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El hombre debe vestirse más

Entre ponerse peluca de rey absoluto, parecer un portero y llevar barba de emprendedor, ¿qué hago?

moda hombre
El millonario parisino Charles de Beistegui desafiantemente disfrazado de Luis XIV. Él sí que sabía... Getty

Un amigo mío tenía un tío muy viajado al que siempre recurría para responder dudas, digamos, mundanas. Una vez tenía una cena y le preguntó qué ponerse. Él lo miró incrédulo, tomó aire y le gritó: “¡¡TODO!! ¡Vístete como si hubiera fuego en casa!”. El tío de mi amigo ya no vive y es una pena, porque pertenecía a esa minoría de hombres enemigos de la ropa como herramienta para no destacar. Una noble estirpe que cuenta con poquísimos miembros, y todavía menos si excluimos a los futbolistas (que también son bastante valientes en términos de moda, aunque dudo que el tío de mi amigo quisiera verse asociado con ellos).

Lo que quiero decir es que ya no nos vestimos. Ni para ir a fiestas ni para ir al trabajo. “La ropa informal implica autosuficiencia. Nadie quiere que parezca que viste como para visitar clientes”, leí hace poco en una publicación de moda bastante sesuda. En esta era de falsos autónomos y emprendedores exbanqueros, el traje va camino de desaparecer. “Los ejecutivos llevan barba y van sin corbata. Ir de traje hoy es casi llevar look de subalterno. Es como: ‘¿Eres el portero?”, seguía mi revista. Suena a parodia, ya, pero cuanto menos nos vestimos y cuanto más el vaquero pitillo se convierte en el equivalente al traje gris de antaño, menos memorables estéticamente nos volvemos.

Mi amigo le preguntó a su tío qué ponerse y él le gritó: “¡¡TODO!! Vístete como si hubiera fuego en casa”

Paco Rabanne diseñó un vestido hecho de discos de nácar para una mujer que lo estrenó para ir a un concierto de Mozart, pero llegó tarde y la música tuvo que parar porque el vestido sonaba como un sonajero. Eso sí que es memorable: solo con esa entrada la señora amortizó el traje. Otra mujer, Nan Kempner, pasó a la historia solo por llegar a un restaurante: iba de esmoquin y, cuando le dijeron que no se permitía el paso a mujeres en pantalón, se lo quitó, se dejó solo la chaqueta y fue a su mesa en bragas. Supongo que a María Antonieta, esa mujer aquejada de una gravísima, superlativa adicción al lujo, le solía pasar: paró la música tantas veces que al final le cortaron la cabeza (Sotheby’s acaba de subastar uno de sus caprichines, una espectacular perla, por 32 millones).

Me pregunto cómo puede conseguir un hombre hacer una entrada. Beau Brummell, el famoso dandi, decía que “hay que llegar tarde, causar impresión y marcharse”. Pero eso es harto difícil para alguien de mi generación (nací en 1980), que durante sus años de formación fue educado en la idea de que los trajes eran una abominación y después se expuso a una serie de diseñadores que decían que lo más de lo más era vestir normal, pero caro. Pienso qué harían hoy hombres como Charles de Beistegui (París, 1895- 1970), el millonario que se pasó el siglo XX dando grandes fiestas solo para poder vestirse de Rey Sol. O el tío de mi amigo. Él también debía ser memorable. “Si no le gustaba alguien lo señalaba con el dedo y le decía: ‘Turn to shit!”, me cuenta su sobrino. “Era despiadado, pero tan divinamente despiadado que preferíamos hacer el ridículo ante los demás y quedar bien con él. El día de la cena era mitad de la primavera y hasta me puse abrigo”.

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