Vertedero de Zaldibar

La pena de llevar flores a un vertedero

Txisko Beltrán, el hermano de uno de los trabajadores sepultados en Zaldibar siempre presintió que no se encontrarían sus restos. Las labores de búsqueda han finalizado sin éxito

Un momento de la búsqueda, en agosto de 2020, de los trabajadores sepultados en el vertedero de Zaldibar.
Un momento de la búsqueda, en agosto de 2020, de los trabajadores sepultados en el vertedero de Zaldibar.Javier Zorrilla / EFE

Hay cosas que no se le pueden decir a una madre. Aunque uno tenga la certeza de que ese presentimiento que te rompe el sueño cada noche terminará antes o después haciéndose realidad.

—Yo no le puedo decir a mi madre que tendrá que llevarle flores a Joaquín a un vertedero, ¿cómo voy a decirle que un vertedero será el cementerio de su hijo?

Es la tarde del 10 de junio de 2020. Han pasado cuatro meses y cuatro días desde que el vertedero de Zaldibar, una montaña de residuos del volumen de cuatro campos de fútbol, se precipitara sobre la autopista A-8, justo en el límite entre Gipuzkoa y Bizkaia. Según el Gobierno vasco, una decena de excavadoras sigue buscando sin parar, bajo la supervisión de la Ertzaintza, los cuerpos de Joaquín Beltrán, de 51 años, y Alberto Sololuze, de 62. Pero Txisko, hermano de Joaquín, no las tiene todas consigo.

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De pie sobre una colina situada justo enfrente del vertedero, asegura que ni son tantas las excavadoras ni la búsqueda se está llevando como Dios manda. “Cada vez que vienen los medios o las autoridades”, denuncia, “ponen las máquinas a trabajar, y al día siguiente, fuera. Se lo dije al lehendakari: ‘a mí no me vais a engañar’. Se lo dije a la cara y se mosqueó. Ya ni me dejan acercarme por el vertedero. De vez en cuando vengo aquí, miro desde lejos el ritmo de los trabajos y pienso que ojalá los encuentren. Pero el presentimiento sigue ahí. Todas las noches”.

Solo unos días antes del encuentro con Txisko, el Gobierno vasco había aceptado que un reportero y un fotógrafo de El País Semanal entraran en el vertedero. Elena Moreno, la entonces viceconsejera de Medio Ambiente, y otros cargos políticos y técnicos del Gobierno vasco estaban reunidos en una caseta de obra a la entrada de las instalaciones. Ya se habían puesto los equipos de protección y habían desplegado sobre una mesa un gran plano del vertedero. El ambiente que se respiraba era de una cierta esperanza, pese a la magnitud de la empresa que tenían por delante.

—Se han delimitado unas zonas de búsqueda prioritarias donde creemos que puedan estar los desaparecidos —explicaba la viceconsejera—. En esas zonas se trabaja muy lentamente, con un rastrillo dotado de cámaras. Todo se graba y se supervisa en directo por la Ertzaintza. Si aparece cualquier resto extraño, se paran las máquinas y los policías hacen la inspección ocular. Luego entran los perros de rescate y solo cuando el indicio es negativo se continúa con el rastrillado.

Desde lo alto del vertedero, la empresa parecía imposible, pero dos meses y medio después aparecieron restos de Alberto Sololuze. Pero aquel resquicio de esperanza se acaba de apagar. El mal presagio de Txisko se ha cumplido: llegó el día en que el Gobierno vasco dejaría de buscar a Joaquín. Solo le queda el consuelo de que allá abajo descansa un héroe:

—Fue el primero en darse cuenta del derrumbe, y corrió y gritó para avisarnos. Mi hermano murió para salvarnos a todos.

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