Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Réquiem por Damasco

La vida de lujo se esfuma. Los hoteles que recibieron a históricos personajes están habitados por desplazados sirios. Los escaparates de las grandes firmas se hallan en liquidación antes de cerrar

Asma el Asad y la reina Sofía en Damasco 2008.
Asma el Asad y la reina Sofía en Damasco 2008. REUTERS

Los escaparates de Armani o Bvlgari en Damasco están de liquidación a la espera de agotar existencias y echar el cierre. Las antiguas casas y palacetes reformados en restaurantes regresan a su antiguo estado. Los festivales de cine y la vida del grand luxe, que nunca fue tan grande en Siria, se esfuman. Los magníficos hoteles que recibieron desde históricos personajes a huestes de turistas en busca del sabor de Las Mil y Una Noches, hoy son habitados por desplazados sirios. Ante la decadencia industrial, hotelera y de la alta costura en la Damasco en guerra, la jet set siria mira hacia el pasado con nostalgia. El conflicto les ha robado el oasis cosmopolita, a la par que oriental, que emergía antes de 2011.

El hotel Baron de Alepo, el más antiguo del país y datado del siglo XIX, brindaba un magnífico bar, un hamam (baño turco) así como la conveniencia geográfica por su proximidad a la ciudad vieja. Las huestes de personajes históricos que pasaron por sus cuartos atraían a la clientela más exquisita. Lo primero que hacía uno nada más registrarse era subir a la habitación 202 donde durmió Lawrence de Arabia y en cuya pared aún cuelga una factura del bar que el oficial británico, haciendo caso omiso del rigor inglés, dejó sin pagar. En el cuarto contiguo, el 203, Agatha Christie escribió la primera parte de Asesinato en el Orient Express. Hace ya meses que los combates entre el Ejército y los rebeldes sirios, a escasos metros, han clausurado sus puertas y tras ellas sus secretos.

En tiempos de la preguerra, Asma el Asad se convirtió en el fetiche del ‘glamour’. Ahora vive recluida.

Entre la aburrida Aman y la occidentalizada Beirut, Damasco dejaba fascinado hasta al más exigente de sus visitantes. Decenas de casas árabes del siglo XVII fueron restauradas y convertidas en hoteles de lujo o restaurantes. Piezas únicas de la marquetería damascena con incrustaciones de nácar decoran sus cuartos y en sus patios árabes resoplan fuentes de mármol. El hotel Vía Recta en la ciudad vieja de Damasco es uno de ellos. Su estrecha portezuela da paso a la grandeza de un pasado preservado para sus huéspedes. Hoy sus habitaciones, como las del resto de hoteles de la ciudad, son ocupadas por desplazados sirios. En 2011, una noche costaba hasta 200 euros, hoy, apenas 20 por noche o 300 al mes. Las guías turísticas sobre Palmira, Alepo o incluso Raqqa acumulan polvo en el recibidor y de su cocina ya no emanan los aromas de manjares sirios. Pocos son los restaurantes que aún reciben clientes a diario, y generalmente son los más famosos y onerosos como Beit Jebri o Narange.

Es en estas casas restauradas y sus callejas se grababan las telenovelas sirias reputadas en toda la región. En 2008, el Festival Internacional de Cine de Damasco recibía a miles de asistentes y periodistas llegados para felicitar a los actores de la telenovela Bab el Hara, que representaba la vida de barrio en tiempos del mandato francés, o fotografiar a la actriz Sulaf Fawajeryi, que daba vida a Asmahan, una cantante drusa que resultó ser espía para británicos y franceses durante la Segunda Guerra Mundial. El último evento fue la Ópera de Damasco data en 2012.

Las tiendas están de liquidación a la espera de agotar existencias. ampliar foto
Las tiendas están de liquidación a la espera de agotar existencias. AP

No muy lejos de Vía Recta vive Mostafa Alí, escultor en la cincuentena y reconocido internacionalmente por sus obras de bronce. Miembro de la inteligencia siria, el artista es de los que han decidido quedarse. “Cada día inauguramos una nueva exposición. Jóvenes de todo el país, cada uno influenciado por sus vivencias, dan un nuevo impulso a la inspiración artística”, relata optimista al teléfono. Pero muchos jóvenes optan por viajar para buscarse la vida. No se compra ya arte en Damasco. “Hacemos de la ciudad nuestro taller de trabajo para luego vender fuera; en Beirut, Dubái, Jordania o Francia”, añade el escultor que en pocos días expondrá en París.

Aunque en Damasco no se compre, no se deja de salir. En el centro de la capital, el ático del hotel Omayad alberga el Z-Bar, que con 20.000 seguidores en Facebook sigue siendo lugar predilecto de la jet set. En la intimidad de terciopelos y tenues luces, este bar ofrece un lugar donde bailar, charlar y beber a precios de hasta ocho euros la cerveza. En 2007, el Z-Bar inauguró su barra. “Antes, los sirios pudientes iban los fines de semana al Casino o a los bares de Beirut. Tras la retirada de las tropas sirias en 2005, el Líbano se volvió peligroso, así que el Z-Bar abrió como una alternativa para aquellos que ya no tenían donde salir”, explicaba Maruan, en aquel entonces camarero del bar. Tras un breve cierre, el Z-Bar reabría esta vez para sus propios ciudadanos en tiempos de guerra. “Sigue siendo de los favoritos, pero el Bar Lounge del Four Seasons Hotel es la nueva tendencia”, apunta Zafer, de 31 años. Hijo de Joseph Marina, director de una conocida marca familiar creada hace 50 años para surtir a los sirios con trajes de lujo, lleva dos años en Beirut “sin hacer nada”. El negocio familiar se consume y con él la fortuna de sus herederos. Una realidad que Zafer asegura compartir con otros hijos de empresarios sirios como el representante de Armani o la joyería Halaa.

Una diseñadora hizo un traje a la reina Sofía que le quedó pequeño: “No te preocupes se lo doy a Letizia”.

A diferencia de Líbano o del Golfo, donde la clase alta exhibe a bombo y platillo sus riquezas bañándose en el lujo, la siria siempre fue más bien discreta. “Hace 12 años, con las restricciones, los sirios necesitaban un permiso para comprar un coche de lujo. La burguesía siria es una mezcla de comerciantes e industriales que tras una apertura económica en 1991 pactaron con el régimen de Hafez el Asad y vivieron en coexistencia con sus leyes. Con la ascensión de Bachar el Asad nació una nueva clase media-alta, más ostensible que la burguesía clásica”, explica un economista sirio en Beirut que prefiere mantener el anonimato.

Fue en parte la primera dama, Asma el Asad, quien revolucionó la moda. En tiempos de preguerra se convirtió en el fetiche del glamour de la sociedad siria. Su aclamación social y reconocimiento internacional cayeron en picado con el hundimiento diplomático de Bachar el Asad. En marzo de 2011, el mismo mes en que comenzara un conflicto que cuatro años después se ha cobrado más de 200.000 vidas, Asma protagonizaba la portada de la revista Vogue que la bautizó como La rosa del desierto. El reportaje despertó las críticas de reconocidas plumas en los mismo diarios occidentales que antes alababan su elegancia. La primera dama regresó, como sus predecesoras, al silencio y la privacidad de palacio encerrando todo debate sobre el incipiente vanguardismo sirio.

La embrionaria moda siria se derrumbó de golpe. Asma era cliente habitual de la tienda Anat, a quien encargaba vestidos y mantelerías. En 1988, Heike Weber, oriunda de Berlín, inauguró la tienda en la que confecciona ropas y accesorios combinando las últimas tendencias de la moda con bordados sirios y palestinos artesanales fruto de siglos de tradición. A sus puertas acudieron prestigiosas personalidades como la primera dama o la reina de España. “Poco antes de la guerra, la reina Sofía nos encargó un traje. Resulta que lo hicimos en una talla muy pequeña. Cuando lo vio me dijo: 'No te preocupes que me lo llevo para Letizia y me haces otro”, rememora Heike sonriendo al tiempo que muestra una foto suya junto a la reina. Al igual que hoteles, cines y restaurantes, tras décadas de esfuerzo y trabajo, Anat está a punto de cerrar su tienda a la que ni los sirios pudientes acuden porque simplemente se han ido.

 

Turista comprando oro en Damasco. ampliar foto
Turista comprando oro en Damasco. REUTERS