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COLUMNA

Bendito cabezón: cómo debemos entender el adiós de Hedi Slimane

El diseñador Hedi Slimane abandona Saint Laurent y deja un montón de huérfanos vestidos con chaqueta de cuero

El diseñador en el último desfile de Saint Laurent en Los Ángeles.
El diseñador en el último desfile de Saint Laurent en Los Ángeles. Getty

Es una norma no escrita de la moda que los diseñadores más comerciales, los que más influencia tienen en cómo vestimos, sean los menos aplaudidos por sus contemporáneos. Ahora que ha expirado el contrato de Hedi Slimane con Saint Laurent, es imposible soslayar que sus colecciones no han cosechado más que críticas tibias. Tibias, aunque Slimane abandone el barco habiéndolo convertido en uno de los más brillantes, deseados y rentables de la industria. En sólo cuatro años, Saint Laurent ha logrado lo más difícil, que es pasar de la indefinición, y por tanto la irrelevancia, a haber encontrado una exitosa manera propia de hacerlo todo: desde los desfiles (potentes espectáculos con sonido atronador y sofisticados juegos de luces) hasta la gráfica de las bolsas (en negro), las tiendas (forradas de mármol) o, por supuesto, la ropa: una coctelera de todas las épocas del rock, destiladas, pulidas y refinadas; como si pagas un congo por la chaqueta de Johnny Rotten en una subasta de Christie's, la limpias, la restauras y, además, le entallas la espalda para que te quede bien.

El legado de Slimane será estudiado como ejemplo de lo beneficioso que puede ser otorgar total libertad absoluta a un director creativo

En realidad, el de Slimane es un curioso caso de talento y cabezonería. Después de todo, hemos abrazado esos carísimos básicos rock –la mochila, la zapatilla de lona, la cazadora de cuero– cuando el rock lleva años fuera del radar de las tendencias. Y hace falta mucha insistencia para conseguir algo así.

El diseñador Hedi Slimane cerrando el desfile de la colección otoñoinvierno 2014 para Saint Laurent.
El diseñador Hedi Slimane cerrando el desfile de la colección otoño/invierno 2014 para Saint Laurent. Cordon

En sus mejores momentos, el legado de Slimane será estudiado como ejemplo de cuán beneficioso puede ser otorgar total libertad absoluta a un director creativo, y de cómo esto revierte en los valiosos intangibles que construyen una marca: el prestigio, la solidez, el glamour de lo inaccesible. En sus peores, Saint Laurent será recordada como la casa que primero asumió el inclemente nuevo orden de la moda: sacrificó a buena parte de la prensa especializada por las celebridades en sus desfiles; ignoró las críticas; negó la posibilidad de entrevistas presenciales con el diseñador y convirtió sus colecciones en una efectiva repetición de grandes éxitos admirablemente coherentes entre sí, pero, por lo mismo, previsibles. Una manera monolítica y unidireccional de entender un negocio que, en el pasado, era más un diálogo que un régimen totalitario.

El de Slimane es un curioso caso de talento y cabezonería. Nos ha hecho abrazar carísimos básicos rock –la mochila, la zapatilla de lona, la cazadora de cuero– cuando el rock lleva años fuera del radar de las tendencias. Y hace falta mucha insistencia para conseguir algo así

La obra de Hedi Slimane genera niveles de animadversión inéditos en la industria, sobre todo porque Yves Saint Laurent permanece en la retina como uno de los creadores más geniales del siglo, pero eso sólo es comparable al respeto que genera su figura. Y no sólo por su capacidad de traducir su imaginario estético en dinero contante y sonante para las firmas donde trabaja (antes de Saint Laurent, hizo un gigante de la división masculina de Christian Dior). Su equipo lo contempla como un genio, y su sucesor, Anthony Vaccarello (confirmado por WWD, pero todavía no oficial), tendrá que hacer piruetas para colmar expectativas. "Por lo visto es muy simpático. Pero no es simpatía lo que se le pide a un heredero de Slimane", se despacha un insider de la industria al que hemos consultado.

Cuando se hayan olvidado todo el vitriolo y la rumorología que el mundo de la moda es capaz de generar alrededor de la salida de un diseñador de éxito, y haya caducado el caso Saint Laurent en las escuelas de negocios, tal vez lo que quede será el aspecto más personal de todo este asunto. En los últimos cuatro años, Slimane, en verdad, sólo se ha empeñado en una cosa: retratar la escena músico-artística de su ciudad adoptiva, Los Ángeles. Los libretos de sus desfiles son cuadernitos comisariados por artistas locales (consagrados, como John Baldessari o Raymond Pettibone, o emergentes, como Theodora Allen). Los protagonistas de la publicidad son puro star system angelino (Courtney Love, Joni Mitchell). La inspiración de sus colecciones, y muchos de sus modelos, pertenecen a ignotas bandas de rock de la ciudad. Su último gran show, el pasado febrero en la sala de conciertos Palladium, fue su fiesta de despedida oficiosa (ya entonces se sabía que el diseñador todavía no había llegado a un acuerdo con Kering para renovar su contrato), pero sobre todo fue un homenaje al lugar donde vive desde 2007, donde decidió ejercer de catalizador cultural igual que hizo hace quince años en Londres y Berlín.

La obra de Hedi Slimane genera niveles de animadversión inéditos en la industria, sobre todo porque Yves Saint Laurent permanece en la retina como uno de los creadores más brillantes del siglo

Es irónico que este impulso por sacar talento a la luz y salvaguardar la autenticidad de la música y el arte esté enmarcado en una estrategia de marketing. Pero es justo decir que, si el papel de Saint Laurent en esta vida es el de inmortalizar el momento, y el de la moda de hoy es el de servir de laboratorio de i+D para oficinas de desarrollo de producto, Hedi Slimane ha pintado un retrato de nuestra época más realista y afinado que cualquier obra de arte contemporáneo. Y no es derrotismo. Que toda persona con estilo y varios miles de euros en el banco entre a las tiendas de la maison para gastárselos como un niño en una pastelería no es culpa de frígidos estudios de mercado, sino de algo mucho más esperanzador: esa bendita cabezonería.

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