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Reportaje:PURO TEATRO

Lope, precursor de Marivaux

Eduardo Vasco se ha despedido de la Compañía Nacional de Teatro Clásico con uno de sus mejores montajes, El perro del hortelano, obra mucho más negra de lo que parece a simple vista, donde brilla la pareja de Eva Rufo y David Boceta

Curiosa comedia es El perro del hortelano, donde hay que debatirse entre la rotunda belleza de la forma y la considerable repugnancia moral que inspira el fondo. Lope no parece hacerse muchas ilusiones acerca de la naturaleza humana. La condesa Diana, su presunta heroína, es fría, pérfida, y destructiva: solo se inflama de amor por Teodoro, su secretario, cuando ve la pasión que siente por su criada Marcela y cómo ella le corresponde; a partir de entonces hará todo cuanto esté en su mano para encelar al galán y romper ese amor que ha prometido auspiciar. Teodoro, por su parte, es un trepa de siete suelas, que planta a Marcela tan pronto como olfatea sus posibilidades con Diana ("O morir en la porfía o ser conde de Belflor"). Marcela, el personaje más honesto de la función, siente un amor absoluto por Teodoro, pero tampoco tarda mucho en seguir los pasos de la condesa, prometiendo amores al criado Fabio para vengarse, al tiempo, de la sirvienta Anarda. Los rivales de Teodoro son dos aristócratas engolados, el conde Federico y el marqués Ricardo: aunque parecen unos bobos al uso, puros juguetes cómicos, no dudan en comandar la muerte del galán. Y la trapacería urdida por el gracioso Tristán consistirá en hacer creer a un pobre viejo, el conde Ludovico, que Teodoro es su hijo desaparecido, detonante de un falso final feliz que es una apoteosis del fingimiento consciente. No estamos muy lejos de las comedias más sombrías de Shakespeare (entre Noche de reyes y A buen fin no hay mal principio), aunque lo más curioso es hasta qué punto El perro del hortelano anticipa el teatro de Marivaux, siempre regido por conflictos de ascenso social y pasiones soterradas brotando como abscesos monstruosos: en este sentido, el perfil psicológico de la rapaz condesa, que en el ejercicio de la maquinación percibe su propia resquebrajadura, es de una riqueza insólita en el teatro español de la época. (Hubiera sido interesante repescar en la misma temporada, a modo de complemento, Engañar con la verdad, la versión que hizo Bretón de los Herreros de Les fausses confidences).

¿Por qué Lope, sin embargo, no alcanza la complejidad de Shakespeare y Marivaux? Ardua cuestión. Quizás verso y trama, más ceñidos y veloces, pese a su alta retórica barroca, carezcan del espacio verbal y argumental de los dos maestros citados para explorar las sinuosidades del alma, aunque desde luego la concisión expositiva de la comedia es una de las bazas fundamentales de su eficacia y no le impide a Lope trazar sorprendentes cambios de rumbo y de tono, armado de una vasta panoplia de procedimientos. Uno de sus recursos más deslumbrantes es el uso de los apartes, casi siempre en forma de soneto, que vienen a cumplir la función de las canciones en un musical, sintetizando los sentimientos y anhelos de los protagonistas. El riesgo, desde luego, es que revelan demasiado y de golpe, pero es fascinante de qué modo juega Lope a retorcer la convención con el "aparte enviado", como el extraordinario pasaje ("Amar por ver amar, envidia ha sido") en el que Diana narra de modo transparente su estado a Teodoro haciéndole creer que se trata de la carta de una amiga a su amado. Eduardo Vasco, autor de la versión y del montaje, se ha despedido del Clásico con este espectáculo, sin duda uno de los mejores de su trayectoria, que estará en el Pavón hasta el 23 de diciembre y sigue luego de gira por España. El perro del hortelano está formidablemente puesta y con un gran trabajo de conjunto: el intrincado verso fluye claro, vibrante y matizado, y es un verdadero placer para el oído. De la vista se ocupan Carolina González, que firma una escenografía tan bella como austera, con un tablado central rematado por sugerentes telones palatinos, y Miguel Ángel Camacho, cuya iluminación, concreta y a la vez atmosférica, hace refulgir, literalmente, el precioso vestuario de Lorenzo Caprile, remozado a partir de materiales de antiguos montajes: todo está cuidado hasta el menor detalle, con una elegancia y una belleza superlativas.

El elenco me ha parecido muy notable. No había visto hasta ahora a Eva Rufo, formada en la escuela de Estruch y en la Joven Compañía del Clásico, y bien que me arrepiento: es un prodigio de expresividad que recuerda, en joven, un cruce entre Ángela Molina y Kristin Scott-Thomas, e imprime un encanto perverso y sensual, muy à la Merteuil, a un personaje tan desagradecido como el de la condesa de Belflor. Tiene una cualidad muy poco habitual: logra convertir a Diana en impredecible, sobre todo para sí misma, y es un regalo ver de qué modo y con qué sorpresa experimenta las sacudidas e intermitencias de la pasión. David Boceta, que encarna a Teodoro, ya había formado pareja con Eva Rufo en ¿De cuándo acá nos vino?: es un joven galán de perfil errolflynesco, que a veces juega a burlarse sutilmente de ese arquetipo. Muy expresivo, con fuerza y ligereza, recita con gran musicalidad y abusa un poco, sólo un poco, de la gesticulación subrayante: no le hace ninguna falta. Perfectos de intención y de tono el Tristán (en su doble faceta: escudero pícaro y falso matasiete) de ese joven veterano que es Joaquín Notario y la Marcela de Isabel Rodes. Con acentos conmovedores, en un rol que podía haberse deslizado hasta la pantalonnade (sobre todo cuando Tristán le envuelve en una fantasía turca un poco desaforada), el conde Ludovico de José Luis Santos. Pasándose pero con mucha gracia, en clave de farsa italiana (y casi de comedia musical), los ridículos Ricardo (David Lorente) y Federico (Miguel Cubero), muy bien secundados por sus criados Leónido (David Lázaro) y Celio (Diego Toucedo). Y hablando de música, precioso trabajo del trío formado por Alba Fresno (viola de gamba), Sara Águeda (arpa) y Eduardo Aguirre (percusión). También he visto dos shakespeares: una decepcionante The Tempest firmada por Declan Donnellan, con su compañía rusa, en el Lliure, y un vigoroso montaje de Henry V a cargo de la compañía Propeller, dirigido por Edward Hall, en Temporada Alta. Se lo cuento en breve.

El perro del hortelano, de Lope de Vega. Versión y dirección de Eduardo Vasco. Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC). Teatro Pavón. Madrid. Hasta el 23 de diciembre. Teatro Bretón. Logroño. 20 y 21 de enero de 2012. Teatro Principal. Alicante. 10 y 11 de febrero. Teatro Villamarta. Jerez de la Frontera. 17 y 18 de febrero. Teatro Lope de Vega. Sevilla. Del 7 al 11 de marzo. teatroclasico.mcu.es.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de diciembre de 2011