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tecnología

La ciudad enganchada a la pantalla

Antes, la acepción del término pantalla era “objeto que servía para ocultar algo”. Hoy ha cambiado

La esquina de Callao, Madrid. Ampliar foto
La esquina de Callao, Madrid.

Hace apenas unos minutos mi smartphone se iluminaba. Era Marta, llamándome desde Pekín. Acaba de aterrizar allí hace un par de horas y no podía creer lo que sus ojos veían: “¡¡¡Jenny, pantallas, pantallas, aquí atardece con pantallas!!!”.

Sin duda, mi buena amiga no ha podido evitar pensar en mí y en la obsesión que tengo por ellas. Esas pantallas que poco a poco y de forma tímida y silenciosa, pero también irreversible, se han colado en nuestras vidas. Pocas cosas quedan que sepamos hacer sin pantallas. Nos comunicamos con otros a través de nuestros teléfonos móviles, pasamos los ratos muertos en el metro con nuestros eBooks, consultamos el periódico a través de nuestra tablet y disfrutamos de nuestra serie favorita, como siempre hemos hecho, pegados a la de nuestra televisión. Y así, poco a poco, se han ido colando en nuestras vidas, o lo que es peor, se han adherido a nuestras manos como si se trataran del anillo del compromiso más sólido que nunca imaginamos tener.

La verdad es que Marta sonaba bastante confusa. No consigo adivinar si su tono era de felicidad o de desesperación. “¡Pantallas, tía, pantallas!” me decía algo confundida. Y qué razón tiene en su confusión. Resulta que nuestras ciudades se llenan cada vez más de ellas, lejos quedan aquellos años en los que se reservaban para entornos como los de Times Square o Picadilly Circus. En la actualidad, han conquistado la urbe. Y no solo a través de las 5 pulgadas que cada vez más de forma irremediable cada uno de nosotros llevamos adjuntas, sino a través de esas enormes, publicitarias, que florecen a lo largo de las grandes –y no tan grandes- avenidas de nuestras metrópolis.

Como ya decía en 2008 Canevacci: "Nos encontramos ante ciudades comunicacionales". Urbes cambiantes que necesitan trasladar un mensaje. Casi, casi, como si de seres humanos se tratara, las ciudades sienten la necesidad irracional de contarnos algo para conseguir generar en nosotros una emoción que haga que las recordemos. Ellas saben bien que, cualquier espacio urbano que no sea capaz de generar un sentimiento en su visitante, está destinado a caer en el olvido. Y nadie quiere caer en él, eso está claro.

Callao, en Madrid.
Callao, en Madrid.

Es por esto que muchas han recurrido a imitarnos y han terminado por “engancharse” a las pantallas para así hacerse más atractivas. Al igual que nosotros recurrimos a mostrar nuestro móvil para marcar nuestro status y nivel adquisitivo, las ciudades han decidido recurrir a las suyas propias para mostrarse y comunicarse con su público: nosotros. ¿Y qué mejor para conectar con una persona enganchada a una pantalla constantemente que otra?

Las ciudades saben bien que ya no las miramos a ellas, que cuando caminamos de un lado a otro lo hacemos mirando a la de nuestro móvil o cualquier otro dispositivo que disponga de una. Y en busca de satisfacer nuestra necesidad por tener una a mano, han decidido engalanarse con otras para atraer nuestra atención. Las urbes buscan establecer una conversación pantalla-pantalla que sea más efectiva. Otra cuestión es si consiguen lograrlo…

Se han instaurado, además, en la ciudad por razones que van más allá de intentar trasladar de forma más efectiva un mensaje a sus viandantes. Por ejemplo, uno de los motivos por los que surgen es porque suponen un gran ahorro para los anunciantes y todo el sistema publicitario. A pesar del coste inicial de estas pantallas digitales, a largo plazo, se evitan los costes asociados a la impresión, distribución y colocación de los anuncios. Así, gracias a estas, el sistema publicitario se vuelve mucho más flexible, rápido y efectivo a la hora de modificar los contenidos y mensajes.

Además, estas pantallas digitales, mayoritariamente publicitarias, ayudan a conformar espacios de referencia en las ciudades. Puntos clave turísticos que pasan a configurarse como hitos que todo aquel que haya estado en determinado lugar habrá querido visitar. Espacios sin cuya visita la ciudad no habrá sido vivida. Poniendo un ejemplo cercano: Madrid, plaza del Callao. Bien es cierto que ésta y la Gran Vía siempre han tenido gran atractivo para el turista, pero desde que se empezaran a incorporar sus pantallas digitales allá por el 2010, todo ha cambiado significativamente. La gente ya no las visita solo por sus comercios, sino que las pantallas han pasado a ser también protagonistas del entorno, ensombreciendo al resto de elementos urbanos, especialmente en las horas en las que el sol se ha escondido.

De este modo, estas pantallas han conseguido revitalizar en parte la Gran Vía volviéndola más atractiva para los viandantes al ayudar a ligar a su espacio urbano adjetivos relacionados con la modernidad, la innovación y, por consiguiente, a mejorar su imagen y reputación.

Estos son solo algunos de los motivos que han llevado a la implementación de las pantallas digitales urbanas pero, ¿qué efectos y consecuencias están teniendo en las ciudades más allá de mejorar su imagen innovadora? Esto, lectores, ya es otra cuestión. De momento sólo me queda recordar que originariamente la acepción del término pantalla era “objeto que servía para ocultar algo”. Actualmente, esta definición ha cambiado. O quizás no tanto. Al fin y al cabo, como Marta me contaba, ya hemos empezado a usar pantallas para mostrar atardeceres y… lo que es peor, para ocultar una realidad mucho más cruel: la contaminación nos está machacando hasta límites insospechados.

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(*)  Jennifer García Carrizo es doctoranda en la Universidad Complutense de Madrid y becaria de Formación del Profesorado Universitario por el Ministerio de Educación Cultura y Deporte. Es miembro del grupo de investigación “Arte, Arquitectura y Comunicación en la Ciudad Contemporánea” y su línea de investigación principal es la ciudad y la comunicación.