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LA COLUMNA

Un protectorado alemán

El teatro político europeo nos ofrece un espectáculo cada vez más desesperante. Angela Merkel y Nicolas Sarkozy se han convertido en los característicos de los telediarios. Una pareja que se considera depositaria de la última palabra en todo, en la que él propone, ella dispone y, sobre todo, echa agua al vino en los momentos de mayor expectación. El que dispone de la última palabra, se dice, es el que tiene la soberanía. Pero entregar la última palabra a un Gobierno -en este caso, el alemán- no es transferir la soberanía a una instancia democrática superior, es volver al pasado, es aceptar la cultura de protectorado propia de la época del colonialismo. Los Estados del euro como entes autónomos sometidos al protectorado alemán.

El excanciller Helmut Schmidt ha puesto los puntos sobre las íes a la canciller Merkel. Le ha recordado que Europa fue creada para "amarrar la contención de una Alemania temida" y que hoy todavía Alemania está más en deuda -moral y simbólica- con Europa que Europa con ella. Schmidt forma parte de una generación que creyó en la grandeza del proyecto europeo porque sabía de dónde veníamos. Y era consciente de que la fuerza de Europa estaba en que sus cimientos se anclaban en un tabú: el de la guerra civil entre europeos. Nunca jamás. Esta generación, y la que le sucedió, sin embargo, portadoras de un europeísmo en que el interés común prevalecía sobre el interés particular de los Estados, cometieron un error: tardaron demasiado en incorporar la ciudadanía al proyecto europeo. Abusaron del despotismo ilustrado a la hora de construir y dotar de contenido a un edificio cuyas estructuras requerían enormes precauciones para que no se desplomara. Y cuando se dio entrada a la ciudadanía, especialmente con los referendos de la Constitución europea, el edificio se vino abajo. Ahora la reconstrucción está en manos de líderes sin atributos precisos que predican el pragmatismo pero que practican la impotencia del que navega a día, solo intentando flotar, sin ninguna ruta definida que pueda ser reconocida por la ciudadanía. Y hemos pasado de la cultura de transferencias de soberanía a un espacio común a la cultura de protectorado, en la que Angela Merkel se permite señalar culpables, sermonear al personal e imponerles el camino a seguir, sin que nadie la haya elegido para ello.

Desde el primer momento de la construcción de la Unión Europea se sabía que su éxito dependería de los cambios en la lógica de la soberanía. Si se hablaba entonces de la Europa de las patrias es porque se sabía que tarde o temprano las patrias tendrían que renunciar a favor de Europa. Los europeos nos hemos ido acostumbrando a las transferencias de soberanía. Y todos sabemos que muchas normas que regulan nuestra vida emanan de Bruselas y no de nuestros Parlamentos. Todos sabemos también que la cuestión de la soberanía es la cuestión del poder, y que, por tanto, es función de las relaciones de fuerzas. Y que Alemania es hoy la más fuerte en Europa, por una suma de poder económico y capacidad de intimidación. Pero la novedad de esta crisis es que está zampándose a las instituciones europeas en beneficio de determinados poderes nacionales, Alemania, con Francia en posición subalterna. Y lo que es contradictorio con los fundamentos democráticos de la UE es que cuando se piden mayores renuncias a las soberanías nacionales no es para transferir poder a unas instituciones europeas supranacionales, validadas por los ciudadanos, sino al desigual tándem franco-alemán, en el que Sarkozy ha aceptado ya la supremacía de su colega Merkel. Europa como protectorado alemán, exactamente lo contrario de aquello por lo que Europa fue inventada.

No, así no se construye una Europa políticamente fuerte, capaz de poner límites al poder financiero y de regular el descontrol de los mercados. Así se ha entrado en una etapa de estancamiento en la que los intereses particulares de Alemania han condenado a los demás países a aceptar unas políticas de austeridad que bloquean cualquier posibilidad de crecimiento y, por tanto, de recuperación. Y cada vez son más los que se preguntan por qué seguir por un camino que se ha impuesto como obligatorio que a corto plazo favorece a Alemania, cuyas empresas se financian mucho más barato que las demás, pero a medio plazo, si las economías europeas se colapsan, se colapsan todos. El problema de Europa es una economía estancada por la falta de crédito y la desconfianza existente entre los bancos para prestarse entre sí. ¿No sería hora de que los demás Estados hicieran frente a Alemania para que el dinero público repare la falta de inversión?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de diciembre de 2011