Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

“Tía, ¿no entras?”

La manera de intimidar que tenía Tony Soprano era pidiendo por favor las cosas

la manada
El actor James Gandolfini,Tony Soprano, en la sexta temporada de 'Los Soprano'. Foto de Promoción

Hay algo aún más peligroso que creer que la opinión pública siempre tiene razón: creer que no la tiene nunca. Lo pienso cuando leo una oportuna frase del Tribunal Supremo a propósito del crimen de Fago: “El discurso judicial nunca puede ser vicario de la voluble y evanescente opinión pública. Con frecuencia se ha de remar a contracorriente”.

Esta gran frase, que rescata en su voto particular el juez de La Manada, puede aplicarse a muchos discursos más allá del judicial, y además encierra una bonita paradoja: uno es tan independiente cuando descubre que rema en contra y decide seguir adelante como cuando, con su independencia de criterio, descubre que los demás han llegado a la misma conclusión y, sin embargo, decide seguir remando con ellos, sean quienes sean. Se cree, pese a todo, que hacer seguidismo de la opinión pública es un error diferente que el de contrariarla por defecto, como si la mera oposición tuviese más prestigio intelectual. Y así tenemos cada día voces “en el desierto” o “a contracorriente”, “necesarias” y, en muchas ocasiones, “políticamente incorrectas”, fáciles de detectar porque nunca van con el rebaño y casi nunca contra el pastor.

Por eso, al contrario de lo que ocurre en otros ámbitos, es necesaria la independencia judicial: para que los jueces puedan sentenciar sin necesidad de agradar a nadie o con obligación de agradar a todo el mundo, sin que un ministro Sálvame pulule alrededor. Y por eso la justicia, incluido el voto particular, sigue funcionando esta semana de forma independiente a la fe de millones de personas; de forma tan independiente que, por el camino de las pruebas y los testimonios, les ha dado la razón a los creyentes: la creyeron, hermana, y condenaron a los acusados a nueve años de cárcel, pero en lugar de agresión sexual han dicho que es abuso porque hay una reforma del Código Penal pendiente no para aumentar las penas, sino para adecuar las épocas. Los hechos probados describen lo que es una agresión sexual en la calle y un abuso, según los jueces, en el Código, y el prevalimiento obvia la manera de intimidar que tenía Tony Soprano, que es pidiendo por favor las cosas.

Por lo demás, en la sentencia —recurrida por todos y hasta por el pueblo, a través de su principal vehículo judicial: Change— hay una escena desgraciadamente reveladora. Cuando una vecina de la calle Paulino Caballero abrió el portal de su edificio, un brazo enorme voló encima de ella y sujetó la puerta. Se extrañó, porque no había visto a nadie al llegar, y le preguntó al dueño de ese brazo, José Ángel Prenda, si iba a entrar en el edificio. Prenda contestó que sí, la esquivó para meterse dentro sin dejar de aguantar la puerta, y la apremió.

—Tía, ¿no entras?

—Vete a tomar por culo, yo contigo no entro, respondió la chica.

Esperó a que Prenda cogiese un ascensor, se fijó en qué piso paraba, y cuando vio que era el segundo, ella se plantó en su casa, en el tercero. En apenas unos segundos se prueba qué clase de miedo puede sentir una mujer regresando sola a casa de madrugada para preferir no entrar en su propio portal con alguien y vigilar, luego, el piso al que va. Y minutos después, cuando Prenda baja al portal ya despejado para abrírselo a sus amigos y a una chica que acababan de conocer, se prueba qué le puede pasar a una mujer que no siente ese miedo.

Puedes seguir EL PAÍS Opinión en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.

Más información