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Nacidos para mandar

Parece que ya no existen mecanismos para poder seguir mandando en la sociedad

George Bush y su esposa Barbara con su hijo menor, Jeb Bush.
George Bush y su esposa Barbara con su hijo menor, Jeb Bush. REUTERS

Los ejemplos de Manuel Valls en Francia y de Jeb Bush en Estados Unidos, son lo suficientemente ilustrativos como para darse cuenta de que estamos asistiendo a una revolución en la percepción social a la hora de elegir a nuestros candidatos. Una y otra vez nos encontramos con que gente nacida para mandar y con todo a su favor se estrella sin cesar a la hora de conquistar el poder.

Naturalmente, el fenómeno de Donald Trump era imprevisible. Pero recuerden a Jeb Bush, seguramente el más brillante de los hijos de Bush. Era a él, a quien tanto la recientemente fallecida Barbara como su padre, George H. W., veían desde su infancia sentado también en la Casa Blanca, pero fue desplazado por su hermano George Walker, esa figura difícil de entender, pero que ganó de manera rotunda en las dos carreras electorales que lo llevaron primero a ser gobernador de Texas y, después, presidente de Estados Unidos. No era el elegido, no había nacido para mandar y, sin embargo, lo hizo. Otra cosa, naturalmente, es el resultado de sus mandatos.

En Francia, Valls es un hombre que, desde pequeño, siguió toda la carrera —como tantos otros— para llegar a ser presidente de la República. Fue primer ministro de François Hollande, era el candidato natural a sucederle, en una época en la que parecía que el partido socialista seguiría conquistando el Elíseo.

Tuvo un papel decisivo en que se eligiera a Emmanuel Macron como ministro de Economía y como parte de su Gobierno. Y fue, finalmente, uno de los elementos clave que Macron desplazó para terminar también con la hegemonía del Partido Socialista y de la derecha, para crear un nuevo partido y una nueva realidad, que es la que ha hecho sentarse al actual presidente francés donde está.

Siguiendo ese ejemplo, otro que, si no lleva cuidado, puede acabar fácilmente como los dos anteriores es José Antonio Meade. El candidato del Partido Revolucionario Institucional —que durante tantos años ha gobernado México— es, en teoría, el hombre mejor preparado de todos los que compiten en las elecciones presidenciales. Y en ese sentido, no importa que Bush perdiera a manos de un accidente histórico como es Trump, ni que Valls perdiera ante un fenómeno de la política moderna como Macron. La diferencia es que Meade puede llegar a perder ante el sempiterno y permanente aspirante a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, o frente al joven expresidente del Partido Acción Nacional, Ricardo Anaya.

Entender más allá de las viejas siglas y las percepciones de la organización social, la diferencia entre el origen, la preparación y la permanencia. Que no es que se convierta en el problema, pero si te equivocas en el lenguaje político, puede hacer fácilmente que pagues por toda la representación histórica que recae sobre ti. No solamente son tiempos nuevos, ni tiempos en los que las sociedades piden más, y no sé si piden mejor, en su actual representación. Son tiempos en los que hay que combinar una capacidad y suerte electoral concreta con la habilidad de parecer que uno es tan nuevo como la era que estamos viviendo.

Hablar de ideologías resulta completamente innecesario en la época que atravesamos. No son las derechas o las izquierdas, los más conservadores, los menos populistas —o a la inversa—, los que definen hasta el momento, en las últimas jornadas, los comportamientos electorales de los pueblos. Son más bien otros factores que tienen que ver con la capacidad de la comunicación y con qué percepción se transmite al electorado para que uno sea elegido con independencia de quien lo presenta. El rechazo general a los partidos se ha convertido ya en una asignatura obligada porque nos lleva a la necesidad de saber cómo nos organizaremos a partir de ahora. Si los partidos son sospechosos —al menos los históricos— y son rechazados, siendo parte esencial de la democracia, hay que preguntarse es: ¿cómo nos presentaremos y organizaremos a partir de este momento?

No podemos apuntarnos, como si todo fuera un chat de WhatsApp o de Instagram. Necesitamos una mínima organización social. El problema es cuando las denominaciones organización y social se convierten en términos sospechosos, rechazados por los pueblos que se tienen que ver representados por ellas.

Y el problema está en que ya no solo es que no nazcan para mandar, sino que más bien parece que ya no existen mecanismos para poder seguir mandando en la sociedad.

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