Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
regeneración urbana

La creación de un desarrollo urbano regenerativo

Como en toda revolución urbana, hace falta un liderazgo político y cultural, cuyo primer paso debe ser económico-financiero.

La polución en Grenoble, ciudad del este de Francia.rn Ampliar foto
La polución en Grenoble, ciudad del este de Francia. AFP

La conocida definición del desarrollo sostenible promueve la necesidad de aprovechar los recursos existentes (alimentarios, energéticos, biológicos, etc.) sin comprometer su disponibilidad para las generaciones futuras. Dicho en términos más cursis: no heredamos los recursos de nuestros antepasados, sino que los tomamos prestados de nuestros descendientes. La Nueva Agenda Urbana recientemente adoptada en la reunión de ONU-Hábitat en Quito se basa en este paradigma para proponer un “desarrollo urbano sostenible”.

La tesis del desarrollo regenerativo es en principio más pesimista: ya hemos consumido demasiado y esos recursos no estarán disponibles para las generaciones que nos sucedan; ni siquiera hay la cantidad suficiente como para que nuestros contemporáneos menos desarrollados accedan a nuestro mismo nivel de consumo (el del quintil más próspero del planeta). En esto, los “regeneracionistas” coinciden con los impulsores del decrecimiento, pero a diferencia de estos, no sostienen que el crecimiento económico o el desarrollo deba ser interrumpido, sino que consideran necesario un desarrollo que no consuma los recursos disponibles sino que en sí mismo genere nuevos recursos que permitan mantener y reproducir la prosperidad económica y social. Según Herbert Girardet, uno de los creadores de este concepto, “hay que empezar a pensar qué podemos hacer no para sostener el planeta, sino para regenerarlo”.

La idea de un desarrollo regenerativo supone la aplicación general de sus conceptos en la producción, el consumo, la movilidad, la energía, etc. El escenario de la mayor parte de esas medidas es la ciudad, donde se realiza la mayor parte del consumo de recursos en el planeta. Pero además, ¿puede pensarse en un desarrollo urbano regenerativo que permita restablecer condiciones perdidas por la aplicación de formas insostenibles de desarrollo urbano: la dispersión, la segregación, la expansión incontrolada, la especulación en el mercado de suelo o la movilidad basada en el automóvil privado?

La ciudad es una configuración territorial que permite distintas alternativas de encuentro, relación, conflicto y aislamiento entre un grupo muy amplio y diverso de personas. Como tal, es una de las creaciones humanas más perdurables, evolutivas y eficientes. Pero además, y por lo mismo, podemos considerarla como un recurso, tan necesario de “sostener” o “regenerar” como los alimentos o las fuentes de energía. O al menos, como el ámbito en que se juega buena parte de la eficiencia en el uso de esos recursos. Una suerte de meta-recurso, si se nos permite la expresión. Si aceptamos esto, un desarrollo urbano regenerativo no se limitaría a frenar la dispersión, incentivar la densificación y la mezcla de usos y con ello facilitar una movilidad más razonable, sino que apuntaría a reconstituir la ciudad diluida en los más insostenibles desarrollos de la actualidad y del pasado reciente. Esto implica, por ejemplo:

  • Reconstituir y completar tejidos urbanos históricos o tradicionales, dar uso a los predios vacantes, erradicar (o al menos parquizar) playas de estacionamiento.
  • Generar condiciones de ciudad en grandes complejos de vivienda social afectados por su mal diseño o gestión (los Pruitt Iggoe y “Fuerte Apache” de este mundo).
  • Renaturalizar o ruralizar expansiones urbanas fallidas y parcelamientos no concretados. Esto se está realizando en lugares tan diversos como Detroit, que promueve la recuperación de propiedades abandonadas tras el declive industrial (blight removal task) o Embalse de Calamuchita, en Argentina, donde una nueva normativa urbanística implementa Areas de Recuperación Parcelaria en loteos no concretados.
  • Transformación de vialidades pensadas para el automóvil en sistemas complejos de movilidad pública, peatonal y ciclística.
  • Apertura a la calle de centros comerciales “introvertidos”; impulso del comercio y la gastronomía local. Como señala Saskia Sassen: no necesitamos una multinacional para tomar un café ni para comprar una silla.
  • Eliminación de desarrollos urbanísticos en áreas de vulnerabilidad ambiental (humedales, laderas montañosas) o su adecuación a las condiciones impuestas por el medio reconstituido.
  • Integración de barrios cerrados y “privatopías” a un concepto de ciudad abierta.

En estos desarrollos, la producción de alimentos y otros insumos imprescindibles debería ser mayormente local, no solo a partir del fomento de la agricultura urbana (huertas familiares y comunales, parques productivos) sino mediante el cuidado e incentivo de la agricultura intensiva de proximidad, como por ejemplo los cinturones frutihorticolas y las granjas, generando además un freno a la dispersión urbana sin calidad sobre el territorio. Los residuos tenderían a cero o se transformarían en materiales productivos; los edificios generarían más energía que la que consumen. Todo esto derivaría además en un freno a la huella ecológica-paisajística de las ciudades, hoy excedida incluso en ciudades que se ofrecen como ejemplo de buenas prácticas ambientales.

Como ha ocurrido en el pasado con la mayoría de las revoluciones urbanas, estos componentes están presentes ya en muchas ciudades a lo largo del mundo; solo se requiere su articulación, sistematización y sinergia. La tarea es urgente y requiere de un fuerte liderazgo político y cultural (que por lo que vemos en el actual panorama del mundo, también es necesario regenerar). Eduard Muller, otro difusor del pensamiento regenerativo, sostiene que el primer paso a dar es económico-financiero: “Se le debe asignar un valor a la naturaleza y esto debe ser reflejado en las cuentas de las empresas que hacen uso de nuestros recursos naturales. Que paguen por el uso que hacen pero también para la reducción de elementos nocivos y por la recuperación del ambiente”.

 

* Marcelo Corti es arquitecto y urbanista, cofundador de la red La Ciudad Posible y director de Café de las ciudades.