Opinión
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Un funeral para la historia

El discurso de la guerra contra el virus ha servido como tapadera del desconcierto de los gobernantes y para señalar como traidor a cualquiera que levante una voz crítica

La Familia Real llega al homenaje a las víctimas de la covid en el Palacio Real.
La Familia Real llega al homenaje a las víctimas de la covid en el Palacio Real.Andrea Comas

El acto de Estado en honor de las víctimas de la covid-19 quiero entenderlo como el funeral de funerales. La despedida que no pudieron tener unas personas que murieron en soledad y que tuvieron unos entierros casi clandestinos. Pero, ¿era este realmente el propósito?

Tengo que reconocer que es un acto que me genera desasosiego cada vez que pienso en las personas que murieron por causas sin relación con la pandemia. Durante estos meses miles de ciudadanos (probablemente algunos más que las propias víctimas del virus) han muerto por diversas enfermedades, como todos los días, como todos los años. En algunos casos la situación sanitaria de excepción no ha sido ajena al desenlace. En pleno confinamiento, además, su final también ha conocido la soledad y las despedidas han sido tan condicionadas como las de las víctimas del virus. ¿Por qué nadie se ha acordado de ellos? ¿Por qué no se les ha tenido en cuenta como si su muerte, por banal, no mereciera reconocimiento? Extraña discriminación que, en cierto sentido, me parece que es indiciaria.

Indiciaria, ¿de qué? De las dudas que han acompañado la gestión de la pandemia y de su trasfondo político. Las primeras órdenes de confinamiento vinieron acompañadas del discurso de la guerra: una sorprendente humanización del virus y una contradicción con el principio moral que los gobernantes decían que guiaba sus decisiones: salvar vidas y proteger a los más vulnerables. La guerra como movilización patriótica contra el enemigo común, con el ánimo de asegurarse la sumisión y la adhesión de la ciudadanía a las medidas de excepción. Las guerras generan héroes y a los héroes se les rinden tributos a mayor gloria de la patria. El argumento de la guerra ha servido como tapadera del desconcierto de los gobernantes y para señalar como traidor a cualquiera que levante una voz crítica. En las guerras los muertos forman parte del cálculo estratégico. Aquí se trataba precisamente de lo contrario: de salvar el máximo de vidas posible.

Compartir el dolor me parece siempre un acto positivo porque aceptándolo es como se vive realmente la condición humana. Y me quedo como recuerdo con una imagen de Aroa López, sanitaria de Vall d'Hebron, que dice tener las miradas de los que se iban tatuadas en la piel. Pero ¿cómo hay que entender este acto? ¿Como una forma implícita de reconocer la impotencia del Estado ante la gravedad de la situación? O al contrario, ¿como un acto a mayor gloria del propio Estado para ocultar todas las dudas e interrogantes que deja esta experiencia? El rey Felipe VI ha loado el espíritu de unidad y de resistencia. Pero si a las instituciones se refiere, es difícil verlo en el despliegue de confrontación política e incluso de acusaciones judiciales que hemos presenciado estos meses. ¿Loar la unidad que no ha existido para que nos la creamos? ¿Hacer hincapié en la solidaridad de la ciudadanía para barnizar el desvergonzado uso de los muertos en la confrontación política? ¿Construir un tabú de la pandemia, aquello sobre lo que no se puede hablar, para ocultar las graves deficiencias y las profundas brechas sociales que han emergido?

Cuando estamos todavía a mitad del camino de la crisis sanitaria, cuesta creer que el homenaje no fuera, en el fondo, a mayor gloria de las instituciones. Y más aún cuando el protagonismo institucional se ha confiado al rey Felipe VI en el momento más crítico de la historia reciente de la monarquía. ¿No será que se han querido apuntalar demasiadas cosas sobre la memoria de los muertos?

Deja, sin embargo, este acto un legado significativo: la laicidad. Por fin, la Iglesia católica pierde el monopolio institucional de la despedida de los muertos. Solo cabe decir que ya era hora, en una sociedad que ha cabalgado del nacionalcatolicismo a la laicidad a una velocidad vertiginosa, sin que la Iglesia católica se haya dado por enterada de que no es dueña de las conciencias. Por una vez, las confesiones religiosas estaban allí en igualdad de condiciones, sin privilegio para los que se creen en derecho a tutelar los funerales oficiales. Y difícilmente tendrá ya marcha atrás. No es un pequeño detalle. Es un gran tabú que acaba de saltar por los aires. Y quizás, con el tiempo, esta sea la razón para que la fecha de este acto tenga un lugar en la historia.