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La importancia de Europa

El verdadero potencial del continente solo podrá realizarse si todos buscan soluciones buenas más allá de sus fronteras

Banderas de Europa frente al edificio del Consejo.
Banderas de Europa frente al edificio del Consejo. AFP

Los europeos vivimos un momento en que debemos preguntarnos individual y colectivamente qué futuro prevemos para el continente. No es una tarea fácil: el entusiasmo de años anteriores se ha desvanecido, reemplazado por el nerviosismo en relación con el futuro, y todo el mundo siente que estamos en un tiempo de transición. Esto es así en el ámbito local, regional, nacional, europeo y global.

La pregunta que hay que responder ahora es si en este momento de transición global la UE —y una mayor conexión dentro de Europa— enriquece nuestras vidas personales, nos hace mejores personas y nos fortalece como comunidad, y en caso afirmativo, cómo lo hace.

En términos prácticos, la UE tiene mucho para ofrecer a sus ciudadanos. Por desgracia, beneficios fundamentales como el mercado único y la moneda única, que sin duda hacen más fácil la vida de muchos europeos, se dan por sentados o resultan demasiado abstractos.

En ese sentido, el debate sobre el Brexit tuvo un efecto importante: hizo evidente de modo muy concreto para los ciudadanos de la UE cómo todos nos beneficiamos del libre flujo de bienes, personas e ideas. Nos recordó que el mercado único es el motor que garantiza que nuestros comercios estén bien surtidos y que podamos conseguir medicamentos rápidamente, que la variedad de productos extranjeros en oferta sea mayor y más asequible, y que sea fácil viajar de vacaciones a otros países. En resumen, para consumidores y ciudadanos, los mecanismos clave de la UE se traducen en tener a disposición muchas opciones y pocos dolores de cabeza administrativos.

Las empresas también cumplen un papel importante. En tanto beneficiarias de la integración y la globalización europeas, tienen interés directo en su éxito prolongado. Que las reglas de juego sean las mismas para todos es un ingrediente clave en esa ecuación, y garantizar salarios justos, un ejemplo específico de cómo trabajar en ese sentido. Además, Europa debe desarrollar su espíritu de “poder hacer”, centrándose en lo que sus ciudadanos perciben a diario como problemas: vivienda y transporte público al alcance de todos, mejor atención a los niños, capacitación laboral para las generaciones jóvenes, formación continua y jubilaciones financieramente sólidas.

El dilema que enfrentamos es que a estos temas se los considera en su mayoría cuestiones de “política interna”. Hoy no es posible solucionarlos en Bruselas, por el sencillo motivo de que aún están fuera del ámbito legislativo y reglamentario de la UE. Pero a largo plazo deberíamos apuntar a unos “Estados Unidos de Europa” con un Gobierno de la UE legitimado, por ejemplo mediante un sistema impositivo y social central. Esa es mi visión para Europa en 25 a 50 años. Y hoy, ¿qué se puede hacer? Ocurre que el mejor lugar donde encontrar ideas políticas nuevas puede ser otro país europeo. Haríamos muy bien en comprometernos a aprender a través de las fronteras. La adopción de las mejores prácticas de otros países representa una “frontera” interna de Europa que se aprovecha muy poco.

Los austriacos, por ejemplo, encontraron una forma inteligente de garantizar que se construyan suficientes viviendas nuevas en su capital. Los suecos han logrado implementar un impuesto al CO2 de nivel nacional. Los estonios tienen mucho que enseñar sobre lo fácil que resulta el gobierno electrónico. Varios países podrían inspirarse en el sistema alemán de enseñanza de oficios. Y los holandeses han dado a su sistema de pensiones un fundamento que lo hace justo y sostenible. Por supuesto, adaptar cualquiera de estas soluciones no se limita a apretar un botón. La UE debería promover todo lo posible las relaciones que redunden en la resolución de problemas. Aprovechar esta reserva de ideas en gran parte inexplorada y activar este tipo de inteligencia social a través de las fronteras nacionales permitirá también disolver mucho de la presunta abstracción del proyecto europeo.

Para que este esfuerzo tenga éxito, todos nosotros, tanto ciudadanos como políticos, deberíamos estar mucho más dispuestos a mantener la disposición que tenemos al viajar en plan turístico a otras naciones de Europa: miramos con curiosidad los otros países y nos fascinan ciertos aspectos de su forma de vida, de modo que nos encontramos pensando en trasladar algunos a nuestras propias rutinas. No deberíamos limitar ese tipo de agilidad a los periodos de vacaciones.

Es un cliché decir que Europa es mayor que la suma de sus partes. Pero resulta sumamente claro que el verdadero potencial del continente solo podrá realizarse una vez que los países, las regiones, las ciudades y las personas de toda la UE se comprometan activamente en la búsqueda de soluciones que hayan resultado buenas más allá de sus propias fronteras. Esa es la dimensión necesaria de la UE. Y estoy convencido de que será un gran primer paso hacia unos Estados Unidos de Europa.

Frank Appel es director general del Deutsche Post Group DHL.

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