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El primogénito de Jordi Pujol declara que sus negocios se basaban en “pasar información privilegiada”

Jordi Pujol Ferrusola admite que no tenía conocimiento de los sectores en los que asesoraba y critica que el ‘caso Pujol’ ha sido una “trituradora”

Jordi Pujol Ferrusola, en su declaración como acusado en la Audiencia Nacional.

El contraste entre el padre y el primogénito no puede ser más pronunciado. Jordi Pujol ha estado ausente del juicio por la fortuna familiar y, pese a que este lunes ha acudido personalmente a la Audiencia Nacional, ni siquiera se le ha visto: ha entrado por el aparcamiento, ha sido reconocido por un médico forense y se ha marchado después de que la sala decidiese exonerarlo debido a su estado de salud. Jordi Pujol Ferrusola, en cambio, ha sido el protagonista absoluto del proceso desde el inicio, hace cinco meses, y ha acudido a casi todas las sesiones, escuchando atentamente a los testigos y tomando notas en una libreta. Este lunes, mientras el expresidente catalán, de 95 años, regresaba a su casa en Barcelona, el hijo mayor se ha sentado al micrófono y ya no lo ha soltado durante tres horas. Con una soltura pasmosa, ha defendido la realidad y la legalidad del “asesoramiento” que prestó a distintas empresas; el éxito de sus negocios, ha dicho, se basaba en “pasar información privilegiada”.

El primogénito ha llegado más que preparado al momento cumbre de la declaración y ha podido sortear los intentos del fiscal anticorrupción, Fernando Bermejo, de cuestionar la realidad de los trabajos por los que cobró facturas millonarias. La tesis de la Fiscalía es que los pagos a Pujol Ferrusola, conocido como Júnior, fueron una tapadera para camuflar el pago de comisiones de empresas a la Generalitat a cambio de la adjudicación de obra pública bajo el Gobierno de Jordi Pujol. Pero la vida empresarial del hijo mayor es mucho más compleja, ya que incluye conexiones internacionales y sus tratos se extienden en el tiempo mucho después de que terminara la larga presidencia de su padre (1980-2003). El acusado ha explicado, de hecho, que se dedicó a hacer negocios por medio mundo para evitar roces con el sector público en Cataluña y que volvió la vista a España al filo del cambio de milenio, cuando, según ha dicho parafraseando a José María Aznar, “España iba bien”.

Con una verborrea difícil de contener, Pujol Ferrusola se ha presentado como un hombre de mil y una relaciones en la esfera económica, que ha buscado oportunidades de negocio hasta debajo de las piedras. No es un experto al uso y, sin embargo, prestó servicios a empresas de sectores tan dispares como la ingeniería, la construcción, las fotovoltaicas, las refinerías o el sector inmobiliario. El fiscal Bermejo se ha preguntado cómo es posible, y si no se requiere cierto “conocimiento de la materia”. La respuesta de Júnior ha sido lapidaria: “No”. Lo suyo no era “saber de kilovatios” (en alusión a un proyecto de electrificación en Gabón), sino poner en contacto a personas, proponer negocios, localizar oportunidades.

La investigación encontró las facturas por los servicios de intermediación, pero en muchos casos no los contratos. Pujol Ferrusola ha defendido que esto es así porque su trabajo “se basa en la confianza” y los contratos eran verbales. A través de distintas empresas, ejecutaba esos servicios y los cobraba a un precio elevado. El fiscal ha descendido uno a uno en esos negocios que le reportaron ingresos millonarios, tratando de introducir la variable de la corrupción política en la conversación. Ha sido en balde. El mayor de los siete hermanos ha respondido que la clave de su éxito es que conocía a mucha gente y, por tanto, era capaz de proporcionar “información privilegiada” a personas interesadas en determinados negocios: unas placas solares en Ciudad Real, una refinería en Cartagena o la compra de unas parcelas en un municipio que linda con Barcelona. “Siempre se basaba en pasar información que no era pública y que no sabía nadie más”.

De la declaración de Jordi Pujol Ferrusola queda el retrato de un hombre inmerso siempre en conversaciones, tratos y negocios, buscando oportunidades que a veces acababan bien y otras no tanto. El fiscal le ha reprochado que no haya aportado datos para interrogar a testigos que conocían esos negocios. “Cada vez que digo el nombre de alguien, esto es una trituradora y se destroza el nombre de todo el mundo. Son 15 años de trituradora”, se ha quejado en alusión a la larguísima instrucción del procedimiento, que comenzó en 2012, tuvo su punto culminante en 2014 (con el comunicado en el que el expresidente catalán confesó la existencia de una fortuna oculta en Andorra) y llevó al primogénito a pasar un tiempo en prisión provisional.

El hijo mayor se ha referido también a ese pecado original: las cuentas en Andorra. Frente a la Fiscalía, que sospecha que el origen de los fondos es la corrupción política, el acusado se ha mantenido firme en la tesis de la defensa: el dinero procede de un legado (deixa, en catalán), que el padre de Jordi Pujol dejó a los suyos por si las cosas iban mal dadas. “No confiaba en el país, no confiaba en las actividades políticas de mi padre, le daba miedo que la situación de España no estuviera suficientemente estabilizada”, ha dicho Pujol Ferrusola, a quien le fue encomendado hacerse cargo de la gestión de esos depósitos a partir de 1990. Los beneficios obtenidos con los rendimientos de ese capital eran después redistribuidos en las cuentas abiertas por los hermanos.

Jordi Pujol Ferrusola ha aludido también a su exmujer, Mercè Gironès, también acusada. Durante el juicio, su abogado ha intentado alejar a Gironès de los negocios del primogénito. Pero este ha insistido en que el “control” de una de las sociedades que compartían era “de los dos” y le ha atribuido toda la responsabilidad en una de las operaciones bajo sospecha: la compra de unas fincas en Palamós (Girona) por 217.000 euros por parte de su mujer, que luego fueron vendidas por una cifra muy superior (4,8 millones) a una empresa. Júnior se ha sentido tan cómodo que incluso que incluso se ha prometido bromear al final de la jornada, cuando ha manifestado que estaba cansado y ha pedido seguir el martes, como ha acordado el tribunal. “¡Me va a dar una paliza!“, ha dicho cuando Bermejo ha mostrado su intención de interrogarle sobre las cuentas. Se ha permitido una broma, incluso, cuando el presidente de la sala, Ricardo de Prada, ha preguntado si alguien iba a declarar en catalán o la traductora, que ha acudido este lunes para nada, podía evitarse el trance. ”¡Mañana, en catalán!“

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