La nariz de los alcaldes

A pesar de todo, el espacio convergente sobrevivió. No solo por los números en el Congreso y en el Parlament, sino sobre todo por su presencia en forma de alcaldías y de concejales en el territorio

Alcaldes de pueblos de Cataluña en el Parlament tras el pleno en el que se votó la independencia, el 27 de octubre de 2017.
Alcaldes de pueblos de Cataluña en el Parlament tras el pleno en el que se votó la independencia, el 27 de octubre de 2017.Albert Garcia

En los últimos días se está asistiendo a la intensificación del dinamismo y de la conflictividad interna en el complejo mundo postconvergente, en sus diferentes configuraciones: básicamente, se está discutiendo sobre la supervivencia del PDeCAT como actor autónomo del centroderecha nacionalista dirigido desde Barcelona, o bien su absorción en un proyecto más nacionalpopulista y transversal pilotado desde Waterloo.

En el devenir tan caótico –a veces incomprensible para la mayoría, incluso la más interesada e informada– de los herederos o los compañeros de viaje de aquella fórmula política que bajo el liderazgo de Jordi Pujol gobernó el país durante más de dos décadas, juegan un papel importante elementos de contexto (más lejanos o más cercanos en el tiempo) y elementos más endógenos, ligados a la vida interna de aquel mundo. Si se mira retrospectivamente poniendo luces largas, en realidad la primera sacudida profunda se produjo hace más de 15 años, cuando aún como primera fuerza en el Parlament CiU no fue capaz de articular una mayoría de gobierno, viviendo su particular “travesía del desierto”. El impacto de estar en la oposición fue durísimo, percibido por los convergentes como una especie de inversión del orden natural de las cosas. Ello es importante para entender tanto en qué contexto se consolidó el liderazgo de Mas y de su entorno más cercano como las condiciones en que se formaron cuadros y dirigentes que han tenido relevancia en los últimos años.

El espacio convergente que madura en los años de la oposición es más soberanista (no olviden la experiencia de la Casa Gran) y a la vez claramente decantado hacia posiciones neoliberales. Tampoco es ajeno a cómo se están desarrollando ahora los hechos la manera en que en 2010 Artur Mas recuperó el Gobierno: en plena crisis económica, con un relato claramente alineado con las tesis más duras de la austeridad y con la estrategia de fichar a figuras no siempre encuadradas en el partido con tal de conformar lo que se llamó el “Gobierno de los mejores”. Es sabido que la experiencia de aquel gabinete –que acabó pactando con el PP– fue complicada: los movimientos de respuesta a los recortes en servicios públicos y la eclosión del 15-M pusieron en seria dificultad a un Gobierno percibido como antipopular. Y aceleraron el viraje del nacionalismo conservador hacia la apuesta independentista como tabla de salvación, como por otra parte el mismo Santi Vila reconocería años después. Por otro lado, se trató de un viraje protagonizado por unos cuadros, una militancia, e incluso un electorado receptivo: la conversión independentista se puede leer también como la respuesta de unas clases medias desconcertadas por la crisis que recorren al vector nacional como forma de defensa. En la última década es un proceso que se ha producido a nivel planetario.

Así se llegó a la Diada de 2012 y al espejismo de las elecciones de noviembre en que yendo a por una mayoría absoluta, Mas perdería diez diputados. Si bien el espacio postpujolista estaba en la ola que se manifestaba, aquellas elecciones demostraron que no le sería fácil mantenerse como hegemónica. Aún menos cuando en los años siguientes los casos de corrupción empezarían a salir a la luz de forma manifiesta (con el cráter de la confesión de Pujol) y por primera vez –en las europeas de 2014– ERC haría el sorpasso. Sin tener en cuenta como motor el miedo a una progresiva pérdida de centralidad no se entenderían todos los pasos sucesivos: la ruptura con Unió, la lista conjunta con ERC, la hoja de ruta, el paso a un lado de Mas (a finales de 2015 los sondeos pronosticaban una especie de holocausto electoral), la fundación del PDeCAT, la carrera sin luces del octubre y la apuesta formalmente impugnativa de la candidatura de Puigdemont tanto en 2017 como en las europeas de 2019 en la fórmula de Junts per Catalunya.

Porque bien mirado, y a pesar de todos los pesares, el espacio convergente sobrevivió, y ni tan mal. No solo por los números en el Congreso y en el Parlament, sino también –y sobre todo– por su presencia en el territorio, en forma de alcaldías y de concejales, especialmente fuera del área metropolitana de Barcelona, donde –de facto– se deciden las mayorías en la Cámara catalana, ley electoral mediante. La herencia, y las oportunidades, son apetitosas y por ello ahora la lucha tan enconada para decidir el rumbo futuro. La respuesta la tienen sus alcaldes. Su nariz sabe olfatear si en la Cataluña no metropolitana de la postpandemia tendrá más peso el pragmatismo en la defensa de los intereses de las clases medias, o si estas están instaladas en el mesianismo y en la retórica incendiaria. En realidad, esta es una información importante para toda la ciudadanía para saber lo que nos espera