Ir al contenido
_
_
_
_
REGULARIZACIÓN DE INMIGRANTES
Análisis

La valentía y el sentido de ir a contracorriente

La regularización masiva de migrantes en España es una excepción que desafía el espíritu de los tiempos marcado por los ultras en las democracias avanzadas

Inmigrantes hacen cola en el Ayuntamiento de Valencia, el pasado 5 de febrero, para conseguir documentación útil con vistas a la regularización impulsada por el Gobierno. Rober Solsona (Europa Press)

La regularización de inmigrantes que impulsa el Gobierno de España es un gesto político a contracorriente en el panorama global contemporáneo. El espíritu de los tiempos en las democracias avanzadas es un movimiento en otra dirección, una de repliegue identitario, de instintos de desconfianza, recelo, resentimiento hacia los extranjeros o hasta xenofobia. Las ultraderechas nacionalpopulistas cosechan éxitos o reveses, pero en cualquier caso han conseguido influenciar el marco político en materia migratoria. En ese marco, muchas derechas convencionales e incluso algunas fuerzas progresistas —como en Dinamarca— han virado hacia políticas migratorias de extrema dureza en las cuales resulta inconcebible una medida como una regularización masiva.

Por ese contexto, por su envergadura —se calcula que beneficiará a medio millón de personas—, por su amplitud conceptual —no concierne solo determinadas nacionalidades o sectores laborales— y por el modo en el que se defiende políticamente —con convicción y transparencia—, la regularización es un movimiento excepcional. Es valiente, porque desafía una sobradamente comprobada mecánica electoral, por la cual la dureza en materia migratoria, con su vinculación a aspectos identitarios y culturales, arraiga en un ámbito emocional difícil de combatir con argumentos racionales y produce resultados electorales contundentes. Nótese, de paso, que el opositor que ha conseguido derrotar a Orbán en Hungría es partidario de políticas migratorias muy parecidas a las del derrotado.

Pero, además de ser valiente, la medida tiene sentido.

En primer lugar, obviamente, porque muchas sociedades occidentales —y sin duda la española— sufren un declive demográfico y una evolución cultural por los cuales la inmigración es necesaria para mantener la vitalidad, el dinamismo, y para cubrir empleos que otros ya no desean y, a la vez, es moral y pragmático ofrecer derechos a quienes ya residen, trabajan, aportan, viven en una sociedad.

En segundo lugar, porque detrás del riesgo de desafiar la retórica dominante y ese coacervo emocional tan rentable políticamente en los últimos lustros se halla la oportunidad para Pedro Sánchez de consolidar su figura como bandera de la oposición a la cosmovisión trumpista. La medida se suma a otras como antítesis del trumpismo, desde el posicionamiento en los conflictos de Gaza e Irán hasta la negativa de comprometerse a gastar un 5% de PIB en Defensa.

Más sentido aún tiene si se consideran las características específicas de España, que presenta un mosaico migratorio y social en el que esa apuesta se hace más manejable que en otros sitios. Lo es porque una parte previsiblemente muy mayoritaria de los regularizados serán inmigrantes latinos, que comparten lengua y contexto cultural/religioso, dos factores que limitan mucho el potencial de desconfianza o animadversión con el cual juegan los ultras.

Pero hay otro motivo más por el cual la medida es valiente y tiene sentido: es el llamar a las cosas con su nombre y confiar en la madurez de los ciudadanos. En su celebrado discurso en Davos, Mark Carney citó el pasaje de Václav Havel que retrata al verdulero que, bajo el yugo soviético, sigue colgando en el escaparate de su tienda un cartel en el que ya no cree y que escenifica la adhesión al sistema. Havel decía que el sistema se sostenía gracias a esas adhesiones por comodidad. Él y Carney invitaron a dejar de colgar el cartel: a llamar las cosas por su nombre. Esto puede a veces derrumbar castillos sin cimientos. La regularización puede por supuesto ser criticada en su concepto y diseño, pero tiene la virtud de ser un acto que es un llamar a las cosas por su nombre, dejar de colgar un cartel que sostiene una idea en la que no se cree solo para evitar riesgo.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_