Opinión
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No lo volverán a hacer

La amenaza de una reiteración no servirá para ampliar la base del independentismo ni para superar los desperfectos en la convivencia

Un estudiante pega una pegatina en una pared al final de un acto en apoyo a 1 de octubre de 2017.
Un estudiante pega una pegatina en una pared al final de un acto en apoyo a 1 de octubre de 2017.ANDREA COMAS / EL PAÍS

El arrepentimiento es muy raro en política. Lo más habitual es justificar los errores con la exhibición de causas objetivas, ajenas a las responsabilidades subjetivas. Raramente alguien concede la culpabilidad personal por la decisión equivocada, más bien lo contrario: la culpa siempre es de los otros. La única explicación suele ser contextual. Y la mejor es que fue un error forzado: en tales circunstancias cualquiera se habría comportado igual.

La digestión del procés, y especialmente de la cadena de errores de octubre de 2017, es de una gran lentitud, dificultada por las facturas judiciales que le han seguido, especialmente por las penales. Se entiende la arrogancia de quienes aseguran que lo volverían a hacer, aunque signifique una dificultad añadida, tanto de cara a la posibilidad del indulto como a una seria reflexión autocrítica.

Decir “lo volveremos a hacer” es una terca reivindicación de la dignidad de la causa, por muy perdida y equivocada que esté

Decir “lo volveremos a hacer” es ante todo una reafirmación ideológica. No es una profecía ni la expresión de una voluntad. Es una terca reivindicación de la dignidad de la causa, por muy perdida y equivocada que esté. Se ha perdido la partida, incluso la causa entera; el precio a pagar es considerable; y es muy brumoso el horizonte respecto a la posibilidad de repetir la jugada.

Sería un momento propicio para hacerse el escurridizo, desaparecer del mapa, intentar reparar los desperfectos y pasar página, pero hay personajes de esta historia que no están dispuestos a terminar de forma tan triste este triste episodio y prefieren la altivez del “lo volveremos a hacer”. Otros, con los pies en el suelo, prefieren desprenderse de lo que, finalmente, solo es una salida retórica y una dificultad tanto para los abogados que buscan los indultos como para los amigos y aliados que procuran obtenerlos.

“Lo volveremos a hacer” es, ante todo, una confirmación de que en las circunstancias muy concretas que se produjeron a partir 2012 cualquier independentista genuino, de los que sitúan su idea, la independencia, por encima de todo, incluso de la regla de juego, actuaría exactamente como lo hizo entonces. Es el error forzado que aún no han reconocido los independentistas, porque no han deducido todas las consecuencias, la primera de las cuales debería ser decirnos que, sabiendo lo que saben hoy, no lo volverían a hacer.

Son muchas las cosas que saben hoy los independentistas y que no sabían o no querían saber entonces, a pesar de las numerosas advertencias recibidas desde dentro y desde fuera. Las más evidentes son la falta de reconocimiento internacional y la fuerza del Estado, evocados con una buena dosis de victimización y escasa capacidad de comprensión histórica. Las fronteras que se pretendía modificar eran las centenarias de la Paz de Westfalia, y la España represora, un Estado de derecho reconocido internacionalmente, apenas afectado en su imagen por la actuación autoritaria del gobierno de Rajoy el 1 de octubre y por su colosal impericia en la gestión de toda la crisis.

El independentismo confundió los deseos con las realidades. Prefirió las tergiversaciones de la propaganda a la fría comprensión de la correlación de fuerzas, creyendo que así contribuía a hacer irreversible el camino emprendido. Las palabras se convirtieron en sustitutos de las acciones, sin que al pronunciarlas se produjeran los cambios en la realidad que soñaban quienes las decían. Ahora, en la repetición de que lo volverán a hacer, hay todavía un resto de los hechizos que pretenden producir realidad gracias a la reiteración y la pasión con que se pronuncian.

Desde los tribunales, desde el sistema político español, se ha captado el mensaje: a la que puedan, volverán. Unos así lo creen y lo entienden como una amenaza de repetición del octubre del desorden. Otros confían en hacerlos desistir o en disolver la voluntad de reiteración mediante proyectos comunes interesantes que al menos pospongan la amenaza. Ni unos ni otros tienen en cuenta que la amenaza se extiende también sobre un ángulo muerto en territorio catalán.

El independentismo confundió los deseos con las realidades. Prefirió las tergiversaciones de la propaganda a la fría comprensión de la correlación de fuerzas

“Lo volveremos a hacer” tiene un significado especial si se ve desde la Cataluña que no ha optado por la unilateralidad. Hay una Cataluña que quisiera tanto autogobierno como fuera posible sin romper la regla de juego, que pone la convivencia por encima de cualquier opción política y que además se siente heredera del legado político y material del catalanismo, desde la Mancomunidad de 1913 hasta a la Generalitat recuperada y constitucional.

Esta Cataluña es la que confía en que no lo volverán a hacer y no volverán a utilizar las instituciones de todos para fines partidistas. Sería un acto de deslealtad con los conciudadanos que no comparten sus sentimientos ni sobre todo los argumentos políticos unilateralistas que les llevaron por el camino errado. Entonces recibieron muchas advertencias que no solo desoyeron, sino que además convirtieron en motivo de reproche y de división.

Los resultados del proceso no se cifran solo en su fracaso, sino en el balance desastroso de gobierno y en la división que corroe el país y el independentismo. El apoyo al independentismo difícilmente aumentará si aquellos a quienes hay que convencer les dice que lo volverán a hacer. Se entiende que no se arrepientan y que nos digan “debíamos probarlo”, pero si buscan la confianza de la gente y quieren “ampliar la base” deberían añadir: “y ahora no lo volveremos a hacer porque entonces nos equivocamos”.