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La noche del martillo

Nunca en la historia tanta gente pudo reunirse de forma tan rápida con un mismo fin

La noche del martillo

Cuando trabajas como periodista digital notas enseguida que si ilustras tu historia con la foto de una mujer consigues más clics. Dentro y fuera de Internet, nosotras llamamos más la atención. Lo bueno: puedes ser Beyoncé y vivir de ese excedente de atención ajena. Lo malo: que el resto no lo somos. La mayoría solemos aprender pronto a desviar esa atención. Si, como dice el tópico, somos más calladas o miedosas o conservadoras o discretas puede ser porque hemos aprendido que el clavo que sobresale, si va en minifalda, se lleva un golpe doble.

En Internet, los martillazos duelen más porque no sabes ni de dónde te vienen. Nunca en la historia tanta gente pudo reunirse de forma tan rápida con un mismo fin, sea organizar un movimiento social o atacar en manada, sin ni siquiera tener que usar su propio nombre. Loreto Ballesteros, una estudiante de filología, lo comprobó la noche del domingo al lunes. En su Twitter, hasta ese momento una cuenta personal corriente de una chica de 22 años, sacó el tema de los abusos a las niñas, adolescentes y jóvenes, y pronto comenzó a reunir docenas de testimonios de tuiteras que contaban lo del profesor que las tocaba en gimnasia, lo del exhibicionista del parque, lo del familiar que las forzaba, lo del desconocido que las seguía por la calle. Observar lo que estaba pasando en directo nos puso los pelos de punta a quienes lo leímos hasta la madrugada, porque no es habitual escuchar a las victimas ni verlas organizándose: “Pasaos ahora mismo por la cuenta de @yungflaca666”, nos avisábamos.

Al mal cuerpo que provocaba la lectura de las confesiones (recibió unas mil, contó luego Ballesteros a Verne), muchas durísimas, se unían dos inquietudes relacionadas con el anonimato. La primera: que quizá solo la capacidad para reunir personas que posee la red permita vislumbrar las dimensiones de un problema del que no se habla (¿y cómo cuantificar lo que no existe?). El hashtag usado por Ballesteros es, de hecho, #Nosondepravados porque, dice, “nos ha pasado a casi todas y no es una excepción de un tío raro pervertido. Es una problemática social”.

La segunda inquietud nacía de otro tipo de mensajes que difundía, entre testimonio y testimonio, la estudiante: una pequeña y feroz tormenta negacionista de, en su mayoría, hombres, que insultaban a Ballesteros, atacaban su aspecto y restaban importancia o credibilidad a los abusos (“enseña cacho en su cuenta con claras intenciones”, decía uno). El precio de ser una mujer, hablar alto y llamar la atención en Internet.

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