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Votar, arrodillarse y creer

El 15-M, el proceso soberanista y la gestión de la pandemia, tres oportunidades de la democracia para renovarse, llegan a las elecciones catalanas agotadas, convertidas en argumentos para perder la fe en todo

La canciller alemana, Angela Merkel, informa del coronavirus en marzo del año pasado.
La canciller alemana, Angela Merkel, informa del coronavirus en marzo del año pasado.Michael Kappeler/Pool photo via AP

El inicio de la campaña electoral ha activado los rituales de una religión que todo el mundo practica pero en la que ya no cree nadie: como las misas medievales oficiadas en latín para una población que ni lo entendía ni sabía leer, los discursos que envuelven el 14-F son mera banda sonora para la auténtica finalidad del circo, que es exponer a la gente a imágenes de ángeles y demonios para mantenernos entre asustados y distraídos. Nunca como ahora los eslóganes habían sido tan vacíos; el teatro de los candidatos, tan humillante; el esfuerzo de fact checking de la prensa, tan fútil. Es la coda de tres fracasos que tocan fondo sincronizadamente en Cataluña: el 15-M, el proceso soberanista y la gestión de la pandemia. Tres oportunidades de la democracia para renovarse y responder a la complejidad del mundo en el siglo XXI llegan al primer trimestre de 2021 agotadas, convertidas en argumentos para perder la fe en todo. Y ahora deberíamos votar a la versión descafeinada de los responsables, como si siguiéramos creyendo.

La lección de esta década es que los retos complejos requieren instituciones que no creará la clase política

Pero en realidad sí que creemos porque, como explicó Blaise Pascal, arrodillarse es creer, y como podemos añadir nosotros, ir a votar y quejarse al día siguiente en Twitter, también. La verdad de lo que somos no se expresa en lo que pensamos ni en lo que decimos, sino en lo que hacemos al final del día, especialmente en lo que nos sale de manera más automática. Y lo que haremos será votar y desentendernos, y no habrá ni huelgas generales ni asambleas ciudadanas pidiendo que se abra un proceso constituyente. El cinismo es enrevesado: en nuestra conciencia, obtenemos una mezcla de placer y consuelo cuando nos damos cuenta de que todo es una farsa de la cual, a diferencia del vecino fanático, nosotros conocemos el truco. Pero en vez de movilizarnos, este sentimiento se convierte en una descarga solipsista que nos libera de la acción. El cinismo y el fanatismo acaban llegando al mismo lugar.

En cambio, la crisis de fe causada por un cinismo esclerótico de la Iglesia católica que nos recuerda lo que estamos viviendo ahora mismo con la democracia produjo una respuesta muy diferente: la idea de que podíamos pensar por nosotros mismos. La Reforma de Martín Lutero utilizó la imprenta para inaugurar una nueva manera de criticar los discursos de abajo hacia arriba que siguió desovillándose hasta llegar a Kant. La alternativa a la sumisión voluntaria fue la Ilustración, y todavía no hemos encontrado una tercera vía entre el pensamiento crítico y la creencia zombi. Porque no existe: si buscamos entre los destellos de sentido que han iluminado el año pandemia, no nos vienen a la cabeza las diversiones postmodernas del confinamiento digital, sino los momentos en que médicos y científicos nos han tratado como a adultos. La más luterana de todas estas imágenes que recuerdo remite a una esperanza posible: Angela Merkel, el pasado mes de abril, explicando con pedagogía y seriedad cómo se contagia el coronavirus.

La democracia es aquella explicación de Merkel para todo y cada día. Porque la democracia no es un privilegio sino un esfuerzo. Concretamente, el esfuerzo para agrandar lo que llamamos conciencia personal. Entre el confinamiento decretado por China y lo que se decidió en Taiwán, hubo pocas diferencias materiales, pero muchas intangibles. Es el mismo abismo que separa la obediencia ciega del consentimiento informado: dos ciudadanos se acaban poniendo la misma vacuna, pero uno ha recibido el esfuerzo de sus gobernantes por transferirle conocimiento y ha correspondido con el esfuerzo de informarse y de pensar por sí mismo por qué aceptaba o por qué no. La confianza siempre es más eficiente que el control, por lo que las comunidades de adultos responden mejor a las sacudidas de realidad que las dictaduras o las democracias infantilizadas como la nuestra. Las diferencias cualitativas se traducen en diferencias cuantitativas.

Pensar que votando cada cuatro años ya basta hace que sigamos instalados en la inercia de las supersticiones

¿Qué ha pasado en Cataluña? Que los movimientos que percibieron esta esclerosis ya hace años y lucharon por una democracia más adulta, más radical y más compleja colisionaron contra un establishment que los ha calificado de populistas y ha vencido. Y sí que ha habido populismo, pero ha sido un populismo de los líderes, que instrumentalizaron malestares sistémicos para fines individuales y partidistas, respondido por un populismo del sistema, que se ha fosilizado. Lo cierto es que los fantasmas no realizados del 15-M y del soberanismo recorren la democracia catalana y lo condicionan todo y lo seguirán condicionando porque responden a un fracaso común en todo el bloque occidental que la pandemia ha dejado todavía más al descubierto. La lección de la última década es que los retos complejos requieren instituciones que no se crearán desde la clase política. Por ejemplo: asambleas de ciudadanos rotativas, elegidas por una mezcla de sorteo y criterios de representatividad, que se incorporen al Parlamento con pleno poder de veto para convertir cada ley en un proceso deliberativo no partidista entre ciudadanos, expertos y políticos. Postergar transformaciones en este sentido y pensar que votando cada cuatro años y quejándonos ya basta es arrodillarse mientras nos decimos que lo que importa es nuestro fuero interno despierto y descreído. En realidad, a través de la acción seguimos cómodamente instalados en la inercia de supersticiones premodernas.

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