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DON DE GENTES

Defensa de Madrid

Madrid es fácil de contar porque no exige del cronista una entrega incondicional. Sobrevivirá pese a la pésima gestión de sus dirigentes

"A Madrid le falta un relato”. Es una frase que leí el otro día en un artículo que trataba de la la decadencia de Madrid. De no ser porque es una expresión que escuchamos a diario en boca de políticos y analistas hubiera pensado que a los autores del texto les faltaban lecturas, porque de Mesonero Romanos en adelante si algo tiene esta ciudad son relatores: Camba, Chaves Nogales, Gómez de la Serna, Pérez Galdós, Benet, Alfonso, Antonio López, Arturo Barea, Caro Baroja, García Hortelano, Chacel, Martín Santos, Valle-Inclán, Josep Pla, Arniches, Manuel Longares, Francisco Umbral, etcétera.

Madrid es fácil de contar porque no exige del cronista una entrega incondicional. Como ocurre con las grandes urbes, el escritor puede comenzar con un desahogo, afirmando que la ciudad es caótica, sucia, habitada por ciudadanos ásperos e impacientes, y una vez que ha dejado claro que la ciudad es básicamente una mierda, ya se siente libre para comenzar a relatar sus virtudes, entre las que se encuentra el hecho de poder criticarla sin que se te tiren al cuello los fanáticos del orgullo local. Pero es obvio que cuando los autores de La decadencia de Madrid hablaban de la falta de relato no se referían a la literatura que esta ciudad ha provocado sino a la dificultad que entraña, para los que deben “venderla”, resumirla con dos o tres símbolos. De cualquier manera, habiendo sido elegida Madrid protagonista de tantas páginas cabría pedirles a los que se sienten incapaces de encontrarle un relato que lean a los que encontraron en ella el lugar idóneo para mover a sus personajes. Pero no solo se encuentra el relato de Madrid en su literatura. Hay que patearla, como así hacían los andarines personajes de Galdós, para descubrir el Madrid suburbial, la ciudad no obvia, para sentir el influjo de los barrios que se han revitalizado gracias a la inmigración. No podemos hablar siempre de Chueca o la Gran Vía, porque tal vez lo que se está cociendo, casi en secreto, se encuentra en Tetuán, Carabanchel o Prosperidad.

No hemos tenido suerte con el diseño de las calles ni con los urbanistas que han definido los barrios

Que Madrid está sucio lo sufrimos a diario; que se aprecia el abandono, basta con darse un paseo por su centro; que la crisis ha cerrado comercios que definían la ciudad, así es; que el modelo económico ha fracasado lo vemos cuando observamos ese edificio hoy abandonado que parece un ovni que acaba de posarse en el desierto y que pretendía ser el centro de la pomposa ciudad de la justicia. No hemos tenido suerte con quienes han diseñado las calles con mobiliario incómodo y antipático, tampoco con los urbanistas que han definido los nuevos barrios, ni con los políticos que han desprotegido la ciudad. Madrid no ha tenido alcaldes a su altura, pero tampoco la oposición le ha dado a esta plaza la importancia que merecía. Esta ciudad pide a gritos un alcalde o alcaldesa que compartan con ella la potente personalidad que esta posee. Porque Madrid tiene un relato, ¡vaya que sí!, un pedazo de relato, un novelón. Y no sé por qué intuyo que una cosa es la versión que muestran de ella los periódicos y otra bien diferente lo que sale por boca de sus habitantes. Madrid está hoy formada por madrileños de adopción que se adaptaron en un tiempo récord enfrentándose a una tosquedad que no discrimina al que llega: es así para cualquiera. Tras esa tosquedad irían descubriendo el carácter de la ciudad: abierto, directo, imperativo. Y llegarían, llegaríamos, a amarla. Porque Madrid tiene carácter, mucho. Se lo encuentran los extranjeros. Por cierto, no creo que sean muchos los que se asomen a Chueca y comenten como algún experto asegura: “Mmmm, esta ciudad todavía carga con su estigma de capital franquista”. Más bien es esa una idea interesada de algunos españoles que quieren definir a Madrid de un plumazo como culpable de todos sus males.

La ciudad se defiende a pesar de haber visto cómo esquilmaban sus arcas con un modelo pretencioso y ésteril

Madrid es resistente por naturaleza. Defendió la ciudad en su hora trágica hasta que se le acabaron las fuerzas y ahora la defiende a pesar de haber visto cómo esquilmaban sus arcas durante estos últimos años con un modelo de ciudad, incluida la T-4, que muchos considerábamos pretencioso y estéril. Su relato, pregúntennos a los que nos nutrimos de ella para columnas, cuentos o novelas, se encuentra callejeando. Callejeando se sabe que aunque las autoridades racanean con la limpieza, con la reparación de la calle, con la vida cultural, y aún peor, con la sanidad y la educación, hay vida. Vida cultural, capitaneada por una generación que, por dios, ya no tiene nada que envidiarle a la dichosa movida; vida que, en su aspecto más social, ha despertado el asociacionismo vecinal que agonizó en la época de las vacas gordas.

El Madrid futuro no será olímpico, no tendrá ciudad de la justicia, verá cómo languidecen barrios que fueron creados al albur de la codicia, pero sobrevivirá a la pésima gestión de sus dirigentes. Florecen ya pequeños comercios que buscan la autenticidad de los que cerraron, abundan movimientos artísticos que generan a la semana una singular agenda del off-Madrid. Todo está bullendo como siempre en esta ciudad que vibra al margen de los políticos y analistas. A los novelistas y a los cronistas, al menos, no nos ha de faltar trabajo, porque si el relato necesita conflicto, tensión, esto es una perita en dulce.

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