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El incorregible Ernesto

La expareja de Carolina de Mónaco empezó a los 15 años sus primeros ensayos como príncipe rebelde, ahora pasa un mes disfrutando de Ibiza

Ernesto de Hannover durante el verano de 2011 en la isla. Ampliar foto
Ernesto de Hannover durante el verano de 2011 en la isla. Europa Press

Cuando Ernesto Augusto IV murió en 1987 ya sabía que su primogénito varón, Ernesto, no iba a ser el fiel reflejo del protocolo aristocrático. A los 15 años, mientras estudiaba en Alemania, formó parte de un grupo aficionado al rock; durante aquellos meses la policía le retiró el carné de moto por estar involucrado en un accidente. Algo que estuvo a punto de volver a repetirse hace unos días en Ibiza, donde el primo de la Reina Sofía pasa un mes haciendo lo que más estamos acostumbrados a ver: disfrutar de la vida. Tabaco, alcohol, comidas y sobremesas que se alargan hasta el siguiente amanecer. Sol y mar en la pitiusa: la isla del dinero y de la fiesta, el mejor entorno para un hedonista convencido.

Sus primeros días no fueron todo lo privados que él podía esperar después de haber pasado meses alejado del zoom de cualquier fotógrafo. El primer miércoles de julio la prensa rosa lo encontró cuando atracaba junto a unos amigos en Cala Jondal. Habían dejado un barco cerca de la costa y se acercaban a tierra en lancha para ir a un restaurante de uno de los rincones más populares entre los yates ibicencos. Junto a él viajaban unos amigos, entre ellos una joven que, según las especulaciones de las revistas, parece más cercana al aristócrata que el resto de sus acompañantes.

Días después, el pasado viernes 14 de julio, Ernesto de Hannover comía en un restaurante con su inseparable en la isla, Jorge Montojo. El ibicenco, de carácter similar al del jefe de la Casa de Hannover, se pincela en la descripción de su blog, La danza de Bes. “Vivan el tabaco, el alcohol y la saliva de las hurís que pueden endulzar el océano”. Montojo, íntimo y protector amigo del güelfo, protesta por las “hordas” de paparazzis que estuvieron a punto de provocar un accidente.

"Si te persiguen de tal manera han perdido todo su derecho a informar y son una mancha para la profesión periodística" dice Montojo

Hannover y Montojo salieron sobre las cinco de la tarde del restaurante en Sant Antoni de Portmany. Pasaron por una farmacia y por un estanco para comprar puros en Can Graó, en San José; y se dirigieron a un local de moda reconocido por la buena mezcla de sus mojitos. Al salir de allí, camisas abiertas por cuatro botones, se montaron en el coche. Ernesto de Hannover como copiloto, sacó las piernas cruzadas por la ventanilla y empezó la persecución de los paparazi, que adelantaron al vehículo y lo hicieron derrapar. Según Montojo eran dos coches y una motocicleta. Cuenta que aceleró y los fotógrafos “empezaron una persecución que ponía en serio peligro la seguridad vial”. Intentó despistarlos entrando en una casa aislada, y el que circulaba en moto se metió hasta allí. Montojo, hastiado, le instó a que se marchara: “esto ha acabado, estáis descubiertos y lo que hacéis es un delito criminal”.

Los dos amigos siguieron su camino. Pero la caza no terminó ahí. Volvieron los coches y la moto y comenzaron a hacer adelantamientos “suicidas”. El ibicenco ya no pudo aguantar más, frenó y se bajó, junto al aristócrata: “¡Seguidme hasta la policía! Ahí podréis sacar más fotos. Sois un peligro y os voy a denunciar”. Para cuando quisieron darse cuenta, los fotógrafos ya habían disparado varias instantáneas. Volvieron a subirse al coche y desaparecieron en un coto de caza. “Luego publicaron que intentábamos agredir a unos turistas”. Para Montojo nada de aquello era necesario. “Semejante acoso es peligroso y supone un delito. Si te persiguen de tal manera han perdido todo su derecho a informar y son una mancha para la profesión periodística que, dicho sea de paso, les desprecia y considera una panda de criminales”.

Situaciones como esta son, según algunos de sus amigos, alguna de las razones de su distancia continuada con Carolina de Mónaco, que tenía previsto pasar unos días en Ibiza. Todavía no ha llegado. Tampoco se acercó a la isla la última vez que Ernesto estuvo allí, en julio de 2011, cuando en medio de sus vacaciones fue ingresado durante varios días por una infección abdominal en la Policlínica Nuestra Señora del Rosario de la isla. En aquel momento también veraneaba con otra mujer, Simona, en una mansión de unos amigos en la zona de San José. Aquellas fotos recorrieron los quioscos de toda la península. Desde aquel momento apenas ha participado en la vida social: hasta ahora con su retorno al mediterráneo. Las dos veces que a Ernesto le han sorprendido problemas de salud ha pasado un tiempo alejado de las habituales portadas amarillistas que protagoniza. En 2005, cuando fue diagnosticado con una pancreatitis aguda, también pasó un tiempo en el que aseguró que a partir de ese momento se tomaría la vida de otra manera.

Carolina de Mónaco y Ernesto Augusto de Hannover, el día de su boda. ampliar foto
Carolina de Mónaco y Ernesto Augusto de Hannover, el día de su boda. EPA

A punto de cumplir los 60, Ernesto no ha cambiado sino que ha ido acentuando con la edad su afición por los momentos poco principescos. Ya en 1981 su padre derogó la ley de matrimonios iguales que caracterizaba a la dinastía Hannover por la que el matrimonio del heredero debía ser con alguien de sangre azul. La razón fue el primogénito quería casarse con la hija de un multimillonario arquitecto suizo, Chantal Hochuli. En 1988 su hermano, Luis Rodolfo de Hannover, se suicidó al descubrir el cadáver de la condesa Isabel de Thurn, su esposa, que había muerto por sobredosis. Chantal Hochuli estuvo a su lado en aquel durísimo momento y hasta nueve años después, cuando los rumores empezaron a crecer en torno a su relación con Carolina de Mónaco, amiga de ambos. La prensa los captó juntos en Nueva York, Londres, Oriente… En 1997 Chantal le interpuso una demanda de divorcio por tener una relación con otra mujer, de la que no se dijo el nombre. Su relación con la monegasca era un hecho.

Empezó entonces a descubrirse el tridente de la personalidad del güelfo que las portadas más han explotado: beber, orinar y pelear. Hasta ese momento, Ernesto de Hannover había disfrutado del anonimato y Carolina de Mónaco de la tranquilidad. Se le acabó pronto. Apenas unos meses antes del enlace con la monegasca, Ernesto protagonizó el más famoso de sus momentos, el paraguazo a un cámara alemán que le costó más de 50.000 euros y dar la vuelta al mundo vía internet y programas televisivos. Aún hoy aparece de vez en cuando en algún que otro zapping. En 1999 se casó con la hija de Grace Kelly, embarazada ya de su único descendiente común: Alejandra Hannover Grimaldi. La joven, que cumplió 14 años el pasado 20 de julio, ha crecido mientras su padre copaba cientos de portadas amarillistas a causa de sus marcadas ausencias – en el funeral de su suegro Rainiero por una pancreatitis, en la boda de los Príncipes de Asturias o en la de su cuñado Alberto de Mónaco– y multas por agresión o conducta impropia: insultos y patadas a una periodista durante los festivales estivales de 1999 en Salzburgo, puñetazos al propietario de una discoteca en Kenia por tener la música demasiado alta, orinar en la pared del pabellón turco de la muestra universal Hannover 2000, amenazar a una redactora jefe del Bild por publicar las fotos de la evacuación en cuestión o conducir por carreteras francesas a más de 200 kilómetros por hora.

Casi el millón que ha gastado en pago de esas denuncias no han hecho gran mella en el patrimonio. En 2011, Sotheby’s puso en marcha la mayor subasta de su historia con lo que Hannover había sacado de los sótanos del germano castillo de Ahlden, en Celle. Los huecos que no usa aprovechando al máximo la vida los invierte en el cine documental –lo ha convertido en profesión–, diversos negocios y la gestión de su patrimonio.

Nobleza obliga es una de las canciones que un grupo punk le dedicó a Ernesto de Hannover

A alguien que, hipotéticamente, podría estar reinando actualmente en Inglaterra, la vida no le ha hecho precisamente reverencias reales. Sus amigos dicen que fue la presión de los medios de comunicación lo que le llevó a beber y cambiar su actitud. Tiene muchos detractores, pero también partidarios: Nobleza obliga es una de las canciones que uno de los grupos punk, fans del aristócrata, le ha dedicado.

Ernesto de Hannover parece estar contribuyendo a la maldición monegasca que una gitana echó a un antepasado de Carolina: ningún miembro de la familia tendrá estabilidad emocional si se casa antes de los 50. Hasta el momento se ha cumplido para todos los miembros de la familia, incluso para Alberto, que se casó pasada la cincuentena. Carolina de Mónaco hizo todo lo posible para que funcionara y Hannover dejara su afición por los excesos. No fue suficiente, y después de ver las fotos de su marido con otra mujer en las playas de Tailandia en 2010, decidió poner tierra de por medio y marcharse a Mónaco con la pequeña Alejandra. Desde entonces el divorcio planea sobre los titulares de toda la prensa rosa, pero hasta ahora, si ha ocurrido, no se ha hecho oficial.

Mientras, Ernesto sigue su tradicional verano en Ibiza, en la casa de su amigo Jorge Montojo, en la zona de Po Roig. Algunas noches como invitado especial en el gigante Ushüaia, y otras de fiesta en algún yate privado. Consume las noches hasta los huesos, sabiendo que en pocos días tendrá que despedirse de la isla. El bullicio es causa de su sangre azul, cualquier otro playero en Ibiza pasa desapercibido.

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