LA CUARTA PÁGINATribuna
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Hacia el lento entierro de hábitos caducos

Eugenio Trías intervino con frecuencia en el debate público con ideas originales. Frente a los políticos, sostenía que son las minorías globales que defienden ideas a contracorriente las que realizan los verdaderos cambios

RAQUEL MARÍN

 Hace unos días el pensamiento mundial en lengua española ha tenido una pérdida irreparable. Eugenio Trías es, para gran parte de la crítica, el principal pensador español contemporáneo que ha dejado como legado un sistema filosófico exhaustivo al tiempo que original hasta extremos inusitados; portador, ciertamente, de lo que más adolece el contexto actual: innovación.

Dentro de su abrumadora producción hay un ámbito deficientemente conocido: su pensamiento político. Esto se debe a que los numerosísimos textos que consagró, a lo largo de cuatro décadas, a lo cívico son los más sintéticos de su obra.

En todo caso, alguien que militó en el partido comunista, que fue —como él mismo escribe— “un convencido antifranquista”, que reivindicó no hace mucho la vigencia de la filosofía de Marx y que denunció las guerras neoconservadoras en Oriente Próximo y que, al tiempo, apoyó en algunas épocas al Partido Popular o escribió en la prensa conservadora es imposible de ser definido mediante alguna categoría política; mucho menos, partidista.

Voy a intentar realizar, sin embargo, un esbozo sumario, pero lo más fiel posible, de algunas de sus ideas políticas más relevantes.

Trías sostiene que la intervención del intelectual en el debate político debe consistir en introducir inoportunidades con respecto de lo que, en cada contexto de acontecimientos, se tiene por lo oportuno. Su propio método de hacerlo era genuino: realizaba, por escrito, intervenciones puntuales pero muy elocuentes, para enseguida replegarse de nuevo a la meditación filosófica a la espera de otra ocasión propicia para la reflexión pública.

Pragmatismo, nacionalismos y la España de las ciudades. Trías entiende que la democracia va más allá de una mera forma política; la concibe como un modo de vida, una ética. Piensa que en los asuntos políticos el ciudadano no debe elegir tanto por convicciones cuanto por responsabilidad; esto es, respondiendo de un modo plenamente libre y personal a las exigencias que cada situación le demanda o alude. A modo de ejemplo, solía abogar por el voto útil como la decisión más objetiva del elector, es decir, por aquella apuesta electoral que, lejos de ser tributaria de ideologías subjetivas, mejor contribuye, a juicio de la persona, al bien común en cada contexto determinado. Los que conocen bien su obra saben que esta prescripción es del todo ajena a cualquier tipo de pragmatismo o cortoplacismo coyuntural: “La paradoja de la inteligencia y de sus frutos radica”, sostiene, “en que solo si aquella se ejerce sin horizonte pragmático acaba produciendo frutos que a la larga tienen uso social y capacidad de transformar el mundo”.

El ciudadano no debe elegir por convicciones sino siendo responsable ante cada situación

La idea de nación es para él un concepto sencillamente obsoleto. Confiesa que no sabe si España es o no una nación, y si Cataluña, el País Vasco o Galicia son nación o nacionalidad, por cuanto cree que la solución a este problema no reside ahí, sino en un constitucionalismo que no se base en hechos diferenciales nacionales, históricos o lingüísticos sino que emane de la voluntad de los habitantes de las ciudades y municipios, conformadores de realidades cívicas y sociales propias.

Frente a la solución del Estado de las autonomías o las múltiples variantes federalistas o confederalistas, propone una España de las ciudades, un país configurado por redes urbanas vigorosas que sean la encarnación de la conciencia cívica institucionalizada en el poder municipal democrático. Sueña con una España con multicapitalidad, donde cada una de las ciudades-fuerza aporte sus mejores virtudes o especialidades en los múltiples sectores y ámbitos.

Otorga un enorme valor a los medios de comunicación como instrumentos para propiciar salud democrática. Entiende que la forma más eficaz de evitar que los intereses de los grandes partidos monopolicen el espacio público es que los medios de comunicación atiendan más a las preocupaciones cotidianas al tiempo que a cuestiones de índole cultural, científica y filosófica.

Repensar la política. Su filosofía política se funda en la reformulación de las cuatro grandes ideas que, a su juicio, han aparecido en la historia del pensamiento político. La primera, que entiende como causa final de nuestra conducta, es la felicidad (la buena vida de los griegos). La concibe como resultado de ajustar nuestras vidas a la condición más humana de cuantas son posibles: la medianía entre los excesos (que denunciaba como sobrevalorados en nuestra sociedad) y las insuficiencias de lo empírico, material y matricial. Recuerda que la acción política debe enfocar toda su atención a generar este valor: la búsqueda de la felicidad en los ciudadanos.

La segunda gran idea que repiensa es la libertad. Insiste en que no se debe confundir con modernidad sino que se tiene que identificar con responsabilidad, pero no entendiendo esta como la necesaria condición para el ejercicio de la libertad sino como coincidente con esta. La libertad de cada persona la define como su capacidad de responder lingüísticamente a lo que cada situación le propone, demanda, exige o impele. La tercera idea central es la justicia, y la redefine como la mediación entre lo singular (la persona) y lo universal (lo común): hay justicia allá donde se consiga recrear lo cívico en la individualidad. El poder político debe ser, entonces, la potencia (puissance) —en ningún caso, dominio o dominación (pouvoir)— de generar tal recreación.

Denunció tanto el casino financiero global como el santuario provinciano particular

Pero Trías no cesa de recordar que todas las grandes ideas arrojan sombras. La seguridad es el concepto-sombra de estas tres ideas centrales. Amenaza siempre con tornarse en el máximo valor de la acción política. Cuando lo hace, acaba generando, paradójicamente, gran inseguridad y lesiona fuertemente la felicidad, la libertad y la justicia. Eso lo dijo bellamente un lustro antes de estallar la presente crisis económica; hoy casi todos los analistas coinciden en que fueron las ansias de asegurar el crecimiento económico las que propiciaron la catástrofe actual.

La crisis actual. A finales de los noventa criticó públicamente la cultura del pelotazo que empezaba a emerger en nuestro país y advertía sobre los peligros desmesurados (hybris) que conlleva el culto al dinero y al éxito fácil conseguidos por medio de la especulación económica y financiera.

Denunció tanto el casino financiero global como el santuario provinciano particular. Solo la intelección puede, a su juicio, sanar o contrarrestar esa cultura de la especulación.

Entiende que la forma de acometer cambios en la sociedad no es por medio de los políticos; en estos veía limitaciones muy grandes, y sus deficiencias, corrupciones y perversiones las atribuía a la propia sociedad de donde surgen. Años antes del auge de las redes sociales, sostuvo que “se está gestando una incipiente civilización de la inteligencia y del conocimiento”. Se refiere a las minorías globales. Justificó su convencimiento de que es la sociedad civil la que puede mejorar el mundo por disponer de un instrumento poderoso: las minorías globales, es decir, ciudadanos de distintos lugares del planeta, fuertemente valedoras, a contracorriente, de una idea o vocación minoritaria. Una minoría global es, por lo tanto, un sector social no mayoritario —bien que con tendencia a ser cada vez más numeroso, especialmente entre clases medias instruidas—, pero presente en muchas partes del mundo, y que apuesta por temas de imposible generalización colectiva, pero de gran predicamento entre tales seguidores apasionados. Son estos los que, para Trías, contribuyen cada día al lento entierro de hábitos caducos.

Arash Arjomandi es director de Erasmus Ediciones y discípulo de Eugenio Trías.

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