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El titular está en la camiseta

Las frases en las prendas de ropa documentan las inquietudes del siglo XXI. Desde el viceprimer ministro de Reino Unido hasta Paris Hilton

David Hasselhoff, con una camiseta en la que pide que le dejen en paz en un intraducible juego de palabras.
David Hasselhoff, con una camiseta en la que pide que le dejen en paz en un intraducible juego de palabras. Cordon Press

Cuentan los expertos que todo empezó en 1988. Aquel año, Nike decidió convertir el eslogan de su campaña publicitaria, Just do it (Solo hazlo), en camiseta. De primeras, aquello parecía una simple optimización de recursos. Años más tarde se descubrió como el origen de una tendencia que, con ciertos altos y bajos, se arrastra hasta nuestros días. Antes de que la firma de Oregón estilizara la camiseta con mensaje, este terreno se definía no solo por el dudoso gusto de las frases que se estampaban en estas prendas de algodón en tiendas de souvenirs de medio planeta, sino por la misma fealdad de las propias camisetas. "Mi novia está fuera de la ciudad". "Mi novio fue a Ámsterdam y todo lo que me trajo fue esta mierdosa camiseta". Frases feas sobre algodón pesado, cuellos que hacían papada incluso a quienes cuentan las calorías hasta del agua con gas y mangas que, en un día ventoso, podían ayudar a volar.

Tras la irrupción de Nike, todo cambió. Hasta el punto de que hoy, las camisetas con mensaje se han convertido en un embudo en el que terminan todas las inquietudes de la sociedad del siglo XXI. En ellas convergen la obsesión por la moda –y por convertir en algo susceptible de ser moda a cualquier cosa-, la pasión por escrutar la vida de los famosos, la pasión de los famosos por meterse en nuestra vida a todas horas, la política como ejercicio de populismo marketiniano y la tendencia de los medios a analizar cualquier movimiento de cualquier tipo con el fin de sacar conclusiones jamás lo suficientemente descabelladas.

El 9 de septiembre de 2013, la periodista de The Guardian, Hadley Freeman, en su consultorio sobre moda respondía una duda sobre lo apropiado de lucir este tipo de artefactos con esta frase: “Recuerdo que una de las primeras columnas que escribí para este fue diario sobre este tema. Y aquí seguimos”. En esa primigenia columna que Freeman publicó en 2007, se mostraba totalmente en contra de estas prendas y les auguraba un pronto y cruel final. En primavera de 2014, el mundo de la moda anunciaba que estas prendas volvían a ser tendencia, y, en un giro fascinante de los acontecimientos, la Red se llenaba de tutoriales sobre cómo lucir esto con estilo. Hasta entonces, como había denotado en un artículo publicado en la revista Details la publicista Lara Shriftman, lo apropiado o no de estos eslóganes solo tenía que ver con quién lo llevaba. “Si eres Brad Pitt o Billy Bob Thornton, está bien. Si eres tú, no”, concluía la mujer.

Camiseta 'Liberad a Winona'. ampliar foto
Camiseta 'Liberad a Winona'.

Ambos actores contribuyeron a la conversión en fenómeno de un camiseta en la que aparecía un señor con barba y la frase: "Jesús es mi colega". A nadie jamás la camiseta le quedó tan bien como a ellos. Pero eso no evitó que la prenda se convirtiera en tamaño fenómeno que hoy la web oficial que las vende siente la necesidad de proclamar que las suyas son las originales. En cuestiones relacionadas con Jesucristo, es mejor no aceptar nunca imitaciones.

Paris Hilton dando información redundante a través de una camiseta en la que afirma amar a los chicos y los zapatos. Mila Kunis pidiendo que la gente vote. David Hasselhoff exigiendo que le dejen en paz a través de un intraducible juego de palabras. La modelo Millie McKintosh prohibiendo que nadie la fotografíe. Las Kardashian comunicando que son un equipo. Y antes que todos y todas, Winona Ryder luciendo un pedazo de algodón en el que se estampaba su cara bajo la frase ‘Liberad a Winona”, meses después de que la actriz fuera detenida por robar en unos grandes almacenes en Los Ángeles. Pero el verdadero momento en el que todo esto se ha salido definitivamente de madre sucedió hace un mes, cuando los políticos británicos Nick Clegg y Ed Miliband aparecieron luciendo una camiseta gris en la que, escrito en una tipografía de esas tan monas que imitan la escritura a mano, se leía: "Este es el aspecto de un feminista".

La camiseta era parte de una campaña promovida por la edición británica de la revista Elle y la fundación Fawcett. En el caso de Miliband, líder del partido Laborista, el efecto fue tan negativo que la prensa se acordó incluso de la existencia de su hermano, David, quien le disputó el puesto y, tras perder, emigró a EE UU. Lo que primero fue debate estético terminó en aquelarre ético, cuando el rotativo Daily Mail descubrió que estas bienintencionadas prendas habían sido cosidas en Mauricio por unas señoras que ganaban una cuarta parte del salario medio del país y dormían hasta 16 de ellas hacinadas en minúsculas habitaciones. El medio, finalmente, quitó de en medio el mensaje. En cinco años, esas camisetas valdrán 80 euros en una tienda hipster de ropa de segunda mano.

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