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El dilema de Sánchez

La elección del PSOE no es oposición o Gobierno, sino oposición o irrelevancia

Pedro Sánchez y Antonio Hernando en el Congreso

La encuesta sobre el clima social de España realizada por Metroscopia que este diario publica hoy confirma que, lejos de arrepentirse de la sustitución del bipartidismo (si bien imperfecto) por un sistema multipartidista, los ciudadanos siguen prefiriendo distribuir sus preferencias entre varias fuerzas políticas. Ocurre, sin embargo, que la perseverancia de los electores en sus orientaciones de voto encuentra en el tablero de los partidos, en lugar de flexibilidad para acomodarse a dichas preferencias, una incomprensión rayana en la tozudez.

Tal es, desde luego, el caso de Mariano Rajoy, incapaz, como se ha visto una y otra vez desde el mes de diciembre pasado, de adaptar su estilo político al hecho de pasar de gozar de una comodísima mayoría absoluta a convertirse en el único líder con capacidad real de formar Gobierno, aunque en la complicada situación de depender de otros para lograr hacer efectiva dicha posibilidad.

Que Rajoy no haya entendido la complejidad de la nueva situación política en la que estamos resulta sorprendente. Como lo es el hecho de que el líder de la segunda fuerza política de el país, Pedro Sánchez, incurra en la misma incapacidad, siga enrocado en comportamientos típicos del bipartidismo —que repartía de forma automática el papel de Gobierno y oposición a las fuerzas políticas sin necesidad de grandes quebraderos de cabeza— y no acepte que los criterios que deben regir a la hora de determinar el voto en una situación como la actual son, por necesidad, distintos.

Tanto los resultados electorales como los pronunciamientos de los principales líderes del PSOE, rechazando la posibilidad de construir un Gobierno que sumara a Podemos y a los nacionalistas, le colocan en la oposición de forma nítida.

En estas circunstancias, abstenerse en una eventual votación de investidura no significaría en absoluto endosar la figura de Rajoy, sino certificar que con los resultados electorales del 26-J, el paso a la oposición requiere, como condición sine qua non, la existencia previa de un Gobierno.

Que, como señala el sondeo que publicamos, una mayoría de votantes socialistas (63% frente a 32%) estuviera dispuesta a la abstención ante una investidura de Rajoy para evitar otras elecciones, muestra que ese entendimiento es amplio entre la base electoral socialista. Y que Pedro Sánchez sea, con diferencia, el líder peor valorado entre sus propios votantes (con un saldo evaluativo positivo de tan solo 31 puntos, en comparación con Rajoy, Iglesias o Rivera, que muestran saldos de +70, +59 y +43), apunta a que el PSOE de Sánchez está adentrándose por la misma y peligrosa senda en la que han acabado los laboristas británicos con el liderazgo de Jeremy Corbyn: la de pasar de ser un partido de amplio espectro ideológico y social, con muy buenas posibilidades de llegar al Gobierno, a convertirse en un partido que solo puede sostenerse ante sus militantes pero no ante el suficiente número de votantes como para convertirlo en una alternativa de Gobierno. El dilema de Sánchez no es entre Gobierno u oposición, sino entre oposición e irrelevancia.

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