Golpe a los cazatesoros

La victoria legal de España frente a Odyssey deja tocado al sector. Es un negocio muy anárquico: caben desde el aventurero hasta empresas cotizadas en Bolsa.

El vehículo remoto de la compañía Odyssey
El vehículo remoto de la compañía OdysseyA. Nesser (AP)

Más de 200 años han pasado desde su hundimiento, pero Nuestra Señora de Las Mercedes se ha resarcido a su manera de su trágico destino abriendo una vía de agua en la línea de flotación económica de las empresas cazatesoros. “Después de este caso [el que ha ganado el Gobierno español a Odyssey], nada será como antes. España ha cambiado el statu quode su patrimonio en el planeta”, asevera contundente Filipe Vieira Castro, arqueólogo portugués y una de las referencias mundiales en patrimonio naval.

Este cambio es una excelente noticia para la riqueza sumergida de España y muy mala para la infinidad de empresas de todo pelaje y condición que se dedican a buscar patrimonio histórico (tesoros lo llaman) en los océanos con el cuidado de quien rastrilla níscalos en un bosque. “La sentencia del juez de Tampa crea un precedente claro y, sin duda, afectará a estas compañías”, advierte el especialista en Derecho Marítimo Fernando Meana, responsable del bufete Meana Green Maura & Corporation. Esta mirada es compartida por Ignacio Cantillana, socio de la misma materia en el despacho Garrigues: “El fallo tiene mucha importancia porque fija la protección del patrimonio por delante de los derechos de este tipo de empresas”.

Sin embargo, este varapalo sufrido por Odyssey no quiere decir que esta actividad se detenga. Como mucho, se frenará. Dan Edwards, director de Lost Galleon, que lleva 18 años en este negocio, lo tiene muy claro: “No creo que el ser humano deje de buscar nunca tesoros perdidos; todo el mundo ha soñado con encontrar alguno”. Y apunta: “Los rescatadores de tesoros serán bastante más cautelosos a la hora de emprender en el futuro grandes operaciones de este tipo”. Muchos pensarán que si “cauteloso” significa respetuoso con la legalidad internacional, bienvenido sea, pues las aguas bajan revueltas.

La actuación de Odyssey ha dejado un poso muy fuerte de crítica —aunque nadie lo asume a micrófono abierto— en la propia industria, ya que a esta actividad le sentaba muy bien vivir en su particular semioscuridad frente a la opinión pública. “Odyssey no tenía ningún derecho legal a recuperar La Mercedes. Ellos sabían de qué barco se trataba [al principio esgrimieron que buscaban el inglés Sussex] tan pronto empezaron a trabajar. Tendrían que haberse aproximado al Gobierno español y haber llegado a algún acuerdo antes de comprometer a toda la comunidad de exploración marina internacional”, critica uno de los pesos pesados del sector que pide el anonimato. “Nosotros solo trabajamos en áreas en las que tenemos firmados acuerdos con Gobiernos soberanos, como la República Dominicana”, apostilla Rosendo Álvarez III, presidente de Marine Exploration. Allí, asegura, ya hay cuatro empresas de exploración submarina trabajando con el plácet de la Administración del país.

Volver a los principios

En la primera división de los cazatesoros, las cifras son altas. "El coste medio de una misión submarina puede suponer millones de dólares, y solo para encontrar el barco hundido. Por cada dólar invertido en la búsqueda se gastan 10 excavando y tratando lo encontrado", calcula, en un artículo publicado en la revista Popular Mechanics, Jaime Delgado, miembro de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), perteneciente al Departamento de Comercio estadounidense.Para eludir riesgos y costes, una de las salidas de este sector es la diversificación. Odyssey lo hace buscando piedras preciosas en el fondo marino; Arqueonautas, vendiendo ropa de aventura en sus cinco tiendas de Alemania, y Marine Exploration, desarrollando tecnología marítima y participando, entre otros, en el negocio de puertos, astilleros y resorts de lujo (Isabel Villas Golf Club, en la República Dominicana).

Aunque tal vez lo que mejor le puede sentar a este negocio es volver a los principios. Dejemos que lo cuente el arqueólogo Filipe Vieira Castro: "La diferencia entre Odyssey y las otras empresas cazatesoros es que Greg Stemm [director ejecutivo] es un hombre inteligente y culto en una industria donde precisamente la inteligencia y la educación no abundan. Esto hace quizá a Odyssey más peligrosa. O no. Lo que me gustaría es verla un día abandonar la caza de tesoros y empezar a hacer arqueología"

Y es que, en esta industria, Odyssey genera un sentimiento de respeto, o miedo, que no resulta fácil baldear para sus competidores. Pero ¿quiénes son estás empresas cazatesoros? ¿Cómo actúan?

Algunas pistas sobre su comportamiento ya las hemos visto durante los últimos meses. De lo primero hay que decir que abarcan desde el aventurero cazatesoros tipo Dan Edwards (Lost Galleon) o el mítico Mel Fisher (famoso —falleció en 1998— por su collar de monedas de oro al cuello) hasta empresas que cotizan en Bolsa. La americana Odyssey rinde cuentas en el mercado tecnológico Nasdaq (vale unos 220 millones de dólares), y Arqueonautas Worldwide (creada en Portugal), lo hace en la Bolsa de Fráncfort. Tampoco hay que olvidar a Marine Explorations, Sea Hunt, BDJ Discovery Group, Sea Search Armada, Phoenicians Exploration (muy interesada durante años través de su arqueólogo Robert Marx en la bahía de Cádiz) o Expedition Resources. Entre medias, toda la condición humana.

Greg Brooks, cofundador de Sub Sea Research, parece un hombre de mar. Corpulento, piel enrojecida por el viento y el agua salada, pelo y bigote blanco, grandes manos. A finales de los ochenta encontró 35 kilos en lingotes de plata en aguas de Haití. Hasta entonces, este americano construía piscinas para ganarse la vida. En 1991, impulsado por el hallazgo, y a pesar de que el Gobierno haitiano le limitó cualquier extracción, crea su propia compañía y deja definitivamente las piscinas. Pues bien, estos días anda en alta mar embarcado en la búsqueda del mercante británico Port Nicholson, un carguero con 71 toneladas de platino a bordo (con un valor de unos 3.000 millones de dólares actuales) hundido en 1942, a unas 50 millas de Cape Cod (Massachusetts, EE UU), por dos torpedos alemanes. Este perfil profesional, en el que se confunden el empresario y el corsario, es común en este mundo.

Ahondando más en los cazatesoros hallamos otros detalles. La mayoría son empresas radicadas en Florida que llevan una actividad muy discreta (pocas disponen, por ejemplo, de página web o rótulos en sus oficinas) y que comunican sus hallazgos con cuentagotas. Aunque no son necesariamente exclusivas de EE UU, también proceden de Reino Unido, Alemania, Portugal, Asia y la zona del Báltico. Como se ve, mercado hay. Según la Unesco, existen unos tres millones de restos de naufragios en todo el mundo, aunque otras voces rebajan la cifra a un millón.

Por tanto, que nadie piense que los cazatesoros están hundidos. Tocados, sí, pero no han tocado fondo. Don Patterson, director de operaciones de Expedition Resources, esgrime lo que cree que puede suceder de ahora en adelante en el sector. Y es una idea (suena casi como una amenaza) que se escucha bastante estos días en este mundo: “Esta decisión me temo que abrirá las compuertas a la piratería. Con este precedente, muchas personas y empresas que normalmente habrían informado de sus descubrimientos relacionados con el patrimonio subacuático, especialmente el de origen español, ahora liquidarán y dispondrán de los tesoros a través de acciones ilícitas”.

Con este riesgo cierto en los mares, Ignacio Cantillana, de Garrigues, estima que estas compañías sí tienen futuro, pues cuentan con una tecnología extraordinaria que los Estados no pueden pagar. “Ahora bien, tienen que hacer prospecciones arqueológicas que estén pactadas siempre con los Gobiernos”, matiza.

Siendo así, a algunas firmas les salen las cuentas. Expedition Resources desgrana que sus proyectos submarinos y terrestres tienen el potencial de rendir en años venideros entre 1.500 y 2.200 millones de dólares. “¡Así que esperamos que 2012 sea un gran año!”, exclama Don Patterson.

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