaltres Sols! o con el Estado Català de Josep Dencàs”, mientras que “el independentismo del siglo XXI, a pesar de ser la ‘fase superior’ del pujolismo, solo se puede entender en el contexto de desarrollo del populismo –un nacionalpopulismo.

Ucelay-Da Cal coincide con esta idea. “Los independentistas del proceso iniciado el 2010 o 2012 hasta el 2020 –que incluyen el independentismo histórico surgido con el PSAN en 1968, pero también tendencias varias del pujolismo– quieren marcar distancia ante el pasado reciente. No admiten que tengan algo que ver con el bagaje de Pujol como líder, ni el peix al cove [la táctica del pragmatismo cortoplacista], ni la corrupción personal confesada en el 2014”. Añade, sin embargo, que “como sector vienen de los llamados talibanes del neopujolismo de los años noventa, pero ellos lo niegan. Quieren ser puros, nacidos sin contaminación. Por lo tanto, no quieren nada de la ambigüedad ni del eclecticismo difuso del catalanismo evocado como sentimiento genérico en tiempos pujolianos”. El historiador no duda que “Artur Mas, Carles Puigdemont y Torra forman parte de un contínuum”.

¿El independentismo es nacionalista?

“El término catalanismo es en sí un concepto polivalente”, dice a Quadern Xosé Manoel Núñez Seixas, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago de Compostela. “Para algunos historiadores es sinónimo de nacionalismo catalán (Cataluña como una nación titular de soberanía). Para otros, como yo, el catalanismo sería defender que Cataluña tiene una fuerte singularidad cultural, histórica e institucional y política que la hacen merecedora de un estatus político diferenciado dentro del Estado español: más que una región, pero no necesariamente una nación, sino una nacionalidad”.

El autor del ensayo Catalan Nationalism and the Quest for Independence in the Twenty-First Century: A Historical Perspective (2020) añade que el principal rasgo distintivo del catalanismo “es el idioma propio, que lo convertiría en un término más inclusivo, por sus fronteras lábiles y fluidas, que el de nacionalismo, más propenso a interpretaciones excluyentes. Prácticamente todos los nacionalistas catalanes son catalanistas (los auténticamente cívicos que no consideren que el idioma es un elemento fundamental son minoría, y básicamente son recientes), pero no todos los catalanistas serían nacionalistas”.

Seixas concluye que “los independentistas son un segmento del nacionalismo catalán, ya que, además de definir Cataluña como un sujeto de derecho político colectivo, pretenden materializar esta aspiración en la consecución de un Estado propio a corto o medio plazo. Hay independentistas, al menos desde los años noventa, que rechazan la etiqueta nacionalista; yo diría que no son nacionalistas étnicos, etnoculturales o historicistas pero sí cívicos, como los escoceses, por ejemplo”. Esta vertiente es el que defiende ERC a partir de las teorizaciones de Josep-Lluís Carod-Rovira. “Somos independentistas, no nacionalistas”, decía el presidente del Parlamento, el también político de ERC Roger Torrent, en febrero de 2019, en la cadena norteamericana CNBC.

Casassas duda de la validez de este argumento a Quadern. “Algunos intentos de teorizar el actual independentismo han manifestado de forma explícita que son independentistas precisamente porque no son nacionalistas” y esto se ha hecho “pensando que de esta manera sacarían a la reivindicación actual la carga identitaria inherente a los nacionalismos y que se podría ampliar la base de los adeptos. Para ellos, la bondad del argumento se hacía incontestable ante el salto espectacular y rápido entre el separatismo histórico muy minoritario y el actual independentismo de masas”.

Sin embargo, continúa el historiador, esta idea no tiene fundamento porque va “en la línea del presentismo feroz de las actuales sociedades occidentales desarrolladas: su independentismo se conceptúa en un conjunto de intereses concretos dentro del individualismo democrático actual y el identitarismo nacional es algo histórico a rechazar, pues se relacionó con el momento histórico en que el nacionalismo se convirtió en agresivo y separador hasta el extremo”.

¿Repensar el catalanismo?

En conjunto, pues, los historiadores consultados por Quadern consideran el independentismo como una fase de la evolución del catalanismo con contenido nacionalista incluido, que a partir de un punto solo algunos definen como una “ruptura” con este. Asimismo, concluyen que el propósito político de presentar el independentismo como una corriente ajena al catalanismo no tiene fundamento histórico y se llega por, al menos, tres vías: para alejarlo del nacionalismo inherente en este último, para rechazar una continuidad ideológica que molesta y para diferenciar de manera clara las propuestas políticas a favor o en contra del acuerdo con el resto de España.

“Hay una regla muy sencilla, pero segura, para valorar opiniones políticas —sostiene Ucelay-Da Cal—. Los posicionamientos, si se miran de cerca, muestran diferencias a menudo muy importantes, mientras que si se observan de lejos exhiben rasgos comunes”. Quizá por esto fuera de Cataluña cuesta tanto entender el movimiento y su sopa de siglas.

A partir de aquí, se abre un nuevo interrogante. Un independentista crítico con el movimiento como Manuel Cuyàs consideraba en El Punt Avui (14 de julio de 2017) que el catalanismo “ahora parece patrimonio de los independentistas. Quien no es favorable a la independencia o introduce matices, suspicacias o alternativas es tildado de unionista, españolista, traidor y, en consecuencia, excluido del catalanismo. No se puede ser catalanista si no se es nacionalista, los dos conceptos antes separados ahora se han fusionado”. El periodista iba más allá: “El independentismo niega al PSC, a los Comuns, la condición de catalanistas” y se preguntaba: “¿No es catalanista Josep Antoni Duran i Lleida? ¿No lo son Miquel Iceta y Joan Coscubiela?”. Rubiralta defiende este argumento y considera que el PSC “cada vez se encuentra más alejado del catalanismo”, que “los Comuns son minoritarios” y concluye que “el catalanismo se ha vuelto independentista o, al menos, soberanista, por la convicción de que solo la independencia, definida con los rasgos soberanistas que se dibujan hoy dentro de una sociedad globalizada, puede asegurar la supervivencia de Cataluña como una nación diferenciada”. Eso tendrá éxito o no, dice, pero “no habrá marcha atrás”.

Esta apropiación del término “catalanista” por parte del independentismo, según Cuyàs, conducía a la “perversión”, que “el PSC, los Comuns, etcétera, no osan declararse catalanistas o actuar como tales para no ser confundidos con los independentistas”.

Burgaya llega a una conclusión similar: “La fase independentista ha liquidado, creo que durante años, el catalanismo. Ya no sirve a nadie como etiqueta. Concepto obsoleto. Insuficiente para los nacionalistas-independentistas y demasiado emparentado con ellos para los que no lo son”. ¿Hay que etiquetar, pues, de manera diferente aquello que se ha entendido hasta ahora por catalanismo? El historiador propone a Quaderncatalanidad, porque representará mejor la defensa y un cierto sentido de pertenencia –o exclusiva– a un espacio lingüístico, cultural y territorial que sea compatible con el cosmopolitismo y la diversidad de sentidos de identidad”.

El domingo por la noche, quizás habrá respuesta a esta disputa familiar.

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