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Hay hombres que solo quieren ver arder el mundo

El mal, según la visión del Joker, tiene su origen en una serie de agresiones sufridas

Un hombre, caracterizado como el Joker, durante las protestas de Hong Kong.
Un hombre, caracterizado como el Joker, durante las protestas de Hong Kong. AP

Todos podemos ser Joker, dicen quienes ven en él a la víctima de un régimen injusto que se ve abocada inexorablemente a convertirse en verdugo. Además de banalizar el proceso de victimización lo elevan a experiencia universal. Por otra parte, nada nuevo en estos tiempos de inflación emotiva. Como hipótesis ontológica del mal resulta simple, como identificación de éste con la enfermedad mental, resulta intolerable. Más cuanto disfraza de comprensión empática la expresión de un prejuicio confirmatorio de una discriminación. “La peor parte de tener una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieras”, escribe Joker en un ejercicio de autoficción acorde con nuestro tiempo. Esta visión presume que las personas que tienen una enfermedad mental se comportan de un modo violento y unívoco reduciéndolas a puro estereotipo, deshumanizándolas. Se imaginan por un momento que, en lugar de un enfermo mental, hablaran de un negro o de un gay. Hagan la prueba. ¿Qué comportamiento ha de anticiparse de ellos en cuanto tales? ¿Acaso son todos iguales? Se toma la parte por el todo y éste se reduce a aquella. Qué distinto a aquel profético Panero: “No conozco otra revolución más urgente que la Revolución de la Ternura”.

Pero volviendo a la ontología del mal expuesta en Joker. El mal tiene su origen en una serie de agresiones sufridas que son causa suficiente, en un ejercicio de determinismo social. Un destino escrito a la luz del cual la violencia es consecuencia necesaria, y así se hace comprensible y después justificable. Confieso que me gusta más la genealogía del Joker que hace Nolan: hay hombres que solo quieren ver arder el mundo. Puede atribuirse ese disfrute con el dolor ajeno a experiencias muy tempranas de impotencia absoluta y sometimiento extremo que devienen obligatoriamente, dicen algunos, en posterior identificación con el agresor. Quien ha sufrido un poder abusivo, sostienen los mismos, encuentra un único modo de compensación en ejercerlo de idéntica forma. No me atrevería a negar esta posibilidad, aunque hay demasiado sesgo retrospectivo y negacionismo de la responsabilidad individual y colectiva en esta mirada adolescente de la historia y sus tiranos. He conocido a muchas personas que experimentaron trágicas negligencias en la infancia y construyeron destinos muy diferentes. Y al contrario, en nuestra época no son pocas las que reivindican un futuro que haga justicia a pasados traumáticos fabulados, mentidos o delirados. Y ese es un agravio para las víctimas auténticas y su dignidad, su condena a un victimismo alienante, indefinido y capitalizable. Es la negación de la posibilidad de reparación en un mundo de resentimiento e ira sin esperanza.

Soy testigo de muchos renacimientos y reconquistas de la libertad interior. He tenido el privilegio de asistir profesionalmente a los momentos de la verdad de muchas vidas, esos en los que aun siendo consciente de que no siempre querer es poder, se sortea la tentación del autoengaño que conduce a la destrucción, y se apuesta por la responsabilidad con la propia vida. Joker llega a esa encrucijada y la transita en falso, convirtiéndose en el emergente de una masa fascinada por la seducción de ver el mundo arder con todas sus frustraciones. Son demasiados hoy los seducidos de todo signo por esa fantasía tanática y fanática que pretende abolir de uno u otro modo el marco de convivencia que entre todos hemos construido. Experimentan un disfrute ciego ejerciendo diferentes formas de victimismo populista y nacionalista compitiendo, sobre las que creen tener el control, y con él, conseguirán tener el poder. No saben que se trata de un poder fallido que puede morir matando simbólica o literalmente, de una victoria pírrica que como tal no hace honor a su nombre. Creerán dejar atrás sus fracasos destruyendo el viejo orden, lo llaman el régimen de 1978, pero son la viva expresión del miedo a la libertad que añora otro orden que los libre de su responsabilidad, con el advenimiento de algún libertador.

Es difícil persuadirles a todos ellos de la propuesta freudiana de que es grande la ganancia si conseguimos transformar la miseria histérica en infortunio ordinario. Entre otras cosas porque en un mundo de victimismo sistémico la fatiga de la compasión termina sin poder diferenciar a víctimas de agresores y es campo abonado para la irrupción masiva de estos últimos, que además no serán más que víctimas según la tesis determinista expuesta. Estamos gestando el huevo de la serpiente y no podemos saber cuándo será ya tarde. Todos creen irracionalmente que alguien detendrá el choque de trenes, aunque ya hayamos visto cruzar más de un Rubicón, y se anuncien otros. Aún estamos a tiempo. No se trata de renunciar a la memoria de los agravios reales o imaginados. Somos la memoria que tenemos, pero también la responsabilidad que asumimos, como decía Saramago. Sin la memoria no existimos, sin la responsabilidad quizá no merezcamos existir.

Mercedes Navío Acosta es psiquiatra.

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