Opinión
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Una generación doblemente castigada

Los 'milenials' han sufrido dos crisis en pocos años y los 'centennials' tendrán que afrontar el tsunami de la digitalización. La generación del 68 se organizó para decidir su futuro. ¿Harán lo mismo los actuales jóvenes?

Jóvenes en la playa de la Marbella.
Jóvenes en la playa de la Marbella.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

Todas las generaciones tienen sus desafíos y la que ahora inicia su retirada ha tenido la doble suerte de no haber vivido ninguna guerra y haber protagonizado el mayor salto en la escala social de la historia de nuestro país. Los nacidos entre 1945 y 1960, la llamada generación del baby boom, combinó la revolución cultural del 68 con la lucha por la democracia y los derechos sociales. Ahora, deja la actividad pública con el regusto amargo de ver cómo el elevador social que les permitió mejorar su formación y vivir mucho mejor que sus padres y sus abuelos, se ha parado para sus hijos e incluso puede descender para sus nietos.

Toda una generación, la de los millennials, ha visto segadas las altas expectativas que tenía de poder construirse un futuro acorde con su alta preparación académica en un país que había despertado la admiración de Europa por la rapidez con la que había elevado su renta per cápita y el nivel de vida. Ninguna generación puede salir indemne si encadena dos crisis consecutivas y eso es lo que les ha ocurrido a los menores de cuarenta años justo en el momento vital de cimentar su vida profesional y social.

Los jóvenes han tenido la suerte de ser los menos afectados por el coronavirus, pero van a ser los que en mayor proporción sufran las consecuencias económicas del parón que ha provocado la pandemia. Lo dice el Banco de España: los menores de 35 años y las mujeres van a ser los dos colectivos más damnificados por la caída de la actividad económica y si en el caso de las mujeres eso va a contribuir a agrandar la brecha de género, en el caso de los jóvenes va a aumentar la brecha generacional que empezó a abrirse cuando ser mileurista dejó de ser un estigma y pasó a considerarse un privilegio. Hasta ese punto han cambiado las cosas en apenas 12 años.

La crisis financiera de 2008 hizo que tuvieran que retrasar diez años los pasos para iniciar una vida adulta plena. Pese a ser la generación mejor preparada de la historia, la crisis les ancló en el domicilio familiar hasta más allá de los treinta, hasta el punto de que en 2017, cuando el PIB ya crecía de nuevo con fuerza, el 61% de los jóvenes de 18 a 34 años vivían todavía con sus padres. Retrasó también su entrada en el mercado laboral, y en consecuencia, todas las metas vitales asociadas a la posibilidad de una vida independiente como acceder a una vivienda o formar una familia. Así está la natalidad. El porcentaje de mujeres de entre 30 y 34 años que no tiene hijos ha escalado hasta el 52%, según la encuesta de fecundidad del INE, cuando en 1999 era del 26%.

Lo que antes se hacía a los 25 años —irse de casa, vivir en pareja, formar una familia— ahora se hace a los 35 y con dificultades. Toda Europa ha sufrido las consecuencias de la crisis financiera, pero los jóvenes españoles figuran entre los más perjudicados. Ellos son los más fragilizados por la precarización laboral, que en España alcanza al 34% del empleo, casi el doble de la media europea. La pérdida de poder adquisitivo es generalizada, lo dice también el Banco de España: los nacidos en 1987 con bajos estudios cobran de promedio un 20% menos de lo que cobraban los nacidos en 1977 al cumplir los 30 años.

Ahora, la nueva crisis desencadenada por el coronavirus vuelve a golpear con especial intensidad a los jóvenes precarios vinculados a los servicios, la academia o el trabajo creativo. El Banco de España no prevé una recuperación de los niveles de actividad anteriores a la pandemia antes de 2023 pero nadie se atreve a evaluar las consecuencias a largo plazo del encabalgamiento de estas dos crisis económicas con los efectos de la transformación digital del sistema productivo. Todos los estudios de prospección prevén un gran tsunami, pero nadie se atreve a vaticinar la altura y la fuerza de la ola que se aproxima y que alcanzará de lleno a los centennials, la generación de los que aún no han cumplido los 20 años.

La robotización y la inteligencia artificial permitirán automatizar buena parte del trabajo mecánico, administrativo y de gestión que ahora hacen profesionales de cualificación media y alta. La cuestión clave de los próximos años va a ser cómo repartir el trabajo, si queremos que siga siendo el principal vehículo de distribución de la riqueza, y también cómo podemos articular nuevas formas de reparto de la riqueza para garantizar la subsistencia de los que entren y salgan del mercado de trabajo. Este es un debate que concierne sobre todo a los jóvenes. Si quieren tomar el control de sus destinos, lo mejor que pueden hacer es organizarse para modular cómo quieren que sea el futuro y asegurarse de que el ascensor social no se pare. ¿Lo harán?

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