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El secreto de mi éxito

Lo que pasa cuando te mandan a una comida de trabajo y no tienes el más mínimo sentido de las relaciones públicas

De todos los protagonistas de la genial ‘Diner’ (1982), el autor de esta columna siempre se ha sentido identificado con el de Steve Guttenberg (de pie, primero por la derecha). Así le ha ido. Ah, ¿que no has visto la película? Pues ya estás tardando...
De todos los protagonistas de la genial ‘Diner’ (1982), el autor de esta columna siempre se ha sentido identificado con el de Steve Guttenberg (de pie, primero por la derecha). Así le ha ido. Ah, ¿que no has visto la película? Pues ya estás tardando... Mary Evans / Picture Library

Soy de aquellas personas que lo pasan mal en mesas de más de seis personas. Jamás sé con quién tengo que hablar; cuánto rato debo dedicarle a la conversación con el de la derecha sin que se enfade el de la izquierda; en qué momento debo dar un tema por zanjado; qué es educado preguntar; qué esta feo querer saber, ni cuantos monosílabos seguidos significan penalti y expulsión.

Lo peor, eso sí, es cuando te quedas sin nadie con quien hablar y alguien siente que debe venir a rescatarte. En estos casos lo que sucede se asemeja bastante a las dos invasiones estadounidenses de Irak: te traen una libertad y una democracia que no habías pedido y, además, te dejan el país como un solar. Lo único que sé es que cada vez que pasa el camarero hay que pedirle que rellene la copa. También sé que es muy complicado escribir frases como esta del camarero sin parecer un imbécil.

Hace unas semanas me mandaron a una comida de prensa con el fin de complacer a un señor muy importante. “¿No puede ir otro?”, pregunté como tantas otras veces. En fin, que llegué allí habiendo trabajado en paralelo dos líneas de conversación: una frívola pero con cierto empaque y otra profesional pero no farragosa. Entré en el local, vi el percal y salí a fumar un cigarrillo, que es como toma aire este mamífero.

Soy de aquellas personas que lo pasan mal en mesas de más de seis personas. Jamás sé con quién tengo que hablar; cuánto rato debo dedicarle a la conversación con el de la derecha sin que se enfade el de la izquierda; en qué momento debo dar un tema por zanjado; qué es educado preguntar

Volví a entrar. Me preguntaron quién era y de dónde venía. Me satisface responder preguntas de las que estoy casi seguro de la respuesta. Me guiaron a una mesa. Debía haber como 20 plazas. Siete u ocho ya habían cogido sitio y departían entre ellos amigablemente. Había sillas libres entre dos humanos, otras rodeadas de otras sillas libres y, al fondo, una chica sola rodeada de puestos vírgenes. Me estresé.

Demasiadas posibilidades. Maldito capitalismo. Entonces llegó una amiga, me saludó y se sentó. A su lado había un puesto libre. Me llamó: “Siéntate aquí”. Hablamos un rato no recuerdo de qué, pero era agradable, hasta que ella fue secuestrada por el señor que tenía a su izquierda, lo que me dejó a merced de una señora que gustaba de hacerme preguntas que ella misma respondía. Como le sucede siempre a este tipo de personas, se cansó de mí muy rápido.

Esto, que pensaba que me iba a dejar a mi merced, lo que hizo fue integrarme en la conversación de aquel sector de la mesa. Todos hablaban de lugares comunes, utilizando frases que ya habían dicho mil veces y vertiendo opiniones que creían definitivas. No abrí la boca, pero me lo pasé de fábula imaginando una respuesta zafia a cada una de sus intervenciones. Me sentía como Jim Carrey en Mentiroso compulsivo, cuando debe dejar de mentir y eso provoca que cada vez que abre la boca diga algo maravillosamente ofensivo. Como no tengo tanta personalidad, mi única frase durante ese episodio del ágape fue: “Yo tampoco”. Y la dije justo después de que alguien comentara que no se iba a quedar al postre.

Me despedí bajito, y entonces, un señor muy elegante se levantó desde el otro lado de la mesa y se me acercó. Supuse que era el jefe de todo aquello. Me saludó por mi nombre y me recordó la última vez que nos habíamos visto. Yo no recordaba ni su nombre, ni ese encuentro, ni dónde había dejado el abrigo. Me agradeció haber venido. Le agradecí haberme invitado. Se sentó otra vez. Me fui triunfal. Al cabo de un minuto recibí un mensaje de mi amiga: “Me has dejado sola, cabrón”. Como persona que ha triunfado socialmente, debo decirle que, si también quiere lograrlo, debe estar preparado para contentar a mucha gente que le da absolutamente igual y alienar a casi todos los que le importan.

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