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RUTA DE LOS EXPLORADORES OLVIDADOS / 7

Cerveza africana con sabor a victoria

Desde Addis Abeba a Nairobi, etapa final del periplo africano de la Ruta de los Exploradores Olvidados, con visita a una Meca para 'boy scouts': la tumba de Lord Baden Powell

Tras alcanzar las fuentes del Nilo Azul, me dirijo a Addis Abeba. La carretera está en mal estado. Profundos baches, tramos sin asfaltar, infinidad de peatones, burros, vacas y camiones. No se admiten quejas. Esto es África. El cuadriculado paisaje de campos de labor es soberbio. El horizonte parece un collage con todos los tonos del verde. Cien kilómetros después de Debra Markos con su imponente puerta conmemorativa de la victoria del Ras sobre el Ejército Italiano de Mussolini, comienza la ascensión. El replantado bosque de eucaliptos se alterna con el original de coníferas. La senda se empina y retuerce. Me recuerda al mítico Stelvio o algún otro paso alpino entre Austria, Suiza e Italia.

Addis Abeba, cuarta urbe de África, una de las ciudades más sucias, contaminadas y caóticas. La gran avenida Churchill, presidida por una alta escultura con estrella roja, signo del pasado socialista impuesto por Megistu, lleva al pub Wims Holland House. Un etíope aplaude mi viaje. "¡Qué gran aventura cruzar el mundo en moto!" Extraña su entusiasmo. Los africanos no entienden que los blancos busquemos voluntariamente el riesgo en una vida ya de por sí corta y peligrosa. "No, man", piensan en el fondo con mucha razón, "déjame las llaves de tu casa con aire acondicionado y vete tú a dormir libre bajo las estrellas."

En el sur el paisaje cambia. Selva espesa y horizonte escarpado. La gente también es diferente. Son Oromo. Rasgos africanos, piel oscura, labios gruesos, nariz chata. Algunos no son amables. Circular por Etiopía es un tobogán social. Tus sentidos están despiertos, tus ojos vigilantes y tus poros se abren a la vida en su totalidad. Al mismo tiempo, los estímulos son constantes. Un bombardeo de miradas, palabras, gritos y movimientos. Uno pasa en moto por un poblado y todo el mundo te dice algo o te hace un gesto. En la misma calle diez tipos te sonreirán y enseñarán el pulgar hacia arriba y otros diez te insultarán, harán amago de tirarte una piedra o golpearte con un palo. Es un tiovivo de sensaciones. Una montaña rusa de afectos y desafectos en apenas cien metros.

Mito para 'overlanders'

Moyale, ciudad entre Etiopía y Kenia. Más que un lugar, es un mito. El símbolo de la dureza del viaje transafricano. Quizá de los pocos que queden ya. Y además tiene los días contados. Cuando los chinos terminen la carretera, habrá muerto. Moyale es famosa entre los overlanders que van hacia Ciudad del Cabo porque aquí se acaba el asfalto y comienza una pista terrible. Recuerdo buenos consejos de amigos: "entrega las maletas a algún camionero y viaja sin equipaje". Pero yo soy duro de mollera. Para mí un verdadero viajero en moto siempre ha de cargar con su propia impedimenta.

Al cruzar la frontera, la pista comienza con un acusado descenso. La senda baja rota debido a las pasadas lluvias. Esta remota región ha sufrido una sequía de tres años hasta que en el 2011 se abrieron los grifos del cielo. Las inundaciones han arrasado con campos, casas, puentes y caminos. La senda a veces da la impresión de ser un río de lava semisólida.

El escenario es prodigioso. La lluvia ha hecho verdear el desierto y con el ocaso la rala vegetación centellea. Estoy inmerso en el corazón de África y eso me hace sentir vivo, alerta, feliz. Lo que piso es una tierra dura y salvaje. Aquí no llegan los safaris. No hay vistosos Masai ni festivales de coros y danzas.

Una Meca para 'boy scouts'

Turbi. Polvo, calle sin asfaltar, frágiles edificaciones de madera y una sola planta. El Seven Hills Hotel está construido con adobe pintado de azul. Dos camas de madera. Piso de cemento. Una ventana sin cristales protegida de los animales por una malla de alambre y unos postigos hechos con tablones. La puerta cierra con un candado. No hay bombilla, ni agua, ni electricidad. Sin embargo, el lugar me gusta. Es real, inhóspito, remoto y genuino.

Casi 500 infernales kilómetros después comienza el asfalto en Merile. Bendito asfalto que tengo ganas de besar. Cruzo la línea del ecuador en Nanyuki presidido por el majestuoso monte Kenya, único lugar en el mundo con nieve perpetua en la linde ecuatorial. Poco después aparece el Parque Nacional de los Aberdadares y un poco más lejos la población de Nyeri, donde está enterrado Lord Baden Powell, fundador del movimiento escultista. Hoy su tumba es un lugar de peregrinación para los boy scouts del mundo entero.

Tusker fría con sabor a victoria

Nairobi, la gran capital de África del Este donde se hacen los negocios, donde viven los más ricos, donde hay tiendas de lujo, buenos hoteles, centros comerciales, concesionarios y firmas de consultoría. Enorme, contaminada, congestionada, horrible. El atasco es fenomenal. Algunos críos venden caramelos, periódicos, botellas de agua o tarjetas de teléfono. Un incesante desfile de peatones avanza hacia el centro. Es el río de la pobreza. De los guetos de chabolas surge cada mañana una famélica legión que se dirige hacia sus mal pagados trabajos en el interior de la ciudadela dorada.

En el barrio residencial de Lavington está Jungle Juction, famoso alojamiento para overlanders. Aquí fue donde compré hace apenas tres años a la Princesa, la BMW R80 G/S con la que realizaría el viaje de 14.000 kilómetros africanos que relataría en mi libro Un millón de piedras. De aquí saldría hacia Ciudad del Cabo con muchos temores y ningún conocimiento sobre lo que iba a encontrar en esta gran tierra llamada África. Aquí es donde hoy completo el horizonte africano de norte a sur y de este a oeste.

Han pasado tres años pero me siento en casa. Aparco la moto, abro la nevera, suelto el tapón de una Tusker bien fría y le doy un largo, largo trago. Y como el NAPALM al coronel surfista interpretado por Robert Duvall en Apocalypse Now, esta cerveza africana de herencia germánica me sabe a victoria. Y quizá también a algo más, a un sentimiento más complejo y profundo que no soy capaz de describir con palabras. Pero esta vez no me importa lo más mínimo. Aquí y ahora me basta con saber que he llegado.

» Sigue las aventuras deMiquel Silvetreen sublog.

» Miquel Silvestre (Denia, 1968) es autor del libro 'Un millón de piedras' (Barataria).

Guía

DOCUMENTACIÓN

» Pasaporte con seis meses de validez y visado obtenido en la frontera: 50 dólares.

» Carnet de passage expedido por el RACE para el vehículo.

DORMIR

» Sportsmans Arms Hotel (Nanyuki, Kenia). Telf.: (0) 62 323 47. www.sportsmansarmshotels.com

» Jungle-Junction (Amboseli Road, Nairobi). c_handschuh_68@yahoo.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de enero de 2012

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