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Revista de verano

Un corazón herido

A Robin Williams ya no se le veía por su barrio, incluso amigos advirtieron indicios de depresión

Lo que no sabían era la última noticia que le golpeó: tenía párkinson

Robin Williams, en el estreno de 'Hasta que el cura nos separe', en 2007
Robin Williams, en el estreno de 'Hasta que el cura nos separe', en 2007

Discreción extrema en la vida real de un tipo que llenaba todo el escenario y la gran pantalla. En el mercado de frutas y verduras, orgánicas claro, de Tiburón (San Francisco) decían no verle desde hace un tiempo. La misma respuesta enfrente, en la farmacia. Tampoco recordaban ninguna visita reciente en los dos restaurantes más cercanos al 95 de Saint Thomas way, donde vivía Robin Williams. Imposible consultar en los bares, no hay. La tranquilidad es extrema en este rincón del muelle con vistas a la silueta de la ciudad, solo Alcatraz, con su penal abandonado, se interpone. El actor apenas iba más allá de su propiedad, donde fue encontrado muerto el pasado lunes. El entorno, implicado en su recuperación, y los vecinos mantenían un pacto de silencio para evitar que trascendiera la profunda depresión que atravesaba la estrella estadounidense. Rick Overton, actor de comedia y amigo de la familia desde los setenta, confesaba a LA Times una leve sospecha: apenas devolvía las llamadas y sus mensajes de texto eran cada vez más escuetos.

Apenas devolvía las llamadas y sus mensajes eran cada vez más escuetos

Prácticamente las únicas salidas de Williams eran nocturnas, en universos paralelos y masivos. Era un habitual en World of Warcraft, un popular juego online de estrategia en el que la imaginación es un punto a favor para los más avezados. También en el agresivo Call of Duty, donde, desde la mirada de un francotirador, se metía en el papel de las mismas tropas que no dudó en entretener en varias campañas militares. No es casualidad que su hija se llame Zelda, el nombre de una aventura gráfica que cuando ella nació no era más que ilusión pixelada en 8-bits.

En 2011 el actor confesó al británico Telegraph que esa era una de sus adicciones. “Especialmente si juegas online, contra otros, engancha por completo y te sientes en otro mundo”. Quizá fuese la droga más inocente de las que consumía. En 2005 saltaron las alarmas, tras perder cierto tirón en taquilla y a su amigo Christopher Reeve, comenzó a beber más allá de lo aconsejable. Tan solo meterse entre los fogones de la cocina le calmaba.

Villa Sorriso (sonrisa, en italiano) era su refugio de ensueño, el país de nunca jamás de un Peter Pan de carne y hueso. Iba a ser su primer sacrificio. En 2012 puso esta finca situada en los viñedos de Napa a la venta por 35 millones de dólares. Un año después la rebaja la dejaba en 29, pero nunca cambió de manos. Williams, que se divorció de su segunda mujer, Masha Garces en 2008, se sentía incapaz de pagarle la asignación. En 1988 ya se había roto su primer matrimonio con Valerie Velardi.

A finales de junio visitó en Minnesota un centro especializado en exadictos

Al término del rodaje de Un golpe de suerte (2005) se puso en manos de especialistas. En 2006 reconocía sus problemas con el alcohol. No ocultó su asistencia a reuniones de alcohólicos anónimos. Su coqueteo con las drogas en los setenta y ochenta era público, pero tampoco extraño en una ciudad, San Francisco, muy laxa a la hora de perseguir el consumo y la venta en la calle. Hace poco más de un mes, a finales de junio, viajó hasta Minnesota a un rancho especializado en reforzar la conducta de aquellos que se desenganchan. TMZ, la web especializada en cotilleos de Hollywood, lo cazó en los aledaños del centro, y su inusitada delgadez desató los rumores.

El último mazazo para el actor llegó en mayo. Cuando la serie The crazy ones dejó de emitirse sin posibilidad de continuidad. La audiencia no acompañaba. Entonces supuso un agujero más en su maltrecha economía. A regañadientes, acosado por las deudas, Williams aceptó rodar la secuela de Señora Doubtfire, un papel hecho a medida que le ayudaría a aliviar su cuenta corriente. La primera entrega, estrenada con éxito en 1993, dejó 728 millones de dólares en taquilla.

Su viuda anunció en un comunicado que el actor estaba sobrio cuando falleció

Inmerso en el papel que tantas sonrisas despertó entre el público, recibió una noticia con un guion bien conocido, padecía párkinson, una enfermedad neurodegenerativa por la que con el tiempo uno pierde el control de su propio cuerpo. Aunque él todavía se encontraba en fase temprana. No tenía intención de hacerlo público, fue su viuda, Susan Schneider, quien lo anunció a través de un comunicado difundido el jueves y en el que también quiso acallar rumores. Su marido estaba sobrio en el momento del fatal desenlace.

Una amalgama de problemas acumulados durante años entremezclados con adicciones y depresiones a los que Robin Williams puso fin de forma tajante y dramática el pasado 11 de agosto. No hubo lugar para la comedia en el papel vital del espléndido cómico. A su impresionante legado hay que añadir tres películas sin estrenar: Una noche en el museo: La tumba secreta, Merry Friggin’ Christmas y Absolutely anything.

Condolencias en tiempo real

Los agentes de prensa ya no mandan comunicados con los sentimientos de sus artistas. Aunque se asume que son ellos los que gestionan sus perfiles en las redes sociales, el ciberespacio se ha convertido en el lugar preferido para mostrar el dolor. Los acerca al ciudadano corriente sin intermediarios, como si fueran uno más. Este ha sido el formato preferido para despedirse de numerosas personalidades. La muerte de Michael Jackson fue el primer hito en esta modalidad que ya se ha convertido en norma. Steve Carrell se llevó la palma, más de 64.000 retuits por 10 palabras escasas para hablar de Robin Williams: “Hizo el mundo un poquito mejor. RIP”. El mismo medio utilizó Michael J. Fox para expresar su conmoción al saber que los dos sufrían la misma enfermedad. El astronauta Buzz Aldrin optó por Facebook. También Jennifer López, con una foto de ambos.

En el otro lado de la balanza se encuentran los haters, aquellos que envían mensajes negativos y fuera de lugar en los peores momentos. También han tenido su cuota de protagonismo en esta ágora de escasas leyes. Tanto que Zelda Williams, la hija del actor, se vio forzada a cerrar su perfil en las redes sociales: “Lo siento. Me sobrepasa. Me dispongo a borrar esto de mis aparatos por un tiempo largo, quizá para siempre. El tiempo lo dirá. Adiós”. Del Harvey, vicepresidente de Twitter, intentó frenar la desafortunada avalancha con el cierre de algunas cuentas y el compromiso de mejorar en el futuro.