Abramóvich y Jodorkovski: cara y cruz en el petróleo ruso

El ascenso del propietario del Chelsea ha coincidido con el encarcelamiento del fundador de Yukos

Roman Abramóvich y Mijaíl Jodorkovski eran a principios de 2003 los principales magnates del imperio petrolífero ruso. Dueños de Sibneft y de Yukos respectivamente, sus prometedoras trayectorias han llevado desde entonces caminos opuestos. Mientras que Abramóvich veía esta semana el sorteo de Champions League donde participaba el Chelsea, equipo del cual es presidente y al que a base de dinero ha convertido en campeón de la liga inglesa, Jodorkovski anunciaba desde la cárcel moscovita donde se encuentra desde 2003 su intención de comenzar una huelga de hambre.

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Cuando en 2003 Roman Abramóvich compró el Chelsea pocos eran los que conocían a este oligarca ruso de 36 años que controlaba una gran petrolera y del que se decía que estaba bien relacionado con las altas esferas rusas y en especial con el ex presidente Boris Yeltsin. En 2005 toda Europa conoce al propietario del Chelsea, la decimosegunda mayor fortuna del mundo, según la revista Forbes, valorada en algo más de 11.500 millones de dólares.

La clave según algunos expertos está en 1999 y la ayuda que Abramóvich prestó a Putin para llegar a la presidencia rusa y que continuó con este ya en el cargo. Esto puede explicar por qué, ya con Putín de presidente, Abramóvich se aprovechó en diciembre de 2002 en una subasta de privatización, calificada por muchos como fraudulenta, para adjudicarse la petrolera Slavneft por 10.400 millones de dólares cuando los expertos la valoraban en algo más de 18.000 millones.

Pero Abramóvich también ha hecho carrera política y, pese a vivir en Londres, es gobernador de la provincia rusa de Chukotka donde fue elegido en diciembre de 2000 por algo más de un 90% de los votos.

Jodorkovski, el magnate que desafió a Putin

Pocos meses después de que Abramóvich se hiciera famoso por comprar el Chelsea, Mijaíl Jodorkovski fue detenido e inculpado de los delitos de evasión fiscal y fraude a gran escala. El hasta entonces hombre más rico de Rusia , su fortuna se calculaba en 8.000 millones de dólares, había pagado el hacer financiado económicamente a algunos partidos de la oposición.

Jororkovski tenía ambiciones políticas, y para ello satisfacerlas, intentó colocar en distintos partidos de la Duma a gente afín a él. La idea de que el magnate pretendía hacerse con el control del parlamento se extendió como un tornado por el Gobierno ruso y la campaña de acoso al magnate se puso en marcha en vísperas de las elecciones legislativas.

En febrero de 2003 había llegado a tener un enfrentamiento directo con el presidente ruso al quejarse por la corrupción del país, al referirse veladamente a la compraventa de la petrolera Sevneft por parte del ex ministro de finanzas Andrei Vavílov que la adquirió por apenas siete millones de dólares, para después venderla al Estado por cerca de 700 millones. Putin no dudo y recordó en ese momento al empresario sus problemas con los impuestos, que a larga serían lo que le llevarían a la cárcel.

Hoy Jodorkovski sigue confinado en la cárcel mosovita de Mastrósskaya Tishiná donde permanece en una celda con otros 10 presos tras retirarle la justicia rusa sus privilegios (antes compartía celda sólo con dos). Personas afines al magnate coinciden en señalar que este cambio esta relacionado con la publicación en la prensa de el artículo Viraje hacia la izquierda en Védomosti donde criticaba de nuevo al Gobierno. Pero esto no es todo, el pasado martes Jodorkovski se declaró en huelga de hambre en apoyo al presidente del grupo Menatep y estrecho colaborador suyo, Platon Lebedev, para protestar por su confinamiento en solitario.

Han pasado dos años desde 2003, pero las distancias entre uno y otro magnate son cada día más importantes. Todo parece asegurar que en el futuro Abramóvich seguirá ampliando su imperio mientras que Jodorkovski tendrá que ver desde la cárcel como se desmorona el suyo.

Abramovich, en el centro, en la tribuna del Camp Nou, en enero pasado.
Abramovich, en el centro, en la tribuna del Camp Nou, en enero pasado.EFE

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