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Crítica:LIBROS

Libros de familia

Contra lo que algunos soñaron hace muchos años, con la familia no ha habido otro modo de acabar que perpetuándola con variaciones. El barullo de posibilidades ahora es tan grande que la mala fe católica tiende a creer que la familia se ha acabado. Es todo lo contrario: la familia florece intrigante y caprichosa, con todos los colores y formatos étnico-civiles imaginables (y también tan chapucera como siempre). Pero la literatura sobre estas familias en construcción llegará cuando crezcan los hijos que las padecen (o se atrevan a hablar los padres que las fomentan), si no se han tirado todos antes desde el puente de Vallcarca. A alguno lo podría salvar el perro, el gato o el canario, o al menos eso es lo que les sucedió a parte de los 11 escritores comentados por otros tantos en la antología titulada Perros, gatos y lémures. Está dedicada a la memoria de Félix Romeo y suyo es el relato irónico y sincopado sobre los gatos de los Bowles y el de Burroughs, en Tánger o en México, aunque hoy se lee ese cuento con la angustia perpleja ante su muerte.

Mi madre es un pez

Varios autores

Edición y prólogo de Sergi Bellver

y Juan Soto Ivars

Libros del Silencio. Barcelona, 2011 374 páginas. 22 euros

Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales

Varios autores

Errata Naturae. Madrid, 2011

205 páginas. 19,90 euros

Tras leer los 33 relatos de la antología Mi madre es un pez predomina el sentimiento de la imperturbabilidad de la institución, aunque muchos de ellos estén inspirados en situaciones anormales, a menudo se acuda a las formas de una ciencia-ficción doméstica o incluso abunden los restos vivos de un padre maltratador, un padre separado y muy torpe y alguna otra variante de interés casi zoológico. El libro lo cierra otro imperturbable humorista en tareas de severo notario familiar, Eduardo Mendoza, y sale el texto más clásico y emotivo de todos, como si su mera presencia llamase la atención sobre un orden burgués perdido y su equívoca paz. La paz está (también) rota en casi todos los demás, quizá porque es el estado natural de la familia, aunque las quiebras y desajustes que se relatan en el libro resultan extrañamente convencionales.

Los pretextos de la antología son dos: el primero está en la frase de Faulkner que da título al libro y el segundo en la voluntad de promulgar algo parecido a una poética ajena a la cabriola multimedia y fragmentaria (a pesar de que el prólogo es algo parecido a un álbum de fotos narrado y a su vez descoyuntado). Según el prólogo de los editores, varios de los colaboradores repudian "la versión más vacua de la posmodernidad" y suscriben la premisa de "emocionar, decir, crear nuevos dramas" y escribir "con verdad". No siempre sale así de bien, pero la antología vale la pena como reunión de escritores muy dispares en gustos, en estilos, en edades, aficiones y procedencias. Incluye a autores en plena madurez feliz, como Jordi Soler, Rodrigo Fresán o Ricardo Menéndez Salmón, y a jóvenes muy jóvenes, como Paula Cifuentes o el "estudiante y escritor" Sergio Lifante o el coeditor Juan Soto Ivars. La fuerza que sale del de Andrea Jeftanovic nace de la resistencia montonera de unos padres vista a la luz de un interior doméstico y Esther García Llovet vuelve a aliar una expectativa sólida y una eficaz reconstrucción urbana. 'La prueba de amor' de Jon Bilbao acota muy bien el detalle humilde de un homenaje íntimo mientras Javier Avilés propone un laberíntico y jugoso chiste literario y en 'Perros', de Manuel Astur, se encoge el corazón de golpe cuando se lee un final imprevisto (pero no por la réplica de David: "Tú eres maricón perdido").

Al volumen de Errata Naturae concurren escritores conocidos y al menos en dos casos el acierto es total: Trapiello narra con las manos la muerte de su perra Mora, tomada del último volumen de su diario, Apenas sensitivo, y ella sigue tan emotiva e ingrávida en un sitio como en el otro, y Marta Sanz extracta de la estupenda Lección de anatomía unas páginas sobre sus gatos. Sin embargo, el libro tiene muchas más gracias, y entre ellas el recorrido semifetichista o semisentimental por las dependencias zoológicas y afectivas de muchos escritores (Byron, Wilde, Virginia Woolf, Cortázar, Capote) hacia sus bichos. Al final tienen biografía propia junto a sus dueños (o esclavos), tal como han ido contándola Soledad Puértolas, Antón Castro, Berta Marsé o Carlos Pardo. A veces con aire autobiográfico, como hace José Carlos Llop con Cyril Connolly y sus lémures o Ignacio Martínez de Pisón con las mascotas de su propia casa (aunque a saber), a veces en clave ensayística como hace Pilar Adón o en una suerte de prosa poética y conjetural como hace Andrés Ibáñez: todos, más que animales de compañía, animales vivos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de diciembre de 2011

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