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Michelle Obama, una roca en la Casa Blanca

Inteligente y sin miedo a opinar, no autorizó la campaña presidencial de su marido hasta saber cómo les afectaría. Una biografía de la primera dama habla de su papel

Michelle Obama
Barack y Michelle Obama, rodeados de agentes del servicio secreto, en un descanso del Baile celebrado tras ganar las elecciones. CASA BLANCA

"Si Barack Obama volaba entonces como un globo, Michelle era quien sujetaba la cuerda”. El presidente acababa de ofrecer su discurso de victoria en Chicago, en noviembre de 2008 y, desde entonces, miles de palabras e imágenes han tratado de descifrar el enigma de su esposa, una abogada licenciada en Harvard que, como él, ha hecho historia a cada paso. La biografía Michelle Obama: A Life es el último intento. Con exquisito rigor documental, el trabajo abre una nueva ventana a la trayectoria personal y profesional de la mujer del primer presidente afroamericano de Estados Unidos.

El trabajo de Peter Slevin, veterano periodista de The Washington Post, retrata a una primera dama con profundos valores profesionales y familiares. Inteligente, persistente y sin miedo a dar su opinión, Obama es, según palabras del presidente, la “roca” de la familia, como para ella lo fueron sus padres. Es la mente serena capaz de despedir al candidato, poco antes de dar el discurso que catapultó su carrera política en 2004, con un “No la líes”.

Hay un libro de instrucciones en Washington con lo que tienes que hacer. Ella no lo sigue”, dice una amiga

Criada en uno de los barrios más humildes de Chicago, el South Side, y a orillas de una universidad donde los afroamericanos de la ciudad ni siquiera soñaban con entrar, acabó estudiando en Princeton y Harvard. Obama (Chicago, 1964) no imaginaba aún que años después realizaría su primer retrato presidencial, en la Casa Blanca, “bajo la imagen del tercer presidente de la nación, dueño de esclavos”. La anécdota es una de tantas en las que la primera dama se encontró “haciendo equilibrios entre su raza y los privilegios alcanzados, caminando en dos mundos paralelos”.

La respuesta la encontraría siempre en su casa. “Todo lo que pienso y hago gira en torno a la vida que tuve en ese pequeño apartamento por el que mi padre trabajó tan duro”. Fraser Robinson padecía esclerosis y trabajó hasta después de que pudiera haberse beneficiado de una pensión por enfermedad. Su madre, Marian, cuidó de sus dos hijos y trabajó después como secretaria. Los Robinson participaron juntos —como los Obama— en todas las decisiones profesionales de sus hijos, guiándoles para que no rechazaran ninguna oportunidad por falta de recursos.

La biografía de Slevin detalla la conciliación que debió hacer Obama entre sus oportunidades y su origen humilde, entre la responsabilidad de ser una de las primeras mujeres afroamericanas en Princeton y Harvard, y el golpe al saber que su compañera de habitación había pedido el traslado porque era negra. Lo resolvió siempre buscando oportunidades para ampliar su impacto en la comunidad afroamericana.

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La primera dama Michelle Obama en una actividad del programa como Let’s Move! Casa Blanca

Desde Chicago hasta la Casa Blanca llevó una voz combativa de sobra conocida para su familia y que tampoco había escondido durante la campaña, donde habló de la elevada tasa de mortalidad entre mujeres afroamericanas para las que “el sueño de dar un futuro mejor a nuestros hijos se escapa entre los dedos de las manos”. En otras ocasiones afirmó vivir “en un país donde se supone que yo no debería estar aquí”. Sentada junto a los principales asesores de su marido —David Axelrod y David Plouffe—, Obama hizo preguntas directas sobre el horario de un día típico de campaña o cómo afectaría a la relación del candidato con sus hijas.

Slevin escribe que la primera dama tuvo “poder de veto” sobre la candidatura presidencial de su marido. Este pidió ayuda al hermano de Michelle, Craig, para convencerla. “Creo que no está dispuesta”, le dijo. “La persona más importante en esa decisión era Michelle”, explica Valerie Jarrett, asesora del presidente y amiga personal de la primera dama desde uno de sus primeros trabajos en Chicago. “Quería saber cómo iban a cambiar nuestras vidas. Una vez que lo supe tuve esa visión en la cabeza, entonces me dije, ‘podemos hacerlo”. En palabras de Obama, “era algo que si no lo hacían en ese momento, [Barack] se iba a preguntar toda su vida qué habría pasado”.

La respuesta ya la conocemos, pero ella debió resolver antes cómo trasladar la influencia que tuvo en su comunidad en Chicago, a través de la universidad donde dirigió varios proyectos de salud, acercando al colectivo afroamericano recursos de los que no siempre disponían, hasta Washington. Obama apostó por programas como Let’s Move!, para luchar contra la obesidad infantil, proyectos de asistencia a veteranos de guerra o sus visitas a colegios en los barrios más pobres del país.

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Michelle Obama. Casa Blanca

Dos semanas después de llegar a Washington ofreció un discurso sobre la desigualdad salarial entre hombres y mujeres. En un museo de la capital inauguró un retrato de una abolicionista y sufragista. “Barack y yo fuimos chicos que nos dimos cuenta de que el destino está en nuestras manos”, dijo a los estudiantes presentes. Dos meses más tarde visitó un colegio en el barrio más pobre de la ciudad, de mayoría afroamericana. “Hay un libro de instrucciones en Washington con lo que se supone que debes hacer. Ella no lo está siguiendo. Lo hace a su manera, involucrándose directamente con la comunidad”, explica una amiga cercana. “Quería ayudar a abrir puertas y quitar velos”.

La biografía también esconde momentos de tensión entre los Obama, especialmente cuando el ahora presidente comenzó su carrera política, poco después de que naciera su primera hija, y dejando gran parte de la responsabilidad sobre Michelle. Pero también de la complicidad mostrada por dos jóvenes abogados que crecieron juntos mientras buscaban un hueco en la vida profesional de Chicago. Ella trabajaba en el bufete dónde él hizo prácticas. Conectaron, pero ella no veía ético que mantuvieran una relación. Él insistió y años después escucharía a Michelle insistir en que se casaran. Para ella, el matrimonio “lo es todo”. Él quería esperar. Durante una cena para celebrar un ascenso de Barack, ella volvió a sacar el tema. Él aguantó hasta el final. El plato de postre traía una caja con un anillo. “Eso te calla la boca, ¿no?”. Años después en su discurso de victoria en Chicago, el político se despediría ante miles de personas con una dedicatoria “al amor de mi vida y la roca de la familia Obama, Michelle”.