El coronavirus pone a prueba a una OPEP en apuros

El cartel del petróleo, que esta semana anunciará nuevos recortes de producción para frenar la sangría de precios, se enfrenta a la amenaza de que la epidemia golpee con fuerza la demanda

Pozos de petróleo en la localidad texana de Midland, Estados Unidos.
Pozos de petróleo en la localidad texana de Midland, Estados Unidos.Nick Oxford / Reuters

La OPEP ha perdido la magia. En el retrovisor quedan ya los años en los que la Organización de Países Exportadores de Petróleo manejaba prácticamente a su antojo el precio del crudo. Hoy, aunque el cartel sigue siendo un actor clave en el mercado petrolero global, su capacidad de maniobra se ha desinflado: no es, ni de lejos, el monopolio que fue. La irrupción de nuevos actores en el mercado, con Estados Unidos al frente —gracias al auge del fracking—, pero también con otros nuevos que pujan con fuerza, como Canadá, Brasil, Noruega y, más recientemente, la pequeña Guyana, han diluido su poder, inyectado más y más oferta cada año y presionado los precios a la baja. Ante esta revolución del sector, la OPEP ha optado por una estrategia unidireccional: recortar la producción para tratar de relanzar los precios. Pero su efectividad empieza a estar en entredicho: la última vez que optó por cerrar aún más el grifo fue en diciembre del año pasado y sus efectos ya se han diluido casi por completo por el efecto del coronavirus. La próxima semana tendrá una nueva prueba de fuego.

“La OPEP enfrenta el desafío más importante de su existencia para mantenerse como un actor verdaderamente relevante”, apunta sin titubear René Ortiz, secretario general del cartel en los años ochenta. “Y va perdiendo la batalla”. El sector petrolero ha cambiado radicalmente en poco más que un abrir y cerrar de ojos. “Hace menos de dos décadas solo había 15 o 20 países productores en todo el mundo y EE UU era un gran importador. Hoy, hay más de 50 y EE UU es un gran exportador”, recuerda Ortiz por teléfono. En los últimos años esa dinámica se ha acelerado, generando, además, un auténtico trasvase del lado de la oferta: mientras EE UU engordaba su cuota de mercado sin apenas resistencia, el otrora selecto club de países exportadores ha visto como sus bombeos regresaban a niveles de 2009, cuando la Gran Recesión tenía maniatado el consumo. El trozo del pastel de la OPEP a duras penas supera ahora el 30%, diez puntos menos que hace una década.

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El último obstáculo para el grupo liderado de facto por Arabia Saudí, y que cuenta entre sus filas a productores de la talla de Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irán o Venezuela, tiene nombre y apellidos: coronavirus SARS-CoV-2. El miedo a una pandemia global ha traído de vuelta los peores fantasmas, borrando del mapa la buena noticia que suponía la distensión comercial entre EE UU y China: el temor a que la epidemia paralizase la economía del gigante asiático —el segundo mayor consumidor de crudo del mundo, con casi 14 millones de barriles al día (más de lo que produce Arabia Saudí)— se ha tornado en una realidad. El virus ya está zarandeando la economía y los mercados, y el petróleo paga los platos rotos.

Cuarentena en China

Con China inmersa en lo más parecido a una cuarentena colectiva y la industria manufacturera en mínimos históricos, la parálisis del consumo local de crudo ha llenado hasta los topes sus tanques de almacenamiento, dejando varados o en busca de otros destinos a decenas de buques petroleros que se dirigían a las costas del país asiático en las últimas semanas, informa Reuters. La reacción del mercado ha sido la esperada: el barril de Brent —el índice de referencia en Europa— ha pasado de 70 a 50 dólares, desafiando todas las previsiones para el año, poniendo en jaque a países tan dependientes del petróleo como los que forman la OPEP y dejando en agua de borrajas el último recorte de oferta decretado por el cartel, a finales de 2019. Es el cisne negro de 2020 y afecta, en primera instancia, a Asia que es, precisamente, el continente en el que están sus mayores clientes.

Ante la depresión en la que ha entrado el mercado petrolero, la OPEP+ —el ente de países exportadores más su principal socio externo, Rusia, que se ha sumado a la política de recortes para sostener el precio en lo que constituye un reconocimiento implícito de debilidad: la OPEP a secas no puede sola— está obligada a mover ficha. Será el jueves y el viernes que viene, cuando los ministros de Energía del grupo se reunirán en Viena para tratar de consensuar un nuevo tijeretazo sobre la oferta. Pero la empresa no será fácil. “Moscú ha empezado a mostrar sus dudas sobre la estrategia y, si finalmente abandonase la OPEP+, algo que no podemos descartar, se hundirían los precios”, completa Ortiz. Aunque cuenten con el visto bueno del cada vez más reticente tercer productor mundial, solo por detrás de EE UU y Arabia Saudí, “tienen poca salida y una perspectiva muy difícil por delante”, completa Mariano Marzo, catedrático de Estratigrafía de la Universidad de Barcelona y consejero independiente de Repsol. “A corto plazo no le queda más remedio que restringir la producción aún más, incluso sabiendo que puede no ser suficiente. Debe mandar un mensaje para mostrar que sigue tiene algo de poder”. El contrapunto lo pone Gonzalo Escribano, del Real Instituto Elcano: “Es cierto que la OPEP ya no tiene el poder de mercado que tenía, sobre todo porque su cuota es menor. Pero, ¿en qué precios estaríamos ahora sin los recortes?”.

La pérdida de peso relativo del cartel, sin embargo, viene de lejos, con un claro punto de inflexión: mediados de la década que toca a su fin, cuando EE UU empezó a ser casi autosuficiente, recuerda Ortiz. El desarrollo de dos tecnologías —la que permitía la explotación de recursos en aguas profundas y, sobre todo, el fracking, que ha multiplicado la producción de crudo en el Estado de Texas, propulsando al país norteamericano al cetro mundial y provocando un exceso de oferta— relanzó a EE UU y diluyó, año tras año, el poder de la OPEP. Entonces, lo que hizo fue lo contrario que hoy: inundar de petróleo el mercado para hacer bajar los precios y expulsar así a los productores fracking. Pero no lo consiguió: “Al contrario: el fracking se hizo aún más eficiente, capaz de competir con el precio del petróleo en el entorno de los 50 o 60 dólares [los niveles actuales] concentrándose en las áreas más productivas”, apunta Marzo.

Con todo, incluso si los nuevos recortes de la próxima semana —que se esperan de hasta un millón de barriles diarios y que supondría la retirada total de más tres millones, el nivel más alto desde la crisis de 2008— surtiesen el efecto deseado y el coronavirus desapareciese del mapa de riesgos a la misma velocidad a la que ha irrumpido —un extremo harto improbable con la información ahora disponible—, los países del cartel seguirían en problemas: el éxito en la lucha contra el cambio climático depende, sobre todo, de una disminución drástica en el consumo global de crudo. Y menos demanda a largo plazo significa, de nuevo, precios más bajos. “En las próximas décadas la batalla será por deshacerse del petróleo que aún queda bajo tierra o bajo el agua”, zanja Ortiz. La OPEP ha entrado en un laberinto de muy difícil salida.


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