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Voxfobia

Hay en España una generación de dirigentes liberales que quiere mandar en las instituciones no solo sin saber con qué apoyos, sino ofendiéndose si se lo dicen

Macarena Olona, Santiago Abascal y Javier Ortega Smith en el Congreso.
Macarena Olona, Santiago Abascal y Javier Ortega Smith en el Congreso.

Tiene razón Santiago Abascal cuando denuncia que los partidos de la derecha están marginando a Vox, más allá del peliculero uso que Abascal hace de la palabra apartheid, si bien es conocida la tentación española de equiparar sus problemitas domésticos a los grandes dramas de la humanidad. Tiene también razón Santiago Abascal cuando les hace ver a sus colegas Pablo Casado y Albert Rivera, sobre todo a este último, que en todos los lugares en los que quieren gobernar necesitan a Vox, y fingir que no existe no arregla el problema sino que lo agrava política y moralmente.

Tiene, en fin, razón Santiago Abascal, y no descarto escribir un ensayo con ese título, cuando sospecha que el papel de su partido es el de monstruo necesario, alguien con quien verse y pactar en secreto para ser negado en público entre grandes aspavientos de decencia, especialmente Rivera, que no quiere saber nada de la extrema derecha salvo sus votos, o sea todo; especialmente Villacís, que debe de pensar que es vicealcaldesa de Madrid por obra y gracia de una concienciada dirigente del Partido Demócrata de Estados Unidos, no de Javier Ortega Smith; especialmente todos aquellos dignísimos dirigentes liberales que quieren mandar no solo sin saber con qué apoyos, sino ofendiéndose si se lo dicen.

Tiene, por tanto, razón Abascal en decir que Vox puede renunciar al poder y hasta dejarse engañar como en Madrid, donde un pacto “discreto” les prometía concejalías que no les dieron (tiene gracia que Abascal, defraudado por el PP, se marchase para montar otro partido con el que seguir siendo defraudado por el PP, esta vez a lo grande). Y más razón tiene —Abascal, quién si no— cuando anuncia que lo que Vox quiere de PP y Ciudadanos es visibilidad para aquellos que no son mayoría ni hegemónicos, que son diversos, esos que a ojos de los demás se perciban diferentes sin serlo. Frente a sus demócratas socios, Vox siente que sus derechos no son todavía reconocidos.

De ahí que Abascal denuncie en la derecha algo parecido a la Voxfobia (he buscado el término tras escribirlo y hay un uso no irónico de él, vaya sorpresa), que no responde exactamente a las fobias conocidas sino a algo más hiriente: el odio hipócrita, el rechazo a lo que necesitas contigo. Podría decirse que Vox necesita también su propio desfile de Orgullo si no fuera porque ya lo tuvo en Colón, incluida la foto que no para de querer repetir Abascal para que los votantes que le interesan sepan que sus ideas son homologables públicamente y están legitimadas tanto por Casado, que las legitimó desde el primer día, como por Rivera, que las legitima cuando al conocer los resultados electorales da por hecho que los del “ya hemos pasao” son los suyos. Porque si no lo fuesen, no habría pasao ni Dios.

La izquierda española, que en 48 horas puede ponerse de acuerdo en tumbar un Gobierno y ser incapaz en tres meses de construir otro, visibiliza Vox todos los días. Por eso tiene razón Abascal, cómo no la va a tener, en pretender de los suyos el mismo caso que le hace el adversario. Si los han votado dos millones y medio de españoles ha sido, entre otras razones, porque Ciudadanos y PP le dijeron a su electorado que la línea roja estaba a su izquierda, ni mucho menos a su derecha, donde no se podía decir la palabra “extrema”. ¿Por qué actuar ahora como si lo fueran? Lo único que está pidiendo Vox, con más razón que un santo, es poder legalizar su matrimonio con PP y Cs. Que se llame matrimonio a lo que efectivamente es. Que apechuguen.

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