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EDITORIAL

Mejor juntos

El Rey se acerca al estado de ánimo del país para pedir unidad y esfuerzo compartido

Conforme a una línea acertada de no eludir los problemas y ejercer de pleno las funciones arbitrales que la Constitución le otorga, el Rey aprovechó ayer el discurso de la ceremonia de los Premios Príncipe de Asturias para hacer un llamamiento a la unidad y al espíritu de concordia entre los españoles. Todo en sus palabras apuntó en esta dirección: la necesidad de utilizar el diálogo y el consenso como procedimientos para resolver los problemas del país, el objetivo de una España “alejada de la división y de la discordia” y la advertencia sobre el riesgo de “repetir los errores del pasado”.

Es significativo que el Rey comenzara señalando la importancia que para él tenia el discurso: el primero en ese marco como Rey de España, 34 años después del que pronunció por primera vez cuando apenas tenía 13. Así como entonces España vivía momentos “de incertidumbre y preocupación”, ahora atraviesa tiempos "cruciales, intensos y de renovación", en los que es preciso "preservar y fomentar el impulso moral colectivo" y "cuidar y favorecer nuestra vida en común".

Al invitar a "mirar la historia con serenidad, objetividad y sabiduría", Don Felipe estaba advirtiendo sobre las consecuencias que tiene persistir en interpretaciones que fomenten agravios y enfrentamientos. Y no eludió, desde luego, los mensajes de interpretación más actual, en el contexto de la situación en Cataluña y del clima general de crispación y abatimiento que se apodera del país: “Los españoles no somos rivales los unos de los otros”, dijo, subrayando “el caudal de progreso que hemos conseguido con el empuje de todos” y el orgullo de “lo mucho y lo bueno que hemos hecho juntos”. Palabras todas ellas reconfortantes para el espíritu de los ciudadanos y alentadoras sobre el papel que la más alta institución de nuestra democracia puede desempeñar en el momento actual.

Hemos dicho en otras ocasiones que el juicio a la Monarquía está íntimamente ligado a su utilidad. Se entiende que la capacidad de actuación del Rey está constreñida por los límites constitucionales; pero el Gobierno podía quizá haber recurrido con más decisión en algunas ocasiones a la contribución de la Corona. La España actual requiere de un Rey que le hable de los problemas que le angustian y que se implique con los ciudadanos en la búsqueda de una solución, no de un monarca feliz en la distancia de su mundo propio. Ayer se escuchó a un Felipe VI mucho más próximo a lo que reclamamos: enérgico frente al desencanto, resuelto ante los profetas del catastrofismo, atento y preocupado por la división que los problemas políticos y económicos causan. Sería deseable que este discurso fuese el inicio de una nueva etapa en la trayectoria del Rey, a quien se le recomendó desde varias esferas un inicio prudente para no despertar reacciones contrarias. Hoy no puede haber mejor recomendación que la de animar a don Felipe a ganarse cada día el trono, como su padre le enseñó.

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