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Maurice Béjart y el precio de la pasión

Dinamitó el elitismo de la danza, la quiso popular, y no pudo hallar el amor fuera de ella

Veinticinco años después, el Béjart Ballet Lausanne lucha por mantener a flote la obstinación de su malogrado fundador

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Maurice Béjart, junto al que fuera su gran amor, el bailarín Jorge Donn, durante los ensayos del ballet Nijinsky, Clown de Dios en 1972. GETTY

Es 1963, es el imponente teatro Colón, es Buenos Aires y es la primera vez que el Ballet del Siglo XX, la compañía de Maurice Béjart, sale de gira fuera de Europa. Acaba de terminar el espectáculo y un muchacho corre para alcanzar a su ídolo, Béjart. Tiene 16 años, el cuerpo delgado y recto, la ternura en el rostro, los nervios alterados. Le pide permiso para asistir a una de sus clases y el maestro francés acepta. Tras la lección, le espeta:

–Quiero irme con usted para ser parte del ballet.

–Estamos completos. Además, eres demasiado joven.

Jorge Donn no hace caso: ya ha comprado un billete de barco –solo de ida– hacia El Havre, en la costa noroeste de Francia. Tres meses después ya está en las clases de Béjart. Uno de los bailarines de la compañía se enferma y él entra a sustituirlo.

“Casi siempre he amado a bailarines", confesó en una autobiografía. "No podría amar fuera de mi oficio”.

Monsieur Béjart está encantado con los progresos del debutante. Se inspira en él para crear nuevas coreografías. ¡Las hace especialmente para él! Es que hay algo más. “Casi siempre he amado a bailarines. No podría amar fuera de mi oficio”, contaba en su autobiografía Un instante en la vida ajena (Emecé, Buenos Aires, 1982). “En el amor quiero identificarme y me identifico más total y más gozosamente con un varón que con una chica. Entre los 20 y los 25 años he compartido la vida y las noches con algunas mujeres. Pero la mujer, que tiene genio organizador (no me disgustaría que todos los jefes de Estado fueran mujeres), no ha tenido jamás ante mis ojos los mismos dones de delirio inconsciente, ni el sentido de juego que tienen los hombres. Lo digo porque lo pienso así”. Béjart está enamorado. Apasionado (“no habría que tener amores, habría que tener solo pasiones”).

El éxtasis pasional llega en 1979 cuando Jorge Donn interpreta por primera vez el Bolero de Ravel. Jorge baila poseído por la música. Y cuando baila, desnuda, viola y devora. Es sensualidad. Y dinamita.

Llegará el día, sin embargo, en que comiencen a distanciarse. Se echarán de menos, pero nada volverá a ser igual. Jorge Donn enfermará de sida, morirá en 1992, y el brillo de los ojos de Béjart se opacará.

Aquejado por problemas cardiacos y renales, el coreógrafo murió en el Hospital Universitario de Lausanne 15 años después, la madrugada del jueves 22 de noviembre de 2007. Tenía 80 años. Pero, ya se sabe, el espectáculo debe continuar. Así que el Béjart Ballet Lausanne, la última compañía que fundó, debía esforzarse por crear cosas nuevas basándose en el estilo del maestro. “Pase lo que pase, no mires atrás. Avanza”, le dijo Béjart a Gil Roman, quien de inmediato tomó la estafeta para dirigir la compañía.

Gil Roman entró como bailarín en el ya extinto Ballet del Siglo XX en 1979 y acabó siendo la mano derecha del maestro. Como director, su esfuerzo se centra en hacer que perduren los pasos de las coreografías de Béjart. Y, sobre todo, su filosofía.

Y el eco de su memoria. La de ese niño a un extremo del parco estudio de danza que ha comenzado a adquirir disciplina y a trabajar sus débiles músculos. Hasta hace poco, el pequeño Maurice Jean Berger (Marsella, 1927) hacía gimnasia. No podía permanecer sin realizar alguna actividad física, se lo había advertido el médico, y le pidió a su padre que lo dejara ir a clases de baile. En la sexta planta de ese edificio ruinoso, cerca del Puerto Viejo marsellés, todavía no lo sabe, pero no tardará mucho en cambiar de apellidos, en irse a Vichy y luego a París para aprender. Después montará decenas de coreografías y con ellas recorrerá buena parte del mundo, echará a andar dos escuelas y la gente lo aclamará.

Todavía no lo sabe, porque ahora Maurice es un adolescente, su madre murió cuando él tenía siete años, el mundo está en guerra, su padre, Gastón Berger –filósofo y, luego, dueño de una fábrica de fertilizantes–, se ha ido como voluntario a la Resistencia francesa, y en la ventana de su casa, el chico tiene una cuerda para huir del peligro. ¿Cómo pensar ahora en la gloria?

“Entre los 20 y los 25 años he compartido la vida y las noches con algunas mujeres", escribió. "En el amor quiero identificarme y me identifico más total y más gozosamente con un varón que con una chica”­­­

El rostro es felino. Los ojos, azules, cautivadores. Las cejas, luciferinas. La nariz, aguileña. La barba, de candado. El rostro de Maurice adquiere matices icónicos, como programado para mutar a conciencia en la leyenda de la danza contemporánea en que se convertiría. Uno entre los genios de la danza mundial, como Pina Bausch, Merce Cunningham o Martha Graham. Ahora se pasea con chaqueta de cuero y pañuelos rojos en torno al cuello por las principales ciudades de Europa. Llega con la troupe del Ballet del Siglo XX, toma la vida y la tira sobre el escenario.

Después de su debut en Vichy comenzó a sentirse artista y se rebautizó Béjart, como la esposa de su admirado Molière. Maurice Béjart. Se fue a París en busca de los mejores maestros, los mejores teatros para poder crear su propia compañía. En 1955 estrenó Sinfonía para un hombre solo y rompió los esquemas. Inventó su propio universo sonoro para evocar la soledad, el amor y a los otros. Revolucionó el vestuario para acercar los bailarines al público. Más tarde, experimentaría con música de Queen, con ropa de Gianni Versace. Quería “simplificar y limpiar la danza; redescubrir y vivificar la tradición coreográfica universal: que la gente vea una danza y proyecte en ella su propia vida”, escribió. “La danza permite mezclar un placer estético, un placer dinámico y un placer emocional; con un mínimo de explicaciones, un mínimo de anécdotas y un máximo de sensaciones”.

Gracias a Béjart, la danza ya es para todos y no para una élite. Por eso, también, funda escuelas con nombres alusivos a la religión hindú y los ademanes para la meditación (primero, Mudra, y luego, Rudra). Pero en París se siente incomprendido: los críticos hacen “artículos escasos y despiadados”, las autoridades le retiran cada vez más los apoyos económicos y promocionales para su compañía. Y se va a Bruselas. Pero luego, en 1987, tiene serias desavenencias con los directivos del teatro de La Moneda y decide trasladarse a Lausanne, en las colinas de la meseta norte de Suiza, en la ribera del lago Léman. “Disuelve”, entonces, el Ballet del Siglo XX y surge el Béjart Ballet Lausanne. Veinticinco años después, su pasión permanece viva en la compañía que le inmortaliza y sobrevive.

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