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Reportaje:DANZA

Bailemos Shakespeare

La versión de Sueño de una noche de verano de Jean-Christophe Maillot que se verá en Madrid se presenta como una ocasión propicia para revisar cómo los coreógrafos de nuestro tiempo se han acercado al gran dramaturgo británico

Las más bajas y las más nobles. Todas las pasiones en su lado más canalla y sublime están representadas en la obra teatral de William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616). Y esa es la razón fundamental por la que su trabajo tuvo, tiene y tendrá vigencia hasta las eras cibernéticas. Los sentimientos no caducan, nos definen como humanos. Los celos locos son Otelo. La duda existencial se apodera de Hamlet y la maldad en estado puro se concentra en Lady Macbeth. Shylock es la malsana avaricia y, qué duda cabe, Julieta es el amor. Aunque la esencia es teatral y narrativa, las distintas artes han querido beber también de esta ingeniosa fuente de todas las emociones. La danza, muy especialmente.

"Me gusta el reto que supone conectarse con la audiencia y Shakespeare es perfecto para ello", afirma Maillot

La gran diferencia entre el ballet académico decimonónico y el surgimiento, avanzado el siglo XX, del ballet neoclásico es que el primero tiene marcado interés por la perfección en la ejecución técnica, donde la historia es subsidiaria de la danza, y el segundo apuesta por el fondo sin descuido de la forma, adentrándose más en el terreno de las emociones. Es aquí donde el muy clásico Shakespeare comienza a formar parte de la historia de la danza más contemporánea. No es fácil. Las suyas son obras muy de la palabra, narrativamente complejas, con subtramas y submundos, y de una extraordinaria riqueza verbal. Usualmente no se puede trasladar con exactitud a la danza expresiva y es quizá por ello que sus personajes arquetípicos con frecuencia aparecen en el centro de la coreografía más como una representación en abstracto de su propia pasión que como personajes con una historia que contar. "Romeo está locamente enamorado pero lo que debes entender es que Julieta, en sí misma, es el amor", recuerda la bailarina belga Bernice Coppieters que le decía para explicarle la dimensión del personaje Jean-Christophe Maillot, director de Les Ballets de Monte-Carlo, cuando estaban en el proceso de montar su arrebatada versión de Romeo y Julieta (1996).

En la historia de la danza contemporánea hay creadores verdaderamente conectados con Shakespeare. Generalmente son coreógrafos con un marcado interés por la narrativa y la elegancia. El norteamericano John Neumeier, todavía al frente del Ballet de Hamburgo, es uno de ellos, atesorando un catálogo importante que incluye Hamlet, Otelo, Como gustéis, Romeo y Julieta y su celebrada versión de Sueño de una noche de verano, de 1977, que volverá a remontarse este febrero próximo, en Hamburgo, con la estrella Alina Cojocaru en el papel de la Reina Titania, el mismo que Bernice Coppetiers interpretará estos días en Madrid, en Le Songe (2005), la versión del mismo título de Maillot, discípulo de Neumeier y otro de los reinventores de Shakespeare para la danza. Actualmente prepara su versión de La fierecilla domada que estrenará en 2014 por encargo del Ballet Bolshói moscovita.

"Cuando te estás enfrentando a estas obras te das cuenta de que hablan de lo mismo, de la dificultad que supone el amor. Lo que ocurre es que hay diferencias anecdóticas sustanciales que las hacen diferentes y esa es la grandeza de Shakespeare", opina Maillot. "Si vas a hacer un ballet con ellas no puede ser un reflejo exacto de los originales ni tampoco puede ser una reflexión intelectual, porque si quisiera hacerlo de esa manera sería pintor o director teatral. Soy coreógrafo, tengo una compañía de 50 bailarines y un público con expectativas. Me gusta el reto que supone conectarse con la audiencia y Shakespeare es perfecto para ello". También gusta de jugar con la relación dramática que se establece entre música y danza. Para Le Songe recurrió, desde luego a Mendelssohn, el mismo que ha servido a versiones de Sueño de una noche de verano hechas por coreógrafos como Balanchine, Frederick Ashton, Neumeier y más recientemente Christopher Wheeldon, que con 23 años hizo de esta pieza su primera coreografía de envergadura para el Colorado Ballet, en 1997. Lo que ocurre es que Maillot rara vez se desliza por los convencionalismos a la hora de realizar sus adaptaciones, y en su versión delirante con vocación de espectáculo, Mendelssohn le sirve para ambientar solamente uno de los tres mundos en los que se desarrolla la obra: el de los humanos en Atenas, porque ha preferido al compositor Bertrand Maillot para el de los cómicos y a Daniel Teruggi para ilustrar la pasión casi erótica de su reino de las hadas.

Pero no todo Shakespeare parece susceptible de ser traducido a la danza. Aunque hay adaptaciones, resultan un tanto infelices las lecturas hechas para obras mayúsculas suyas como Macbeth, El mercader de Venecia, Eduardo III o Hamlet. Sin embargo, hay especial acierto en sus obras más lúdicas como Sueño de una noche de verano, La tempestad o La fierecilla domada, que consiguió incluso su versión actualizada para Broadway, Kiss Me Kate (1963), con ingeniosa coreografía de Bob Fosse, y también por sus grandes tragedias románticas como Otelo, resultando del todo destacable La pavana del moro (1949), elegante versión del pionero de la modern dance norteamericana José Limón. Sin embargo, ninguna supera en versiones a Romeo y Julieta.

El terrible drama de amor que provoca una masacre entre dos familias enemistadas ha sido, y seguirá siendo, el más recurrido por coreógrafos de nuestro tiempo. Por esta historia han caído seducidos creadores que habitualmente ni siquiera se conectan con el ámbito del ballet narrativo. Nacho Duato se decidió por Romeo y Julieta para demostrar y demostrarse, en 1999, que era capaz de poner en pie, con sensibilidad y coherencia, un ballet dramático y en 2007 coreógrafa alemana Sasha Waltz aceptó el reto de montarla para el Ballet de la Ópera de París en una aclamada versión que será repuesta por la casa parisina en mayo.

Desde luego, John Cranko, el gran artífice del ballet dramático, tiene la suya que montó en 1962 para el Ballet de Sttutgart, y el francés Angelin Preljocaj se aproximó a ella desde la óptica del cómic futurista del dibujante Enki Bilal, en 1990, que conserva intacta sus imágenes como de ciencia-ficción y aún vigente su carga política. "Me gusta poner las obras en un contexto diferente del original", reflexiona el coreógrafo francés. "En la obra de Shakespeare tenemos dos familias enfrentadas, pero en realidad desconocemos el origen del conflicto. Quise elucubrar sobre lo que originó el problema y colocarlo en un contexto social muy marcado, en el que Romeo y los suyos son pobres, y Julieta y su familia son ricos, con un añadido político y es que ella es la hija de un dictador, lo que acentúa el conflicto de clases". Una tónica social muy similar aunque con resultados muy diferentes de la célebre versión que de Romeo y Julieta hicieron el coreógrafo Jerome Robbins y el compositor Leonard Bernstein para el musical West Side Story (1957). Originalmente la idea era que una familia fuera católica y la otra judía, pero las noticias del momento viraron el timón. Cuando trascendieron las rivalidades entre puertorriqueños y neoyorquinos en las calles de la Gran Manzana, las dos familias pasaron a ser pandillas, los Jets y los Sharks.

El asunto del poder es muy inherente a Shakespeare, y el tema tiene siempre connotaciones políticas. De ahí que con frecuencia los coreógrafos usen sus piezas para hacer sus propias declaraciones. El caso de Lemi Ponifasio, el coreógrafo más polémico, activista e inquietante de Nueva Zelanda y director de la compañía Mau, parece elocuente en su radical adaptación de La tempestad, que visitó Barcelona hace dos temporadas. "Lo mejor de Shakespeare", reflexionaba entonces, "es que llegó a ser la voz del pueblo en su momento, hablando constantemente de los abusos del poder pero, en lugar de hablar de Hamlet o Próspero, preferimos hablar de nosotros mismos a través de su obra". Siendo la misma pieza llevada a la danza, La tempestad, en manos de la coreógrafa canadiense Crystal Pite, se ha convertido en una puesta blanca e ingeniosa, con vídeos, caricaturas y efectos, que son pura magia escénica en clave de cómic, con referencias cinematográficas al expresionista Murnau o al Drácula de Ford Coppola, pero también al teatro de sombras, los dibujos animados y los tebeos, mezclados con una danza sofisticada y lúdica. The Tempest Replica, que así se llama, fue montada para su compañía de Vancouver Kidd Pivot, y ha sido recibida con ovaciones este mismo diciembre, en el Monaco Dance Forum.

Por su parte, la coreógrafa catalana María Rovira, con su compañía Trànsit Dansa, prefirió mirarle desde una perspectiva más bien femenina en su emotivo montaje Las mujeres de Shakespeare (2009), que reunía en escena a cuatro heroínas del dramaturgo británico -Ofelia, Isabel, Catalina y Miranda- bailando sus respectivos gozos y dolores. Habrá más lecturas de danza. "A veces, me siento más director de cine que coreógrafo", suspira Maillot. "Me encanta explotar el lado actoral de los bailarines".

Les Ballets de Monte-Carlo. Le Songe. Teatros del Canal (Madrid). Del 6 al 24 de enero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de diciembre de 2011