Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Tres décadas de banca: crisis, fusiones y luchas de poder

Desde 1985 el sector ha vivido una transformación total. Dos entidades han marcado el devenir de la modernidad: BBVA y Santander, señalan el camino de la internacionalización

Sedes del Banco Santander en Boadilla del Monte y de BBVA. Ampliar foto
Sedes del Banco Santander en Boadilla del Monte y de BBVA.

Retroceder 30 años en el mundo financiero es volver a un tiempo difícil de comprender con los ojos de hoy. Más que tres décadas, parece que hubiera pasado un siglo por lo rudimentarios y básicos que eran sus productos. Como dicen algunos de los ejecutivos que acumulan casi cuatro décadas en el sector, a mediados de los ochenta la cartera de productos para los clientes prácticamente se componía de libretas, depósitos y los primeros créditos personales. “Los clientes empezaban con un banco y seguían con él toda la vida. Poco a poco fueron cambiando, pero no todas las entidades se adaptaron a las transformaciones al mismo ritmo”. El Banco de Bilbao fue, en aquellos años, uno de los más innovadores y de los que más pronto hizo suya la modernización de los usos sociales. Estuvo bajo la batuta de José Ángel Sánchez Asiaín, que contó con Pedro Luis Uriarte como gran discípulo y líder después en el BBVA. El otro banco que ha marcado el devenir del sector ha sido el Santander del fallecido Emilio Botín, que se apoyó en los conocimientos de Alfredo Sáenz para auparse hasta el liderazgo que hoy posee.

Pero el papel de la banca en los años ochenta era el de verdadero lobby de influencia política, que seguía de cerca todos los movimientos del poder en aquellos tiempos convulsos. Buena parte de sus presidentes provenían del viejo régimen y, aunque no se opusieron a la llegada de la democracia, miraban con recelo a las nuevas fuerzas políticas. Quizá por eso, parte del sector financiero temió por su nacionalización cuando gobernó UCD y, sobre todo, cuando llegó Felipe González, con el PSOE, en 1982. Al final, los socialistas no siguieron el ejemplo de Mitterrand que sí nacionalizó su sector financiero con malos resultados, aunque mantuvieron una pujante banca pública, que acabó configurando Argentaria en 1991.

Grupo de presión

Ese grupo de presión se asentaba en las famosas comidas de los siete grandes: los presidentes del Banco Hispano, el Central, Banesto, el Popular, el Bilbao, el Vizcaya, el Santander y, como invitado ocasional, el Banco Exterior, controlado por el Gobierno. Hoy, tras muchas fusiones, esas ocho entidades se agrupan en tres: Santander, BBVA y Popular. Según las clasificaciones de entonces, entre los siete grandes representaban el 66,7% del mercado, lo que refleja la enorme trascendencia de las decisiones que se tomaban sobre remuneraciones de los depósitos, los tipos de los créditos y otros asuntos más delicados, como los préstamos a los partidos políticos. Ahora, las normas más básicas de respeto a la competencia impedirían estas reuniones, pero entonces se asumían como algo natural. No hay que olvidar que no solo eran banqueros, sino también empresarios que controlaban buena parte de las más grandes compañías por lo que su influencia social era enorme. De otra manera, la ascendencia de los banqueros ha seguido hasta nuestros días: Botín ha sido escogido el empresario más influyente cada año durante la última década.

Si en 1986 los llamados siete grandes disponían del 67% del mercado, los tres grupos que permanecen hoy no llegan al 40%

La modernización de la banca se hizo a golpe de crisis, fusiones y luchas de poder donde se impusieron los gestores más audaces o los más arriesgados. El sector llegó a 1985 tras haber sufrido las consecuencias de la crisis del petróleo, que hizo desaparecer 52 de los 106 bancos que había en aquel momento. Fueron años de hiperinflación y paro. Aristóbulo de Juan, entonces al frente de la Inspección del Banco de España, los resume así: “En aquella época los banqueros clásicos no supieron usar la libertad y sus entidades se debilitaron. Los nuevos banqueros miraron más por su propio beneficio o el de las empresas del grupo y provocaron serios cataclismos”.

Era un mundo con reglas actualmente olvidadas como los coeficientes de caja, es decir, el dinero que las entidades debían depositar en el Banco de España sin remunerar, que servía a la autoridad monetaria para regular los tipos de interés de los préstamos todavía en pesetas. La deuda pública era muy poco sofisticada, ya que las letras del Tesoro no aparecen hasta 1987. El mundo de las cajas comenzaba su despertar: en 1985 se permitió a estas entidades de ahorro abrir oficinas dentro de su comunidad autónoma y tres años después, en 1988, llega la autorización para instalarse por toda España.

Las cajas se sumaron, tímidamente, a la dura competencia donde ya estaban los grandes peleando por el liderazgo. Las tres décadas de banca española están marcados por las fusiones de final de los ochenta y de los noventa. La búsqueda de un mayor tamaño para competir con menores costes y mayor rentabilidad provocó el nacimiento del Banco Bilbao Vizcaya (BBV) en enero de 1988. Antes hubo fallidos intentos de Asiaín por quedarse con Banesto y con el Banco Hispano. Al final, unió su destino al de Pedro Toledo, presidente del Vizcaya, que falleció al final de 1989.

Esta fusión –que se planteó entre iguales aunque el Bilbao era más grande– levantó sonadas luchas de poder, que exigieron la intervención del Banco de España para forzar consensos entre las familias de Neguri: tras la muerte de Toledo se escogió a Emilio Ybarra (BB) como presidente único no ejecutivo. El mando recayó en dos consejeros delegados: Javier Gúrpide (BB) y Juan Manuel Urgoiti (BV), que luego fue sustituido por Sáenz. Tras fuertes disputas internas y un gran desgobierno del banco, Uriarte quedó como consejero delegado en 1994. De esta entidad salieron a buscarse su futuro Ángel Corcóstegui (que dirigió el BCH), Francisco Luzón (que presidió Argentaria) y Sáenz, futuro número dos del Santander.

Guerras comerciales

El movimiento del banco vasco repercutió en el resto del sector. Botín reaccionó por dos vías: acabó con los almuerzos de los siete grandes, dejando de asistir a ellos y lanzando críticas veladas, al tiempo que creó la Supercuenta, que ofrecía un interés del 11% en cuenta corriente frente al 1% de sus competidores. Con esta jugada, buscaba dos objetivos: robar cuota de mercado sin protagonizar fusiones y asfixiar a sus competidores, consciente de que algunos no tenían capacidad para seguirle. Y lo consiguió. El Central y el Hispano se quedaron sin margen financiero, con la necesidad de hacer provisión de fondos por la creciente morosidad y con oficinas improductivas que debían cerrar. La única salida fue la fusión apresurada, que solo fue un parche temporal para los problemas del balance. Se unieron en mayo de 1991 para pagar las facturas pendientes con la revalorización gratis de los activos. El Estado también movió ficha y agrupó toda la banca pública bajo el paraguas de Argentaria en mayo de 1991.

Botín se perdió la primera ronda de fusiones, así que decidió no dejar pasar la siguiente. Cuando el Banesto de Mario Conde fue intervenido en 1993, el cántabro apostó fuerte y pagó el precio más alto en la subasta, aunque olvidó firmar el papel donde figuraba la cifra definitiva.

Ola de concentración

El edificio denominado 'La vela', sede del BBVA, en Las Tablas (Madrid).
El edificio denominado 'La vela', sede del BBVA, en Las Tablas (Madrid).

La siguiente oleada llegó con el establecimiento de la moneda única. Botín presentó la fusión del Santander con el Central Hispano en enero de 1999 como “la primera de la zona euro”. “Esta operación, que se hizo sin ayudas, convirtió al Santander en un líder del sector hasta nuestros días”, apunta De Juan. El BBV de Ybarra vio cómo el cántabro le sacaba una distancia difícil de acortar y, ocho meses después, replicó con la fusión con Argentaria, entonces presidida por Francisco González. Se formó el BBVA, que fue la primera entidad por capitalización bursátil, aunque hoy vale un 66% menos que el Santander. Poco después llegó la denuncia de González de que los consejeros del BBV cobraban fondos de pensiones procedentes de Jersey, lo que acabó con la salida de Ybarra, Uriarte y todos sus consejeros en diciembre de 2001.

También hubo guerras de poder en el BSCH: Botín y José María Amusátegui, presidente del Central Hispano y copresidente de la entidad fusionada, se disputaron el puesto de mando. Amusátegui perdió y se marchó en agosto de 2001, tras recibir 44 millones de euros de indemnización; Ángel Corcóstegui siguió el mismo camino en febrero de 2002, con 110 millones. El Santander mantuvo una agresiva política de compras en Latinoamérica y Europa, que le ha revalidado como líder del sector.

Emilio Botín se perdió la primera oleada de uniones. Pero no dejó pasar la segunda. El Santander se juntó con el Central Hispano y se hizo líder. El BBV se hizo con Argentaria 

La llegada del euro coincidió con una supuesta época dorada para la banca: abundancia de liquidez y bajos tipos de interés, que provocaron una borrachera en la gestión por la pérdida del control del riesgo y las luchas por el tamaño y los réditos bursátiles. Al tiempo, el supervisor bajó la guardia y actuó complaciente con las entidades, bajo la inercia de un largo periodo de bonanza que duró hasta 2007.

Caída de las cajas 

Treinta años después del auge de las cajas, esta etapa se cerró con su caída más estrepitosa: en 2014 fueron obligadas a convertirse en fundaciones bancarias, desgajando el negocio financiero. Lo que no consiguieron las guerras civiles ni las mundiales, ni las dictaduras, lo logró la burbuja financiera y la mala gestión, trufada de intereses políticos, que casi han acabado con unas entidades que llegaron a suponer el 50% del sistema financiero. Para el catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Valencia, Joaquín Maudos, esta situación se debe “al intenso crecimiento del crédito al ladrillo (el 70% de sus préstamos estaban concentrados en construcción, promoción y compra de vivienda), que junto con una excesiva dependencia de la financiación mayorista generaron un cóctel explosivo una vez estalla la burbuja”. “La bancarización de las cajas va a pasar factura en términos de exclusión financiera”, advierte. Tras muchas fusiones y guerras de poder, el sector sigue buscando su hueco en Europa y su rentabilidad.

Lecciones de las crisis financieras

De las crisis bancarias se derivan lecciones que convendría no olvidar, como apunta el catedrático de Economía, Joaquín Maudos:

1º) La diversificación geográfica de los dos grandes grupos bancarios, Santander y BBVA, ha supuesto un amortiguador frente a la crisis. Su expansión hacia Latinoamérica y, posteriormente, a Reino Unido, EEUU y Europa, deben ser un referente para otras entidades, “como así lo ha entendido el Banco Sabadell hace escasos días con su llegada al Reino Unido”.

2º) Una etapa de excesivo crecimiento del crédito lleva directamente a la morosidad. La historia siempre se repite, y los errores también, incluidos los de reguladores, supervisores y gestores.

3º) Cuanto más se tarde en reconocer los problemas de solvencia (incluyendo no solo la insuficiencia de capital, sino también de provisiones), más tarde se sale de la crisis. Aristóbulo de Juan, consultor y exdirector general del Banco de España, añade: “Bien es sabido que cuando una entidad va bien es transparente, pero cuando tiene problemas maquilla la realidad”.

4º) Intentar minimizar la utilización de fondos públicos para resolver un problema de solvencia también retrasa la salida de la crisis. Además, cuanto más tarde se inyecte capital, más parte de las ayudas se acaban perdiendo.

5º) Si se conceden ayudas públicas y no se cambia a los gestores de un banco, se perpetúan los problemas, ya que éstos llegan por su mala gestión.

6º) Una fusión no es solución a un problema si las entidades involucradas en ella tienen las mismas dificultades.