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De chico bueno a problemático adulto

La muerte de un fotógrafo alimenta la nueva imagen de Justin Bieber

Tom C. Avendaño
Justin Bieber y el pequeño Chris Paul II, hijo del jugador de Los Ángeles Clippers Chris Paul, en un partido de baloncesto en Los Ángeles.
Justin Bieber y el pequeño Chris Paul II, hijo del jugador de Los Ángeles Clippers Chris Paul, en un partido de baloncesto en Los Ángeles.MICHAEL NELSON (EFE)

Cuando, en noviembre de 2011, una mujer llamada Mariah Yeater denunció a Justin Bieber reclamándole la paternidad del hijo que iba a dar a luz y, de paso, una manutención multimillonaria, la broma más repetida por famosos en Twitter fue: “Felicidades por haber perdido la virginidad jurídica”. Poco más de un año después, el chiste casi parece premonitorio. El Justin Bieber menor de edad de aquella época, el chico bueno de flequillo al que solo una argucia chapucera como la de Yeater podía llevarle ante la autoridad, se ha tornado en un problemático adulto legal con tupé, aires de malote pagador de multas y repetidamente denunciado por altercados. De tal forma que la muerte, esta semana, de un paparazzo que intentaba robarle un par de fotografías a su Ferrari no desentona con el tipo de titulares que se ha acostumbrado a generar.

Por ejemplo, su denuncia más sonada: el altercado con un paparazzi que le seguía, a él y a su novia Selena Gomez por el barrio de Calabasas (Los Ángeles) y al que Bieber golpeó en la cara con tal entrega que su zapato salió disparado. Lo cual pasaría por defensa propia ante el acoso de los paparazzi si el propio cantante no alimentara esa imagen de chico malo cada vez que puede. Una cosa es que este joven blanco y rico de Ontario (Canadá) vista con ropa ancha de rapero de barrio. Otra, su hábito de conducir a 160 kilómetros por hora (Dennis Zane, edil del ayuntamiento de Los Ángeles, ha pedido que sea detenido, no solo mutado) a bordo de esa carta de amor a la estética macarra que es el Fisker Karma de 110.000 dólares que le regaló su manager y que él tuneó hasta lo ilegal, cubriéndolo de cromo cegador y poniéndole luces púrpuras. O el saludar a Obama con un “qué pasa, colega” como en diciembre de 2011 o recibir al primer ministro de Canadá, Stephen Harper, en peto. Según The New Yorker, también peca de golpear en la entrepierna a quien tenga a mano cuando se aburre.

Quizá esto sea una triste muestra de la verdadera naturaleza del hombre cuando tiene juventud, dinero y gloria a la vez. O tal vez sean sus nuevas compañías, raperos chulescos profesionales como Kanye West o Big Sean con los que se ha venido juntando desde que triunfó en la música a los 16 años. O sencillamente, que Justin Bieber quiere ser así y nada le impide serlo. Como explicó en mayo a la televisión sueca, acusado de fanfarrón por haber contado que escribió uno de sus singles “en un país cualquiera” antes de que un miembro de su equipo aclarara, apurado, que se trataba de Indonesia: “Tengo 18 años. Me toca equivocarme y aprender”.

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Sobre la firma

Tom C. Avendaño
Subdirector de la revista ICON. Publica en EL PAÍS desde 2010, cuando escribió, además de en el diario, en EL PAÍS SEMANAL o El Viajero, antes de formar parte del equipo fundador de ICON. Trabajó tres años en la redacción de EL PAÍS Brasil y, al volver a España, se incorporó a la sección de Cultura como responsable del área de Televisión.

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