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La Casa Blanca ensalza el comercio sin aranceles

En Washington, la batalla propagandística por el TPP ha comenzado

La Asociación Transpacífica (TPP, en las iniciales inglesas) es más que un tratado comercial al uso. Elimina aranceles y barreras al comercio y a las inversiones en bienes y servicios, pero también regula la propiedad intelectual e incluye normas laborales y medioambientales.

En una conferencia telefónica, esta semana, los negociadores de la Administración Obama invitaron a participar a Kevin Selvy, el director general de la fábrica cervecera Crazy Mountain, de Colorado, en el debate sobre el libre comercio.

Selvy habló de la moda de las cervezas estadounidenses y la comparó con la moda del vino francés en los años setenta. Su problema es que, para vender en los países de Asia y el Pacífico, los aranceles se elevan hasta el 47%, lo que encarece el producto y le resta competividad. La Casa Blanca presentó a Selvy como ejemplo de los beneficios del TPP para las pequeñas y medianas empresas. Con el TPP, pagaría un 0%.

En Washington, la batalla propagandística por el TPP ha comenzado. Por cada Kevin Selvy que esgrime la Casa Blanca, los oponentes del TPP replican las cifras de centenares de miles de empleos perdidos en la industria autóctona y el declive de regiones enteras, como el cinturón del óxido (rust belt).

Obama tiene una ventaja en el proceso de ratificación. En junio obtuvo del Congreso la autoridad para negociar un acuerdo sin que los legisladores pudieran enmendar el texto final. Es el llamado fast track, o vía rápida. Le permite, una vez redactado el texto, ir al Congreso y pedir un voto afirmativo o negativo, sin la posibilidad de que los legisladores lo retoquen. Una mayoría simple es suficiente para aprobarlo.

Teniendo en cuenta los plazos fijados para la publicación del documento y su revisión, el voto no ocurrirá, previsiblemente, hasta 2016. Esto significa que coincidirá con el proceso de primarias y caucus (asambleas electivas) para elegir a los candidatos demócrata y republicano a las presidenciales de noviembre. Es decir, es posible que el TPP se convierta en arma arrojadiza electoral, lo que complica más su aprobación.

El debate sobre el TPP llega en un momento de dudas sobre los beneficios del libre comercio (y el libre mercado). La Gran Recesión y el aumento de las desigualdades contribuyen al escepticismo.

Quedan lejos los noventa, la última época de optimismo económico en Estados Unidos, cuando el presidente Bill Clinton, demócrata como Obama, firmó el acuerdo de libre comercio con México y Canadá. Ahora es la propia mujer de Clinton, Hillary Clinton, aspirante a suceder a Obama, quien se opone al TPP.

Si el voto en Congreso es positivo, Obama se apuntará una última victoria antes de abandonar la Casa Blanca. Un voto negativo será un fracaso para el presidente y puede lastrar la negociación con la Unión Europea del Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP, en sus iniciales inglesas). Los promotores y detractores del TTIP en Europa también de juegan mucho en la discusión de los próximos meses en el Capitolio.

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