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La gran tienda de nuestras vidas

El Corte Inglés hizo triunfar en España un nuevo modelo y creció en paralelo al desarrollo y modernización del país

El Corte Inglés de la calle Preciados de Madrid, en 1964.
El Corte Inglés de la calle Preciados de Madrid, en 1964.

Pude saludar a Isidoro Álvarez en alguna ocasión, pero he oído hablar de él desde que tengo uso de razón. Mi padre, ahora jubilado, ha pasado más de 45 años, la mayor parte de su vida, trabajando en El Corte Inglés, donde entró como vendedor y acabó siendo director de uno de sus grandes centros. Nos fuimos a vivir a Las Palmas cuando El Corte Inglés abrió allí sus puertas y el trabajo de mi padre nos llevó luego a Vigo y de vuelta a Madrid. Mi vida familiar ha estado marcada por las decisiones de Isidoro y por las de su tío, al que en mi casa siempre se le llamó Don Ramón. Aunque, de forma excepcional, escribo esto en primera persona, la historia de El Corte Inglés ha sido también, en alguna medida, la historia de España en estas últimas décadas.

Siendo niño, lo que más me fascinaba cuando algún día de compras entrábamos un momento en el despacho de mi padre, era la serie de fotografías que colgaban de las paredes. Eran de los diferentes centros de El Corte Inglés repartidos por toda España. Estaban en orden cronológico, empezando por la imagen en blanco y negro de la pequeña sastrería del centro de Madrid cuya gran ventaja era dar a tres calles: Preciados, Carmen y Rompelanzas. La sastrería, fundada en 1890, fue comprada por Ramón Areces en 1935. La siguiente foto, también en blanco y negro, era la de Preciados 3, donde tras la reforma de 1946, el edificio pasó a tener cinco plantas y a organizarse como un gran almacén de venta por departamentos. Las siguientes fotos eran en color: Goya, Princesa y Castellana, en Madrid; Barcelona, Sevilla, Bilbao, Valencia, Málaga, Vigo, Las Palmas… Poco a poco se iban añadiendo nuevas fotografías a la colección, que se repetía como decoración en los despachos de otros directivos.

Por aquel entonces, las ciudades se dividían en dos: las que tenían Corte Inglés y las que no. Que abriesen unos grandes almacenes de la firma del triángulo verde era algo así como entrar en la modernidad. No había entonces centros comerciales como hoy los conocemos y la variedad de oferta y la calidad de servicio que brindaba El Corte Inglés no tenía parangón en España. Siempre era el primero en tener la última novedad llegada de cualquier parte del mundo, en tiempos en que globalización no era una palabra al uso. Mi padre estuvo algún tiempo en el departamento de compras y era uno de esos ejecutivos que, sin la menor idea de inglés ni de ningún otro idioma, se aventuraba a hacer negocios en Suiza, Alemania, Italia o Austria para traer a España mercancía que marcase la diferencia.

El trabajo duro y la exigencia, pero también el mérito, impregnaban la cultura de la empresa, en la que se fue formando sobre la marcha una generación de directivos que en la España de entonces apenas tenían formación académica, simplemente no habían podido estudiar. Isidoro estaba destinado a morir con las botas puestas. En su Consejo de Administración hay más de un octogenario. Recuerdo que a mi padre, a punto de cumplir los 70, le cuestionaba que se jubilase, “con lo joven que estaba”.

Para el empresario tuvo un sabor especial comprar Galerías Preciados

La lealtad y entrega a la empresa era otro valor que transmitían don Ramón e Isidoro a los suyos, a veces de forma exagerada y algo paternalista. Ejercía un control férreo, como muestra la dificultad que tenían los sindicatos tradicionales para hacer su trabajo dentro del grupo.

Recuerdo que El Corte Inglés abrió en Las Palmas, en 1977, justo enfrente de Galerías Preciados. El éxito fue tal que la mayor dificultad era reponer la mercancía con agilidad para evitar el desabastecimiento. Por entonces la competencia era feroz. En casa estaba (ya no sé si implícita o explícitamente) prohibido no ya comprar, sino prácticamente entrar en Galerías. Y más adelante, si mi madre o mi hermana se querían comprar algo en Zara preferían hacerlo a escondidas, no fuera a ser que mi padre se enfadase. La medalla de los 15 años y la de los 25 años en la empresa era lucida como un orgullo por los empleados.

A finales de los setenta, aún había una gran rivalidad por el liderazgo entre El Corte Inglés y Galerías. Pronto la primacía de El Corte Inglés quedó clara. La empresa se convirtió en la mayor empresa privada de España por facturación, mientras que las dificultades de Galerías la hicieron caer en la órbita de José María Ruiz Mateos. Cuando murió Ramón Areces, en 1989, ya estaba muy claro que El Corte Inglés había ganado la batalla, pero para Isidoro, que había vivido desde el principio esa rivalidad, tuvo un sabor especial la decisión de comprar en 1995 todos los inmuebles de Galerías Preciados y asumir su plantilla, en lo que supuso un enorme salto para un grupo que popularizó para siempre las rebajas o el “si no está satisfecho, le devolvemos su dinero”.

Era un trabajador infatigable hasta en vacaciones, solo la caza le distraía

La fama de Isidoro dentro de la empresa era la de un trabajador infatigable. Veraneaba en Marbella, pero pasaba buena parte de las supuestas vacaciones en los grandes almacenes que El Corte Inglés abrió en la ciudad. En Madrid también le gustaba pisar “la tienda”, como le llamaban siempre, y corregir de primera mano cualquier defecto que observase. Seguía la venta al minuto y si algún día alguna tienda pinchaba, pedía explicaciones. Tenía pocas aficiones (quizá la caza es la que más conseguía alejarle del trajín diario). Esperaba que los directivos trabajasen seis días cada semana de la mañana a la noche, o incluso los siete días, las contadas semanas que se podía abrir en domingo hasta hace unos años. Su vozarrón imponía y le daba fama de mal carácter, que a veces lo tenía, pero quienes le trataron más también veían en él un gran corazón.

El auge de El Corte Inglés fue en paralelo con el desarrollo de España. Pero la empresa también sucumbió algo al atractivo de la burbuja y se ha visto golpeada por la crisis y por la competencia. Viendo que el concepto de gran almacén no pasaba por sus mejores momentos, trató de hacer frente a los rivales con una diversificación de formatos que dio desiguales resultados. Sfera nunca ha podido hacer sombra a Zara o Mango, ni Supercor a Mercadona, ni Bricor a Leroy Merlin. Los especialistas han ido sacando tajada de lo que antes era una posición de dominio absoluta. En la última década aceleró la carrera de aperturas, canibalizando en ocasiones sus propias ventas y ha tenido una digestión difícil del exceso de inversiones, en el que abandonó la máxima de autofinanciar el crecimiento. Tras refinanciar la deuda y ver cómo las ventas empezaban a recuperarse, Isidoro volvía a pensar en la expansión exterior. Esa tarea le corresponderá ya a su sucesor.

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