Cataluña, entre Renania y Padania

Ha sido una campaña aciaga, con muy pocas propuestas de calado al margen del sonsonete recurrente de cada partido.

Preparativos para las elecciones para el Parlament 2021 en el Polideportivo Municipal Camp de Ferro.
Preparativos para las elecciones para el Parlament 2021 en el Polideportivo Municipal Camp de Ferro.JUAN BARBOSA / EL PAÍS

“El agua pura y cristalina del Po salvará la Padania. Ha llegado el momento de la liberación. La independencia está cerca”. A mediados de setiembre de 1996 Umberto Bossi se fue de excursión a los Alpes occidentales y llenó una copa con agua en Pian del Re. A continuación, emprendió desde la fuente natal del río una marcha triunfal siguiendo su curso hasta el Adriático arropado por sus acólitos. En Venecia proclamó su histriónica República Federal de Padania ofreciendo su “vida, fortuna y sagrado honor”. El también líder de la Liga Norte, Roberto Maroni, con el Va, pensiero —el canto de los judíos esclavos de Verdi— de fondo exclamó “empezaremos a trabajar desde hoy para lograr el reconocimiento de la Padania por parte de la comunidad internacional”.

En marzo de ese mismo año el entonces alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, accedió a la presidencia del Comité de Regiones de la Unión Europea para los próximos dos años. En diciembre Jordi Pujol dejó la suya al frente de la Asamblea de las Regiones Europeas tras cuatro en el cargo. El presidente de la Generalitat recurría a menudo entonces como ejemplo de prosperidad a Baden-Wurtemberg, el land alemán con el que Cataluña forma todavía hoy la associación de cooperación interregional ‘Cuatro motores por Europa’.

Un cuarto de siglo después Cataluña ya conoce ambos sabores, presentes en la campaña electoral que cerramos. Aunque durante quince días los catalanes han estado más pendientes del timbre de sus casas que del mensaje de los candidatos. Más atentos al continente (¡que no me toque, que no me toque!), que al contenido que, por momentos, solo ha interesado a políticos, opinadores y periodistas.

Ha sido una campaña aciaga, con muy pocas propuestas de calado al margen del sonsonete recurrente de cada partido. Salvador Illa, el hombre diapasón, ha tratado de que el conjunto de candidatos cogiera un tono político sin estridencias, como ya se autoimpuso en el ministerio. Asumiéndose en cabeza no ha arriesgado promesas, ni desgranado propuesta territorial alguna, más allá de proponer “pasar página”.

Pere Aragonès ha continuado a lo suyo: amnistía y autodeterminación. Se ha ofrecido como gestor de la Generalitat pero sin concretar un programa recordable. Al final ha traspapelado el manual de Lakoff —ay, el miedo— y explicitando lo evidente, el cordón al PSC, ha comprado el marco mental de Laura Borràs. La candidata, torrista de pedigrí, ha tirado de agit-prop —”cuando van contra Junts van contra Cataluña, contra nuestros bomberos, contra nuestros forestales”— y ha acaparado la atención (cave, Puigdemont). Junto a ella su infantería. La CUP se ha demostrado fiel a si misma: el mundo cambia, pero su discurso no se inmuta.

Alejandro Fernández se ha revelado como el mejor en las justas televisivas e incluso ha agradado a votantes contrarios, aunque su PP sigue a años luz (suspiro) del de Josep Piqué. A su lado, Carlos Carrizosa ha estado demasiado enfadado y pendiente del juego de los rivales, Illa/separatismo, y se ha dejado en el tintero un perfil más propositivo. En cambio, cada una desde su terreno, Jéssica Albiach y Àngels Chacón, han realizado campañas ordenadas y han dejado intuir sus modelos públicos y concertados para Cataluña, machacando unos pocos temas.

Ha quedado claro que el formato de debates televisivo es nefasto. ¿Porqué no una Commonwealth audiovisual para segmentar temas y candidatos en distintos debates y teles? También que a Cataluña le urge una ley electoral y que España debe desanquilosar la propia. Asimismo, que los partidos deberán tejer una alianza común si quieren que el octavo pasajero que entrará en el Parlamento a berrear y distorsionar no cause grandes estropicios en la sociedad y en la cámara.

El lunes tendremos dos certezas. Una, que gracias a los miles de catalanes que, aún a regañadientes, no se han puesto de perfil como otros muchos y formaran las mesas electorales, seguiremos siendo una democracia. (Gracias). La otra, que sabremos si en la nueva etapa Cataluña (31.119 PIB per cápita en 2019) pondrá rumbo no ya a Baden-Wurtemberg (47.290), sino tan siquiera a algo más factible como alguna Renania del Norte (39.678) o Palatinado (35.457). O si, por el contrario, nos aguardaran lunes al sol y una mañana veremos al nuevo inquilino del Palacio de la Generalitat llenando la cantimplora de agua en las fuentes del Llobregat antes de emprender la marcha a una nueva astracanada.

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