El Barrio Chino, al otro lado de Melilla, no siente la reapertura de la frontera

La pequeña villa marroquí, ubicada junto a la valla, vive entre la indiferencia y la calma total la normalización del paso a España

Farida, 42 años, en el huerto de su casa de Barrio Chino (Marruecos), al otro lado de la frontera de Melilla, este martes.
Farida, 42 años, en el huerto de su casa de Barrio Chino (Marruecos), al otro lado de la frontera de Melilla, este martes.Adriana Thomasa

En la villa marroquí de Barrio Chino, una pedanía a pie de la valla con España, la vida parece haberse detenido. Las calles no muestran al sol ni un ápice del trajín fronterizo que, este martes, era ya residual en Beni Enzar, a un par de kilómetros. “Aquí no queda nadie”, comentan en corrillo vecinos que se entretienen en la única cafetería abierta frente al paso de Buena Vecindad por donde hasta 2020 solo accedían residentes en Melilla y Nador y que no tiene visos de reabrir ni en el corto ni en el medio plazo. “Todo el mundo se ha ido a Melilla o a la Península”, protesta un taxista, “¿qué vamos a hacer aquí? ¿Qué trabajo hay?”.

En el lugar, que no llega al millar de habitantes, apenas han vuelto siete vecinos entre la medianoche del lunes y la tarde del martes. Según la Delegación del Gobierno, hasta las doce del mediodía de la primera jornada de puertas abiertas en Beni Enzar, han salido a Marruecos 994 peatones y 240 coches; mucho menos que en Fnideq (antigua Castillejos), adonde han cruzado 1.378 personas en 472 vehículos. En sentido contrario, las cifras son similares: 662 peatones han entrado a Melilla y 290 vehículos frente a las 567 y 228 coches en Ceuta. Más de dos años después, la reapertura de la frontera no se deja sentir más que en las incertidumbres que plantea la estrategia de fases y los nuevos requisitos de entrada y salida.

“Melilla y Barrio Chino no son nada sin la frontera”, comenta Rachid (nombre ficticio), regente del café a la entrada del pueblo fantasma. En el ambiente hay más preguntas que respuestas, mientras que entre los tornos y pasillos del paso internacional de Beni Ensar se ponen a prueba los nuevos requisitos. La exigencia a los vecinos de Melilla de sellar el pasaporte constituye el principal meollo. La espera se hace eterna y asfixiante pese al escaso flujo de personas. Fallan los sistemas informáticos y el personal parece insuficiente para aligerar el ritmo. Con apenas unas decenas de personas haciendo cola, el trámite puede llegar a durar entre 30 y 60 minutos.

Ali, pescadero de 38 años y vecino de Barrio Chino, se lleva las manos a la cabeza. Se dedica a la venta ambulante de pescado que llega en los barcos que faenan frente a Nador y Beni Enzar. “Ahora no está saliendo nada a Melilla”, protesta con los cubos llenos de sardinas. Antes él mismo cruzaba para vender en la ciudad autónoma. El cerrojazo al tránsito fronterizo hizo que él, su mujer y sus dos niños intentasen hace tres meses trepar la valla con una escalera para colarse. “¿Qué iba a hacer?”, se justifica, “ellos nacieron todos en Melilla, tienen derecho a arreglar los papeles”.

Farida, empleada de hogar de 43 años, ahora desempleada, desaprueba con la cabeza. “Es una pena, es que aquí no hay nada”, alega, “la gente no compra porque no tiene dinero, porque no tiene trabajo”. Con dos hijos de diez y cinco años, se mantienen con el dinero que aún le envía su empleador desde Melilla, después de que le haya caducado el permiso de trabajo y haya causado baja en la Seguridad Social. No tiene ni idea de cómo empezar a tramitar el visado que se exigirá a los transfronterizos para poder cruzar solo a la ciudad autónoma a partir del día 31. Mientras, su marido va enlazando trabajos que el Estado marroquí, asegura, está facilitando a desempleados. Tofik cobra unos ocho euros al día por salir de casa de madrugada para desbrozar parte del monte Gurugú, que corona el paisaje del barrio. “Trabaja una semana sí y un mes y medio, no”, aclara Farida. “Así no se puede, por eso toda la juventud se ha ido”, se lamenta.

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