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Arte, vida y naturaleza de Fina Miralles

El Macba dedica una amplia exposición a la artista que rompió con el arte tradicional a comienzos con los años setenta

La artista Fina Miralles dentro de su obra 'Translaciones' (1973), instalada en el Macba.
La artista Fina Miralles dentro de su obra 'Translaciones' (1973), instalada en el Macba.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

La artista Fina Miralles (Sabadell, 1950) se encerró en 1974 durante tres días en una jaula, junto un perro, un cordero, un gato y una rana (cada uno en su jaula) en la instalación Imágenes del zoo, que creó para la Sala Vinçon, por entonces, uno de los pocos espacios de Barcelona que ofrecían arte contemporáneo. La obra se completaba con un friso de fotografías del zoo de Barcelona rodeando la sala. “Quería protestar por lo que la gente veía normal, pero a mí me parecía una barbaridad; que los animales estuvieran en jaulas en malas condiciones. Supongo que habrá cambiado. ¿Han ido ustedes recientemente”, pregunta la artista que ha bajado de Cadaqués, donde reside, para presentar Fina Miralles. Soy todas las que he sido, la exposición que puede verse en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba), que comienza con una fotografía a tamaño natural de este momento de hace 46 años, que sigue impactando. Este sábado, en su primer fin de semana abierta, la muestra registró las primeras colas del museo desde la llegada del covid.

“Hoy, no sería posible, por el uso de animales”, explica Teresa Grandas, conservadora del Macba, que ha buceado en la obra de Miralles para recuperar muchos de sus trabajos y mostrarlos en esta exposición que recorre la vida y la obra de esta artista que aborda temas como el feminismo, la naturaleza, el poder, el arte, a través de acciones performáticas protagonizadas siempre por Miralles, con la ayuda de la fotografía, la pintura y el video y el collage. “Llevo bien esto del confinamiento porque estoy entrenada en vivir conmigo misma”, asegura Miralles, lanzando una intensa mirada por encima de la mascarilla y orgullosa tras dar los últimos retoques de la muestra antes de abrir. “Las obras continúan vivas en todas las personas que las ven y las leen. Son el reflejo de una práctica artística de toda la vida, porque arte y vida son inseparables”, explica.

Tras la impactante Imágenes del zoo se despliega el universo Miralles, explicado por Grandas con la idea de acabar con las etiquetas que siempre la han explicado: naturaleza, feminismo, critica al capitalismo y al poder político. “Todo en ella se rige por un solo pensamiento, todo se entrecruza; quería romper estas divisiones que limitan su interpretación”, explica la comisaria.

Miralles dejo clara su ruptura con el arte tradicional con su primera obra: Natura morta (1972) en la que elabora un paisaje desestructurado en el que coloca en una mesa conchas, agua, hierba, piedras, hojas, tierra y algas que el espectador ha de visualizar como el bodegón de un cuadro. “Reconfigurando el concepto de lo que es artístico”, según Grandas. Al año siguiente, en la impresionante Translaciones. Elementos naturales en un espacio no natural. Cama-árbol, introduce la naturaleza en una vivienda; un dormitorio en el que llena el suelo de paja, césped en los asientos de las sillas, piedras dentro de un armario y un laurel que duerme en una cama, tapado son una sábana. Poder pisar y oler el heno es un lujo en una ciudad perimetrada por la pandemia.

Otras son más duras. Como Debo ser obediente y Por la impunidad del miedo, de la serie Matanzas (1977) que hablan de la injusticia, las guerras y las dictaduras. En los retratos Enmascarados (1976), su amiga Anna Lizarán se cubre el rostro, con medias, bolsas, velos y correas, aproximando esas imágenes de hace más de 40 años a la actualidad. En Standard (1976), la artista se ata de pies y manos a una silla de ruedas y se pone delante de una proyección en la que no dejan de pasar imágenes de estereotipos de mujeres. Un tormento. Tras las fotografías, las pinturas; casi siempre papeles sumergidos en líquidos con tinte que conforman la obra por saturación, como la enorme Paisatje. Mar (1979) y concluye, por cronología con El rastro de la sirena (2014), en la que la artista desaparece de la fotografía y solo se ve la onda que produce al nadar, como si se despidiera.

“Miralles no ha tenido nunca interés por vender su obra”, asegura Grandas. Por eso, depositó su archivo en el Museo de Arte de Sabadell hace años. De allí se han obtenido los negativos para positivar algunas de las fotos en las que se puede ver a Miralles, atada, abrazada y colgada (ahorcada) de un árbol de Mujer-árbol (1973) y de El cuerpo cubierto de paja (1975) y otras piezas reconstruidas por el Macba que pasarán a formar parte del fondo del museo cuando acabe la muestra (el 5 de abril).

Pese a los tiempos de covid la exposición tiene dos lecturas, cuando se acaba del recorrido, hay que volver a salir por donde se ha entrado, por lo que queda claro la idea de que la vida y la obra, de principio a fin, de Miralles, están relacionadas y no se entienden la una sin la otra. “Todas las piezas forman un tejido; son semilla y fruto a la vez”, asegura Grandas que defiende que Miralles hace algo tan difícil como expresar emociones con el arte contemporáneo: “Emociones y afectos sin concesiones, con sentido crítico y una coherencia extraordinaria con una obra radical e integra”.

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