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Del partido de masas al partido de mesa (camilla)

Entre el asamblearismo permanente y la asunción de todo el poder por el líder sin limitación alguna existe un enorme margen para la innovación política

La portavoz parlamentaria de Ciudadanos, Inés Arrimadas, este domingo en Madrid.
La portavoz parlamentaria de Ciudadanos, Inés Arrimadas, este domingo en Madrid. EFE

La evolución reciente del modelo de partido suele explicarse, a grandes rasgos, entre el partido de masas que surgió para sustituir al de cuadros con la extensión del sufragio, y su posterior conversión en partido “atrápalo todo” convertido en una potente maquinaria electoral. Hoy, fruto de la velocidad de la política, de eso que Manin llama la “democracia de audiencia” donde el líder establece la relación con el electorado directamente a través de las pantallas, o de ambas cosas a la vez, y quién sabe si de más factores, los partidos se han convertido en organizaciones alrededor de un líder.

Tras la indignación que estalló en las plazas en el 2011 nuevas formaciones se erigieron en sujetos de la “nueva política”. Transparencia y participación en la toma de decisiones, primarias para elegir a los líderes, y mejores mecanismos de democracia interna, -como reflejaban varios rankings- , era lo que más les diferenciaba de los partidos tradicionales. Estos, a su vez, fueron incorporando algunos elementos como las primarias, más o menos edulcoradas, o nuevos canales de comunicación con sus públicos, intentando no quedarse al margen de lo nuevo que había en los nuevos.

Tras casi una década de funcionamiento y un ritmo frenético de convocatorias electorales, hoy unos y otros partidos presentan semejantes cotas de concentración de poder en torno a un líder nacional, la toma de decisiones se produce en un ámbito cada vez más reducido, y se puede decir que la pluralidad interna prácticamente ha desaparecido.

Existen numerosos ejemplos de cómo en las formaciones de ámbito estatal “manda Madrid” y esas direcciones nacionales, son, además, espacios cada vez más reducidos en torno a un líder que acumula cargos públicos y orgánicos. Empieza a cundir la queja de militantes socialistas sobre la concentración del poder en Moncloa en detrimento del partido, podemitas críticos han acuñado la expresión “círculo de Galapagar” para referirse al pequeño núcleo de confianza de Iglesias y Montero, Arrimadas se ha rodeado de fieles para gestionar la transición que le toca hacer a Ciudadanos, y en el Partido Popular Casado toma las decisiones en un estricto círculo de opacidad.

Fruto de lo anterior, los partidos son cada vez más monolíticos. La legitimidad que da la elección por parte de los militantes ha hecho más fácil la expulsión o marginación por diferentes medios de opciones críticas, lo que ha acabado formando organizaciones extremadamente homogéneas, al menos aparentemente.

Hace ya un siglo que Michels formuló su conocida “ley de las oligarquías” en la que explica cómo los partidos acaban siempre gobernados por una élite. Sin embargo, en la sociedad red actual, esto puede ser disfuncional. Entre el asamblearismo permanente o el pobrismo injustificado de la limitación salarial, y la asunción de todo el poder por el líder sin limitación alguna, existe un enorme margen para la innovación política. Ni los nuevos ni los viejos partidos deberían renunciar a intentarlo.

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