Elon Musk retira la oferta de compra por Twitter

El magnate da por concluida la operación alegando diversas violaciones al acuerdo de adquisición. La tecnológica anuncia que recurrirá a los tribunales

Elon Musk, en mayo de 2021, en una visita a la planta de Tesla a las afueras de Berlín, Alemania.
Elon Musk, en mayo de 2021, en una visita a la planta de Tesla a las afueras de Berlín, Alemania.picture alliance (Getty Images)

Elon Musk levanta de la mesa su oferta de compra por Twitter. El magnate, que agitó a Silicon Valley ofreciendo 44.000 millones de dólares por la red social, cambia de opinión alegando que se han producido varias violaciones al acuerdo de adquisición, según ha informado este viernes la agencia Reuters. Es el final de un culebrón que se ha extendido durante tres meses, un tiempo en el que ha despertado muchísimo interés la posibilidad de que el hombre más rico del mundo se convirtiera además en un barón digital equipado de un altavoz que habría multiplicado su capacidad de influir en la opinión pública mundial. La tecnológica ha respondido con una amenaza de recurrir la decisión de Musk ante los tribunales.

La ruptura del acuerdo, que en teoría supondrá para Musk un desembolso de 1.000 millones de dólares por incumplir lo pactado, no es una sorpresa total. Con el paso de los meses, la operación se volvió cada vez más improbable a ojos de los expertos, que vieron en el ambiente muchos signos que ponían en duda que Musk cumpliera con el pago de 54,20 dólares por título. La cifra de usuarios falsos presentes en Twitter se erigió como el principal escollo que terminó por dividir los caminos entre las partes. El dueño de Tesla exigía que estos fueran menos del 5% de los usuarios totales. Cuando recibió los datos de la cúpula de Twitter, no creyó en la información.

El futuro de la operación parece ahora destinada a los tribunales. Bret Taylor, presidente de Twitter, ha asegurado en la red social que están “comprometidos a cerrar la transacción” en el precio y los términos que fueron pactados desde el 13 de abril, cuando Musk comunicó a sus interlocutores la intención de comprar la empresa. “Planeamos una acción legal para ejecutar el acuerdo de fusión. Confiamos en prevalecer en el tribunal de equidad de Delaware”, escribió Taylor en referencia a una muy recurrida corte que resuelve disputas internas de las corporaciones radicadas en el Estado del este de Estados Unidos, un destino popular por sus laxas regulaciones tributarias.

Este mismo jueves llegaron nuevas señales que disminuían las posibilidades de éxito de la operación. The Washington Post afirmaba en una exclusiva que gente cercana a Musk rechazaba el número de cuentas de spam proporcionado por Twitter, un factor clave para medir las posibilidades de monetización de la red social. La empresa de San Francisco, sin embargo, había defendido sus números, asegurando en una llamada con varios periodistas que los bots son menos del 5% de los usuarios diarios. El magnate, en cambio, estima que las cuentas de spam se acercan al 20% de la comunidad.

Los asesores del empresario creen que las cifras entregadas por Twitter no son verificables. La tecnológica ha asegurado que sería muy difícil para un auditor externo corroborar el número dado a Musk. Esta, argumentan, se desprende de información privada de los usuarios y que Twitter no comparte: direcciones de IP, datos de geolocalización e información de contacto como son números móviles o direcciones de correo.

Las acciones de Twitter han reaccionado a la decisión de Musk de romper el acuerdo con caídas del 6% en las operaciones posteriores al cierre de mercado. La compañía había resistido mejor que sus pares la crisis bursátil de los últimos meses: en lo que va de año se deja un 13% de su valor, la mitad que el índice tecnológico Nasdaq, pero ahora está por ver cuánto le penalizará la espantada de Musk.

El culebrón comenzó con solo cuatro palabras vertidas, precisamente, en Twitter. “He hecho una oferta”, escribió Musk el 14 de abril. Al escueto mensaje venía el documento que había sido presentado ante el regulador para hacerse con la empresa fundada en San Francisco. La compra fue un as bajo la manga que el magnate se había guardado. Días antes, el empresario había anunciado que había adquirido el 9,2% de los títulos de la empresa.

Con esa compra, Musk se convirtió en el mayor accionista. El perfil del empresario hizo saltar las alarmas. En las siguientes horas, el consejo maniobró con una estrategia para evitar que se hiciera por las malas de la compañía y que no pasara de hacerse con el 15% de la propiedad. Para controlarlo, la cúpula amplió el consejo con un asiento que se le ofreció a Musk.

El visionario hombre de negocios cambió de opinión y rechazó entrar al consejo. En cambio, decidió redoblar la apuesta haciendo la oferta de adquisición y prometiendo sacarla de Bolsa para hacerla privada. Musk encontró al interior de la compañía un respaldo muy importante. Jack Dorsey, uno de los fundadores de la tecnológica y su consejero delegado hasta noviembre, le dio la bienvenida y lo respaldó como la guía que necesitaba la red social para dejar de seguir los designios de Wall Street.

Aquello fue el inicio de un proceso en el que deshojó la margarita. La primera señal en serio llegó a mediados de mayo, cuando Musk anunció que paralizaba la compra de forma temporal “a la espera de detalles que respalden el cálculo de que las cuentas falsas o de spam realmente representan el 5% de los usuarios”.

Desde entonces, ese ha sido el principal tema contencioso entre las partes. O al menos lo ha sido públicamente. Esto a pesar de que Twitter, una vez que el consejo dio luz verde a la compra, ha mostrado en todo momento la disposición de llevar el acuerdo a buen puerto. Esto a pesar de un entorno económico poco promisorio para los negocios, con la presión inflacionaria más alta en décadas y la amenaza de una recesión que ha hecho especular al propio Musk con masivos recortes en sus empresas.

Sobre la firma

Luis Pablo Beauregard

Es uno de los corresponsales de EL PAÍS en EE UU, donde cubre migración, cambio climático, cultura y política. Antes se desempeñó como redactor jefe del diario en la redacción de Ciudad de México, de donde es originario. Estudió Comunicación en la Universidad Iberoamericana y el Máster de Periodismo de EL PAÍS. Vive en Los Ángeles, California.

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