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Charlatanes

Me cuenta un amigo celador que ya no tiene que pedir silencio ni en la sala de Urgencias. Y no es porque no hablemos. Nunca habíamos hablado tanto

Dos mujeres revisan sus móviles.
Dos mujeres revisan sus móviles.

Somos ubicuos. Da igual la edad, el género, la clase social o el nivel de ácido úrico: ahí estamos tantos por todos sitios, rajando como sacamuelas sin abrir el pico. Esquivando farolas a caderazos por mirar donde no deberíamos. Cruzando calles a ciegas con la barbilla clavada en la papada y los dedos bailando sobre cristal líquido. Sentados en los retretes, con los pantalones por los tobillos y las manos que van al pan sujetando el cacharrito en vilo. Al volante en los atascos, manipulando el aparato que llevamos entre las piernas entre acelerón y frenazo. Con cara de concentración profunda en las reuniones del curro, haciendo que consultamos el oráculo del gremio. Aisladitos en sus peceras de peces gordos tengo yo vistos a muchos, pobres, con los zapatos sobre la mesa y la testa cabizbaja sobre el iPhone, como sopesando si apretar o no el botón atómico. Ensimismadísimos todos con nuestros juguetes electrónicos.

No es la tecnología, sin embargo, lo que nos uniforma a los nuevos charlatanes. Es esa sonrisa boba, esa lágrima en vísperas, ese morderse los labios, ese abandonarse a uno mismo y a quien sea con quien estemos comunicándonos como si no hubiera nadie más en el globo. Es la emoción, estúpidos, lo que nos iguala por lo bajo y por lo alto y lo que mueve el mundo. Esa subida de cejas, esa caída de ojos, esa flojera de remos es lo que nos retrata en cueros vivos aunque vayamos acorazados. Me cuenta un amigo celador que ya no tiene que pedir silencio ni en la sala de Urgencias, ese ex gallinero. Y no es porque no hablemos. Nunca habíamos hablado tanto. Pero no por la boca ni por los codos, sino por las yemas de los dedos. Igual que antes criábamos callo en el corazón de tanto escribir a lápiz, ahora forjamos acero en los pulgares de tanto aporrear el móvil. A lo mejor al de al lado no le dirigimos la palabra, cierto. Pero es que, a lo peor, el de al lado nos da igual que nos da lo mismo.

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